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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Joe Wilson y nuestro carácter

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 14 de septiembre de 2009, 03:17 h (CET)
Si usted viera a una mujer atropellada por un coche, ¿llamaría a una ambulancia enseguida? ¿O le pediría primero los papeles de residencia para asegurarse de que no se trata de una ilegal?

Si alguien que vive calle abajo de su casa estuviera enfermo de gripe A, ¿no querría que recibiera ayuda médica de inmediato? ¿Preferiría verle sufrir y puede que extender la epidemia al resto del vecindario?

El Representante Joe Wilson merece todas las condenas de las que ha sido objeto por su comportamiento grosero durante el discurso del Presidente Obama sobre la sanidad. Ningún Demócrata gritó nunca "¡miente!" durante un discurso de George W. Bush al Congreso.

Pero tan relevante para nuestra política por lo menos es la cuestión que hizo saltar a Wilson. Wilson acusó a Obama de prevaricación cuando el presidente declaró: "Hay también quienes afirman que nuestros esfuerzos de reforma asegurarán a los ilegales. Esto también es falso. Las reformas - las reformas que estoy proponiendo no se aplicarán a los que están aquí ilegalmente".

Obama insertó esta negativa entre sus cadencias en otras dos afirmaciones sobre su plan de reforma sanitaria: la acusación absurda de que creará tribunales de eutanasia, y la acusación, también falsa, de que va a financiar interrupciones voluntarias del embarazo. De hecho, el gobierno está negociando muy duro con los detractores del aborto con el fin de hacer el proyecto de ley "neutral" en la materia.

El presidente incluyó los comentarios sobre inmigrantes ilegales porque pensaba, con razón, que para muchos votantes sería la gota que colma el vaso que se enteraran de que sus propuestas sanitarias iban a ayudar a aquellos que violaron la ley para entrar en el país.

Sin embargo, debe preocuparnos mucho más que los supuestos planes de liquidar ancianitos y promover el aborto se anuncien casi en el mismo tono que el del tema de prestar atención médica a otros seres humanos, al margen de la forma en la que hayan llegado a nuestras costas.

Para que conste, la premisa de Wilson es falsa desde el principio: Los autores del proyecto de ley de reforma sanitaria hicieron todo lo posible para garantizar que no ayudaba a los inmigrantes ilegales. Sí, unos cuantos pueden salvar los trámites y -- ¡horror! - recibir asistencia. Pero los reformistas de la sanidad utilizaron el lenguaje como si se pudiera garantizar que esto no sucede nunca, faltándoles sólo redactar disposiciones tan draconianas que a algunos de los residentes legales del país se les negaría la atención médica.

Igual de malos por lo menos resultaron aquellos de la extrema derecha que defendieron lo que hizo Wilson. La única crítica de Rush Limbaugh a Wilson fue que el congresista de Carolina del Sur pidió disculpas a regañadientes.

"Esta administración no es la administración presidencial usual," afirmaba Limbaugh. "Esto no es una merienda al aire libre. Esto no es una conferencia en Harvard ni en cualquier otra universidad. Vamos camino, estamos en medio de una administración que intenta echar abajo por completo las instituciones y las tradiciones que han hecho grande a este país".

¿Y qué pruebas hay de que Obama está destruyendo nuestras "instituciones y tradiciones"? Ninguna, a menos que se interprete como una afrenta a nuestras tradiciones que tengamos a nuestro primer presidente cuyo padre era de Kenia, o que el pueblo estadounidense decidiera elegir a alguien distinto a un conservador como jefe del ejecutivo. La extrema derecha ha decidido que el extremismo al atacar a Obama no es algo negativo.

En cuanto a los inmigrantes que están en el país ilegalmente, aquellos que acuden a un servicio de urgencias reciben atención médica, y deberían recibirla. Ningún médico que yo conozca, al margen de su orientación política, negaría tratamiento a un enfermo basándose en su situación irregular.

Olvide la compasión y considere el interés egoísta. ¿No está usted mejor si la persona al lado de la que trabaja tiene una enfermedad contagiosa y ha recibido atención temprana?

No soy de esos que desprecian la preocupación de los estadounidenses por la inmigración como algo racista o reaccionario. Existen desacuerdos legítimos en torno a lo que debemos hacer con ello y los problemas de ampliar los programas públicos a aquellos que violan la ley para entrar en el país.

Pero no estoy en absoluto de acuerdo con el hecho de que el único asunto a cuenta del que un congresista ha decidido levantarse y acusar a nuestro presidente de ser un embustero sea la acusación de que el jefe de nuestro ejecutivo no está haciendo lo bastante a la hora de poner trabas entre los inmigrantes ilegales y la cobertura sanitaria.

¿Qué tipo de mezquinos seríamos? ¿En qué clase de salvajes nos había convertido nuestra cultura política? Nos gusta vernos como una nación generosa, bondadosa y acogedora. ¿Estamos perdiendo esa faceta de nuestro carácter?

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