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Etiquetas:   Carta al director  

El que ejerce sin llegar ni a remendón ve en el betún la solución

Marino Iglesias Pidal
Redacción
jueves, 10 de septiembre de 2009, 02:37 h (CET)
Es que, al igual que la masilla o el emplaste le viene muy bien al carrocero para disimular sus chapuzas, también el betún se convierte en un recurso para el zapatero que es un chapucero.

Tomado de un diario nacional:

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, calificó el comportamiento de los sindicatos frente a la crisis de "ejemplar" al tiempo que reiteró sus criticas a los empresarios… Zapatero recordó que ayer tuvo un debate "muy intenso" con los empresarios y que sabe "muy bien lo que quieren: un despido más barato. Eso es lo que quieren"."no echemos la culpa a la legislación laboral y menos a los sindicatos que están teniendo un comportamiento ejemplar".

No voy a pegar aquí ninguna declaración – todas cortadas por el mismo patrón – de los representantes de distintos sindicatos, “abnegados” luchadores a la conquista de mejoras para los trabajadores. Todos ellos, Gobierno y sindicatos, hacen entrega de lo mejor de sí – dicen ellos - a esa causa común que es el bienestar de los que se han de ganar el pan con el sudor de su frente.

Desde luego que el empresariado no se excluye a la hora de mostrar su “sensibilidad” y “mejor disposición” para llegar, “en la medida de lo posible” a satisfacer las aspiraciones de la clase trabajadora. ¡Pero!

Algún acontecer pasado logra salvar la apenas ya permeable barrera que se interpone entre mi memoria y mi consciencia. Uno de estos recuerdos es el de un italiano, un tipo emprendedor y visionario, y “vivo” donde los hubiese, que años ha tuve de vecino de empresa. Construyó un galpón y montó una ferretería en el entronque de una carretera que se encontraba con la principal en un punto equidistante entre el cementerio y un par de clubs de alterne y, otro par, de moteles, a cinco minutos en coche – por aquellos lares no se andaba a pie - de uno y otros. No me pareció una buena idea. Sin embargo, pasado un año, los mil metros cuadrados de la nave ya le resultaban pequeños para el volumen que había adquirido el negocio. Le dije, como sin decir, de la posibilidad de asociarnos. Él no tuvo nada que pensar: ¿Cuánto vas a poner? Siempre estaba abierto a los asociacionamientos. Es más, siempre los buscaba, porque lo suyo era inventar y no trabajar, que trabajaran los socios. De manera que su respuesta siempre era la misma: ¿Cuánto vas a poner? Si uno trataba de convencerle con promesas, o cualesquiera otros argumentos que no fueran “la plata”, él estaba muy claro: ¡No mijito! tú tienes que poner plata, y cuanto más jodido quedes y más la necesites, ¡mejor! más vas a luchar para que el negocio no se vaya a la mierda.

Los empresarios ponen “la plata”, y los trabajadores el curro, por supuesto, pero todos estos esforzados adalides que, de una u otra forma, están colgados de esa teta que dicen “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, ¿qué ponen? ¿Qué pierden si la “empresa” se va a la mierda? ¡¿Dónde coño lo van a sentir?! ¿En el corazón? ¡Jaja! ¿En el bolsillo? ¡Jajaja! ¿Tendrán ellos que irse a vivir bajo un puente, hundidos en la misma miseria que han patrocinado con sus actuaciones y en la que se ahogarán aquellos que tan “entregadamente” han “defendido”?

¡Ni responsabilidad! tienen de sus desafueros estos personajes. Cuando se cansan de soltar engañifas y huevonadas, se retiran a su “hipotecada humilde morada” y “van tirando”, poco a poco, entre “rutitas del colesterol” y vacaciones del IMSERSO. Pobrecillos.

Así está montada la cosa. Por eso es comprensible que la sinhueso sea su mejor arma, pero cuando la observo usar con tonos y aspavientos tan sumamente impostados, no puedo sino preguntarme: ¿cómo es posible que surta efecto esta pantomima? Porque este artista de turno que tenemos, hasta interpretando se ve tan sumamente malo y sobreactuado, que, si en vez de zapatero fuera peluquero, acometería su desempeño rizando el rizo de un congoleño.

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