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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · David S. Broder
Ahora viene lo difícil


David S. Broder


David S. Broder David S. Broder
domingo, 13 de septiembre de 2009, 10:19
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Un gran discurso es una combinación de palabras y música, de contenidos y color, de fondo y emoción. Cuando el discurso es tan importante como el que pronunció el Presidente Obama ante al Congreso acerca de la reforma sanitaria el miércoles por la noche, vale la pena volver atrás y analizar las partes.

Así que después de verlo en directo en televisión, lo reproduje dos veces, separando el contenido y centrándome en el tono y el lenguaje corporal primero, los elementos que transmiten a la audiencia más directamente. A continuación lo volví a escuchar, poniendo atención a las afirmaciones y las pruebas.

En el primer pase, me volvió a sorprender, como tantas otras veces durante la campaña electoral, la capacidad que tiene Obama de motivar a su audiencia a través de sus dotes de actor. En varios momentos transmitió una sentida preocupación, ira, determinación, razonabilidad y firmeza. El objetivo general era relanzar una iniciativa que cuenta con cada vez menos apoyos, movilizar a sus partidarios y transmitir la determinación de actuar -- y actuar ya.

La consigna era simple y carente casi por completo de contenido: "El tiempo de enfrentamientos ha terminado".

La reacción entre sus correligionarios Demócratas fue la que cabía esperar, ni más ni menos. Dejaron lo que estaban haciendo y se pusieron manos a la obra.

Cuando lo volví a escuchar otra vez, intentando apartar la retórica y fijarme en los argumentos, la impresión fue notablemente distinta. Por primera vez me di cuenta de lo mucho que Obama se ha alejado de la postura que marcó su exitosa candidatura a la Casa Blanca.

Por entonces, su gran consigna fue "cambio en el que podemos creer." Ahora el mensaje es "cambio al que no debemos temer".

El motivo del cambio es ciertamente comprensible. Este verano ha pasado una considerable factura a sus esperanzas. Un amplio abanico de dudas -- alimentadas de manera artificial algunas por sus detractores, plasmando otras dudas genuinas en torno a los costes y las consecuencias de sus reformas -- han puesto a la defensiva al presidente.

La respuesta clásica es la de ofrecer consuelo, prometer que no se va a perder nada importante para usted, el votante, siempre que Obama salga victorioso. El problema es que al hacer hincapié en lo que no va a cambiar, el presidente está reforzando inevitablemente el estatus quo.

Considere las dos principales promesas que hizo Obama. En primer lugar, dijo a los millones asegurados a través de los planes de sus empresas, "No hay nada en nuestro plan que vaya a cambiar lo que ya tenéis."

Suena tranquilizador. Pero la realidad es que el sistema de atención sanitaria está abocado a la crisis a causa precisamente de que esos planes pagados por las empresas están haciendo aguas. Cada vez más están siendo rescindidos, y una parte cada vez mayor de su factura está pasando al trabajador. Son un lastre para la economía y un importante factor de nuestra pérdida de competitividad internacional.

Obama sabe que no puede mantener lo que tenemos. Por eso está presionando para crear cambios de protección en los que las familias pueden comprar su seguro médico en mercados competitivos que ayuden a rebajar el coste.

Sin embargo, Obama no puede decir a la gente: "Quiero que os acostumbréis a la idea de que con el tiempo vuestro jefe no os va a asegurar, y tenéis que ser un comprador inteligente, buscando el mejor acuerdo que podáis encontrar entre las aseguradoras de la competencia."

La segunda gran audiencia a la que se dirigía el discurso de Obama son los jubilados de Medicare. Una vez más, su mensaje a este electorado crucial era: Nada cambiará para usted. La realidad discrepa aún más en este punto con su retórica.

Medicare está a punto de ir a la ruina. Los costes sanitarios crecen más rápido que la inflación, y dentro de años Medicare sumará miles de millones de dólares al déficit presupuestario. Lo que es peor, Medicare es el motor principal de subsidio al sistema más ineficaz y derrochador de remuneración sanitaria que tiene cualquier país industrial avanzado. Compensa a profesionales y hospitales basándose en el volumen de consultas, no en los resultados prácticos para los pacientes. Y dado que su compensación se encuentra por debajo del costo real, está empujando a hospitales y médicos a ver a un número mayor de pacientes -- solo para poder llegar a fin de mes.

Una vez más, Obama conoce la solución. Él sabe que a menos que pueda reformar de manera radical Medicare, no puede lograr sus objetivos. Sabe que tiene que moverse hacia los modelos de las clínicas Mayo y Cleveland y las pocas comunidades que en todo el país tienen redes de médicos y hospitales que se han comprometido a una medicina de alta calidad y bajo coste.

Pero Obama no está diciendo a la gente que Medicare debe cambiar, así que los congresistas son reacios a dar el primer paso en esa dirección.

Me doy cuenta de que lo que estoy pidiendo a Obama que haga es realmente difícil. Tiene excusas para seguir el camino de tranquilidad más fácil. Pero lo que prometió si era presidente era abordar los puntos difíciles, los grandes temas. Me gustaría que lo intentara.

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