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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Las lagunas de sinceridad

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
sábado, 12 de septiembre de 2009, 04:30 h (CET)
No podemos, según parece, tener una conversación franca en torno a la sanidad. El discurso del Presidente la otra noche fue una actuación brillante, y podría mejorar las esperanzas de aprobación de su "reforma" en el Congreso. Sin embargo, ningún plan posible va a solucionar "el problema de la sanidad" de una vez por todas. Cuando Obama dice "no soy el primer presidente en asumir esta causa, pero estoy decidido a ser el último," está dando rienda suelta a su ambición de ocupar un lugar especial en la historia, e ilustra el motivo de que los estadounidenses no discutan con honestidad la sanidad.

El problema político era muy simple: el apoyo a la "reforma" se estaba viniendo abajo. En abril, el 43 por ciento consideraba que estaría más protegido con su "reforma" y sólo el 14 por ciento no pensaba así, según un estudio encargado por la Kaiser Family Foundation. Hacia el mes de agosto, era un 36 por ciento frente al 31 por ciento. Para ganar fuerza, Obama tenía que convencer a más gente de que su programa les iba a ayudar.

Los estadounidenses en general esperan tres cosas de su sistema de salud. En primer lugar, creen que todo el mundo tiene derecho moral a la atención médica imprescindible; eso insinúa un seguro universal. En segundo lugar, quieren tener opciones; quieren elegir a sus médicos -- y quieren que los médicos decidan el tratamiento con libertad. Por último, la gente quiere control del gasto; la sanidad no debería consumir todas las compensaciones privadas ni los impuestos.

Apelando a estas expectativas, Obama dijo a los estadounidenses lo que quieren oír. Las personas con seguro no estarán obligadas a cambiar de planes ni de médicos; disfrutarán de más seguridad porque no se permitirá a las aseguradoras negar la cobertura basándose en "enfermedades anteriores a la firma de la póliza" ni anular pólizas cuando el firmante esté enfermo. Todos los estadounidenses estarán obligados a tener un seguro, pero aquellos que no se lo puedan permitir recibirán subsidios.

En cuanto a los costos, no se preocupe. "Reducir el despilfarro y la ineficacia en Medicare y Medicaid sufragará la mayor parte de este plan," decía Obama. Se comprometió a "no implantar un plan que añada un solo centavo a nuestro déficit (presupuestario) -- ni ahora ni en el futuro". Si usted cree a Obama, ¿qué es lo que no le va a gustar? Protección universal. Siguen habiendo opciones de elección. Menores gastos.

El problema es que no se puede creer por completo a Obama. Si fuera sincero - si (BEG ITAL)nosotros(END ITAL) fuéramos sinceros -- reconoceríamos todos que los objetivos de nuestro sistema sanitario ideal chocan entre sí. Tal vez podamos tener dos de ellos cualesquiera, pero los tres a la vez no.

Si queremos sanidad universal y opciones ilimitadas de pacientes y médicos, los gastos se elevarán progresivamente porque no habrá razón ni nadie que los detenga. Contamos con una variante de eso hoy en día -- el sistema de coste con remuneración, con seguro general y reembolso por minuta de consulta. El aumento del gasto empuja al alza las pólizas y los impuestos. Ese es uno de los motivos de que el gasto sanitario haya pasado del 5 por ciento del producto interior bruto en 1960 al 16 por ciento en 2007. (Otras razones: las nuevas tecnologías, el aumento progresivo de los ingresos). Pero controlar el gasto exige imponer límites a pacientes y médicos.

Los estudios de diversas propuestas de salud concluyen que sus costes a largo plazo superan los recursos a largo plazo. Durante su segunda década (2020-2029), el H.R. 3200 - el principal proyecto de ley de la Cámara -- elevará el déficit presupuestario federal 1 billón de dólares, según estima la firma consultora Lewin Group. El total del gasto sanitario alcanzará el 28 por ciento del PIB hacia el año 2029. ¿Cómo es posible que Obama pretenda controlar el gasto y no añadir carga en ningún momento al déficit? Bueno, promulgará una medida legislativa que obliga a realizar "más recortes del gasto si el ahorro proyectado no se materializa." ¿Suena convincente?

No lo es. El Congreso a menudo promulga legislaciones con condiciones de implementación para controlar el gasto. Las condiciones en general no funcionan. Siempre que pueden servir para algo, el Congreso las aplaza o las modifica. Considere una de tales legislaciones: la del "ritmo de crecimiento sostenible" (SGR) que el Congreso creó en 1997 para controlar el gasto de las consultas de Medicare. Desde el año 2002, la fórmula del ritmo de crecimiento ha cumplido las condiciones para imponer recortes anuales en las compensaciones de las minutas de las consultas. El Congreso ha anulado sistemáticamente la fórmula. Hoy hay presiones para prescindir por completo del ritmo de crecimiento sostenible.

La venta de la "reforma" por parte de Obama es equiparable a charlatanería de alto nivel, pero siendo justos, muchos detractores conservadores igualan o superan sus distorsiones y exageraciones con la demagogia encaminada a sembrar el miedo.

Estos críticos lanzan la acusación de que Obama reducirá las prestaciones de Medicare o de que va a crear "tribunales de eutanasia" para privar a los ancianos enfermos del tratamiento deseable. Estas acusaciones no sólo son antes que nada falsas (como dice Obama), sino que sugieren erróneamente que dejemos a un lado ciertas materias importantes. Medicare supone la quinta parte del gasto personal en salud. ¿Por qué no debatir lo que debe de estar cubierto y lo que habría que pagar? Del mismo modo, los médicos, pacientes y sus familias deben discutir la atención clínica en los últimos momentos de vida. No es sólo que entre el 25 y el 30 por ciento del gasto de Medicare se produzca durante el último año de vida del paciente. Es que la atención médica cara y estoica a menudo se acompaña de sufrimiento.

Las lagunas de sinceridad reflejan una condescendencia común. Una parte está segura de que tiene que convencer a los estadounidenses de que "la reforma" va a servir para más de lo que va a servir; la otra cree que tiene que asustar a los estadounidenses de forma que crean que les va a perjudicar en sentidos que no les causará ningún daño. Habida cuenta de las expectativas contradictorias de los estadounidenses, cualquier reforma sanitaria puede ser criticada por cargarse algún objetivo popular. Nos negamos a enfrentarnos a las elecciones inevitables -- y desagradables.

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