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Guerras coloniales

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 10 de septiembre de 2009, 01:44 h (CET)
Por virtud de los perversos eufemismos que promueve el lenguaje políticamente correcto, a veces no tenemos ni idea de lo que estamos hablando. En el caso de Iraq, Afganistán y lo que está por venir, son invasiones a las que se las nombrará como se quiera, pero son simple y llanamente guerras coloniales. Occidente tiene una tradición tan rancia en ellas que no puede evitar estar metiéndose continuamente en camisas de once varas con la excusa que sea. Ahora dicen que es cosa del terrorismo, pero como que no.

España va de botijero, pero va. Lo hizo con el nefando Felipe González —la peor enfermedad que pudo contraer España—, y se metió de patitas en el cenagal de sangre y el genocidio auspiciado por la ONU que fue la I Guerra de los Golfos y los casi dos millones de vidas que arrastró tras de sí; luego fue el napoleónico Aznar, quien nos coló de limpiabotas en la II Guerra de los Golfos, y ahora el delirante señor Zapatero, quien nos sacó por la puerta de atrás y a empellones de ésta, para meternos hasta el corvejón en la de Afganistán. La excusa siempre fue ese terrorismo que tiene tufo a imperialismo y a petróleo, y lo han vestido convenientemente como si las tropas invasoras sean hermanitas de la caridad que van a poner tiritas y hacer las misiones, pero que han devastado por completo esos países hasta dejarlos sin Estado, sin infraestructuras, sin organización, sin sanidad, sin escuelas y casi, casi sin habitantes, estableciendo en ellos el infierno en su manifestación más solemne. Y ahí, justito ahí, está España en plan castigador, metido en una guerra que ni nos va ni nos viene, y que, en todo caso, es contraria al sentir de buena parte de los españoles pensantes, quienes consideramos que no tenemos derecho alguno a meternos en la Historia y evolución de otros países, y que si quieren ser talibanes, que Alá les bendiga.

Hay que ir de botijeros de Obama, sin embargo, porque así lo desea el señor Presidente. Tanto le admira, tanto desea compartir su éxito, que incluso ya está algo negro. Todo sea que por su causa muera de éxito, aunque los que seguro que lo harán, y no pocos, serán los soldados profesionales del Ejército de España, que no del Ejército Español, aquél que fue liquidado cuando el predecesor socialista de Zapatero. Morirán los soldados, y hasta es posible que les lloremos, pero serán unas muertes absurdas en una guerra absurda que no nos concierne, sino que, muy por el contrario, nos pone en el punto de mira de las nuevas técnicas de combate, que son los atentados mal llamados terroristas. En todo caso, son las mismas técnicas que han usado los comandos especiales desde que el mundo es mundo, utilizando para sembrar el terror entre el enemigo lo que tenían más a mano, y sobradamente ha quedado demostrado que España es ante eso uno de los países más vulnerables.

Los eufemismos arteros de la Pacifista Ministra de la Defensa no son sino un síntoma de la escasez de recursos intelectuales que acapara para sí, sólo superados por el grado de incompetencia. Degradar o despreciar al enemigo —en esa banda se ha instalado España— arguyendo que quienes atacan a las Fuerzas españolas son bandidos o traficantes o terroristas, es mucho más que miopía: tratarnos de idiotas. Debería saber la pacifista Ministra de la Defensa que los naturales que atacan a las Fuerzas invasoras de un país no son bandidos, sino patriotas, y que a su favor juega el resto de la Historia del mundo porque ya están en su casa y la están defendiendo con lo que tienen. Como potencia colonialista que hemos sido —ahora parece que nos estamos sacando la reválida—, debería saber que poco importa que sean dos o doscientos años, al invasor siempre se la acaba echando a patadas y con cuantiosas pérdidas, a veces lo bastante grandes como para que una potencia mundial, como lo fue España, quede relegada a los últimos renglones de la Historia, tal y como nos sucedió.

Si hubiera algo de inteligencia en el Gobierno, sin duda alguna, nuestras Fuerzas, ordenadamente, harían el petate y regresarían a casa, permitiendo que los afganos decidan qué y cómo quieren hacer con su país, adoren al Dios que quieran y se Gobiernen como mejor les convenga. No es nuestro problema. Nuestros problemas están aquí, en casa, que está manga por hombro gracias a la Ministra pacifista, al Presidente y su cohorte. Allí no se nos ha perdido nada, y para batallitas coloniales, ya nos bastan las del abuelo Cebolleta. No sé si será por causa de ese invento de las farmacéuticas que es la gripe A, pero me da la impresión de que hay mucho delirante suelto con demasiado poder en España.

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