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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Malos

Fabricio de Potestad
Redacción
jueves, 10 de septiembre de 2009, 02:32 h (CET)
La democracia nació, si ustedes recuerdan, con aquellos políticos casi sagrados. Me refiero a Suárez, Carrillo, Fraga y González, personajes que hicieron más habitable la vida de este país, entonces tan beligerante y totalitario. Ahora, mucho más tarde, en nuestro tiempo, cuando la política moderna se entrega a la tediosa aventura pragmática y a ese tipo de aburridos rollos, interesan de nuevo los políticos malos, protervos quiero decir. Y claro, los malos proliferan, se expanden, y los vemos, sobre todo, en la televisión, dotados de todas esas malicias ingenuas que les hacen insoportables. Pero uno, qué le va a hacer, sigue añorando las promesas de Suárez, los aromas de tabaco de Carrillo, la farfulla de Fraga y la bodeguilla de González, aquellos políticos augustos a los que ahora miramos con la nostalgia de lo que nunca volverá.

Bueno, aquí en Navarra, este primer año de aventura ha servido, si no para otra cosa, para hacer de Roberto Jiménez un político evidente y con futuro que está efectuando el más fino ejercicio poético de la política, que es sacar a la luz la verdad sencilla y mínima de lo que verdaderamente interesa a los ciudadanos. Además de lo que ha aprendido y ha vivido, está experimentándose ya en devolver su acento al público que se lo confía. Eso sí, con la mayor sinceridad y sin vender quimeras a la clientela.

Hecha esta digresión, permítaseme proseguir con el retorno de los malos. La vuelta de los malos al cine es una reconquista del mundo infantil y del mundo adolescente. El regreso de los malos a la política es una recreación exclusiva y meritoria del PP. Y ahí están los conservadores conviviendo con los tiburones asesinos y las sirenas de buen cuerpo que casi vuelven loco a Ulises.

Hemos dejado atrás a Franco, a Mola, a Sáenz de Inestrillas y a Blas Piñar, pero hemos reconquistado la gracia desabrida e irrepetible de Dolores Cospedal, extraña mezcla entre Bette Davis y Condoleezza Rice, nada que ver con Soraya Sáenz de Santamaría, dialécticamente mucho más recatada. Y es que la reanimación de los políticos apocalípticos es algo que se corresponde sistemáticamente con la pérdida del poder, es decir, se manufacturan fabrilmente desde la oposición.

El malo que hasta ese momento se había vestido de gangster, de pistolero o de vampiro de capa negra y primorosa, se viste ahora de traje azul marino y vive en la Moncloa. Me refiero al malo preferido del PP, es decir, a ZP. Pero, por mucho que se empeñe Lola Cospedal, mujer brillante y despejada, el malo en la política no alcanza como malo la categoría de Lee Van Cleef, de Boris Karloff o de los malos de Shakespeare, aunque también es cierto que los malos tradicionales se están agotando por profusión de uso y por exceso de eficacia. Y claro, era el momento de sustituir estos malos ya canonizados y algo macilentos por otros nuevos y más actuales. Lo que el gentío no llega a comprender es por qué el PP se ha tomado la molestia de ir hasta la Moncloa, si en su propia sede de Génova disponía de malos buenísimos más que suficientes, que, sin duda, hubieran hecho las delicias de los niños dominicales y de los adultos que se quedaron enganchados con The Joker, uno de los villanos más recurrentes de los tebeos y de las películas de Batman.

Del mismo modo que se ha empobrecido la democracia −justo en la medida en que el PP no tolera la diferencia, olvida los precedentes, omite las coincidencias, ignora los límites y, sobre todo, reniega obstinadamente de la imparcialidad y prudencia necesaria con la que se debe abordar cuestiones tan sensibles como el terrorismo, la corrupción o la crisis económica− también los malos andan desacreditados. Ya no quedan malos de verdad, malos auténticos. Y es que el poder, por muy atractivo que pueda parecer, no da para más. Si uno se pregunta quién queda realmente –aparte de ZP− concluye que sólo queda Kiko Matamoros, rescatado por María Patiño, Jesús Mariñas y por sus fans de la noche de La Noria. O sea.

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