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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

De perjurios a ingobernabilidad (I)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 13 de septiembre de 2009, 08:17 h (CET)
Debo de admitir que, en materia de política, uno debe saber rectificar porque los entresijos ocultos que forman parte intrínseca de tan complicada disciplina, en muchas ocasiones no nos permiten alcanzar el fondo de la verdadera realidad que se esconde bajo capas superpuestas de engaños, intrigas, ocultaciones o componendas, capaces de hacernos percibir de forma distorsionada hechos, conductas, manifestaciones y apariencias que, por mucho que intentemos bucear en ellos, la mayoría de las veces somos incapaces de extraer los ocultos secretos que se esconden debajo la capa de eficiencia, decencia y respetabilidad que los protege contra cualquier intento de ser desvelados.

Así es que, cuando hablamos de la Transición española, cuando nos creemos que estamos al cabo de la calle sobre lo que ocurrió tras los bastidores de aquella aparente operación perfecta, de precisión milimétrica, llevada a cabo por aquellos políticos que la dirigieron y que ha sido objeto de general reconocimiento, por propios y extraños, pintándola como un ejemplo del paso de una dictadura a la democracia; si nos molestamos en documentarnos, leer la expedientes que existen sobre la etapa que comprende y analizar a fondo las intenciones de aquellos “héroes” que la llevaron a cabo y que tenemos encumbrados, en pedestales de admiración y respeto, por el trabajo llevado feliz término; es fácil que descubramos que, muchos de los “aciertos” que les hemos atribuido, por extraño que parezca, no son más que los mimbres con los que se ha venido tejiendo el cesto en el que se contiene la situación catastrófica en la que se encuentra España hoy en día, en manos de aquellos que se hicieron con el poder y que han sido incapaces, voluntaria o involuntariamente, más bien lo primero, de mantener el orden, la unidad, la solidaridad, el bienestar económico, la cohesión social, el respeto internacional y los valores cristianos que heredamos de nuestros mayores, perdidos en aras de supuestas libertades y doctrinas relativistas patrocinadoras del “todo vale” y de una concepción materialista, cínica y egoísta de nuestro paso por la vida.

“Todo está atado y bien atado” y, la verdad es que lo estaba, al menos, hasta que una bomba de ETA elevó por los aires el coche en el que viajaba el almirante Carrero Blanco. Franco ya no tuvo ocasión de encontrarle un sustituto que reuniera sus condiciones de fidelidad, capacidad y experiencia, tan necesarias para cumplir la labor que se le había encomendado como albacea y depositario del testamento político de quien había dirigido los destinos de España durante casi 40 años. Así, lo que debió ser un tránsito de la dictadura a la monarquía parlamentaria, con un monarca demasiado joven e inexperto para tomar decisiones importantes, pero aconsejado y dirigido por un equipo especializado y experimentado de consejeros que le acompañara en sus primeros años, los más difíciles por supuesto, de la post dictadura; por causa del destino tuvo que ser asumido por el Rey quien, en una de las primeras cosas que hizo fue cometer perjurio al ignorar los principios que había jurado defender de la etapa de Franco, abjurando de ellos; entregándose, con la inexperiencia, la temeridad y la presunción, tan propias de la juventud (seguramente mal aconsejado) en manos del señor Suárez, un señor muy listo pero falto de preparación para el cargo de presidente; que, si bien consiguió, a base de demasiadas cesiones, establecer un régimen aparentemente democrático, en el fondo, como se ha visto ahora, contenía las cargas de profundidad que, a la postre, nos iban a explotar a la primera ocasión en que, las izquierdas que se habían presentado como muy democráticas y dúctiles, que abjuraron oficialmente del marxismo para poder integrarse en el aparato democrático pero que, no obstante los mantuvieron en secreto dentro de su organización.

La elección de Suárez como Presidente pudo dar la sensación de haber sido atinada y, en cierta manera, lo fue; pero el hábil, simpático, escurridizo y resultón nuevo presidente, siendo un miembro destacado de la Falange, demostró pocos escrúpulos en abjurar del franquismo, del que había mamado en su juventud, y presentarse como adalid del nuevo régimen democrático. No sabemos si por temor a lo que pudieran hacer las izquierdas (poco, dada la unidad, fuerza y preponderancia del ejército) o por intentar dar la sensación de cambio en la nueva España, cometió su primer error: legalizar el partido comunista, violando los Principios del Movimiento que había jurado defender, donde estaban prohibidos los partidos políticos. Esto le enfrentó, definitivamente, con el Ejército, que no podía consentir que aquellos a los que habían derrotado por las armas y que fueron causantes de la muerte de muchos de sus compañeros de milicia, fueran reconocidos de nuevo para intervenir en política y, para mayor INRI, se permitiera que el señor Carrillo, pudiera volver impunemente a España cuando sobre él pendía la grave acusación de ser el responsable de los asesinatos de Paracuellos del Jarama. Pero, no contó, el señor Suárez, con la posibilidad de que, detrás de los comunistas, se colaran los socialistas de Suresmes, con el señor Felipe González al frente. No parecían peligrosos, ni estaban tan bien estructurados como el PC, que mantuvo durante toda la dictadura su organización en la clandestinidad y actuó, especialmente, en las zonas industriales; no obstante, mientras el peligro del comunismo se fue desvaneciendo, quedando reducido a un partido minoritario en el Congreso, no sucedió lo mismo con los socialistas que pronto se convirtieron en un poderoso rival a tener en cuenta.

El PSOE, gracias a las facilidades que les dio el señor Suárez y debido a los errores cometidos por éste, que dieron lugar al intento de golpe de estado, del 23 de febrero de 1981 –en el que tanto los que participaron activamente en él, como los que lo veían desde la barrera, incluido el partido Socialista de F.González, y, probablemente, desde el Palacio de la Zarzuela; consideraban necesario algún tipo de acción incruenta que obligara a Suárez a dimitir de su cargo, dado que él se resistía a hacerlo. No es cierto, como se ha querido vender, que el golpe estuviera dirigido contra la democracia, aunque, evidentemente, algunos partidos seguramente hubieran tenido que desaparecer del hemiciclo del Parlamento, como el PC de Carrillo – Aquel acontecimiento marcó un antes y un después en la transición y, sin duda, fue la premisa para que el PSOE llegara al poder iniciando, desde entonces, la labor de cambiar, de pies a cabeza, la estructura política y social de España, principiando por un ataque frontal a la familia tradicional; la demolición de la moral y éticas de raíces cristianas; las relaciones del Estado con la religión católica, cada vez más tirantes y alejadas; la demolición del sistema de enseñanza, con el resultado previsible del caos en las aulas y la desaparición del principio de autoridad de los maestros, consecuencia directa de la privación de la potestad paterna para castigar a sus hijos; si bien, debemos reconocer que, durante la época de Felipe Gonzáles, si bien hubo hechos trascendentales como el GAL, no se ahondó tanto en la transformación y aceleración del proceso de descomposición y división de la nación, como se ha dado, sin duda alguna, desde la llegada de Rodríguez Zapatero al poder. (continuará)

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