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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Elecciones cojas, estrategia coja

Jim Hoagland
Jim Hoagland
jueves, 10 de septiembre de 2009, 01:43 h (CET)
Las consecuencias de las elecciones de Afganistán han sido más desagradables y significativas que la campaña que precedió a los comicios. Ha quedado de manifiesto que la apuesta del Presidente Hamid Karzai por la reelección estaba marcada por el fraude generalizado, un suceso que supone el primer fracaso significativo de la administración Obama en política exterior.

El gobierno había hecho hincapié en que su objetivo principal era un proceso electoral veraz, no la victoria de algún candidato o grupo particular. El Presidente Obama y sus asesores habían instado claramente a Karzai en público y en privado a celebrar esta votación tan justa y libremente como fuera posible en un país en guerra. Karzai no sólo se saltó olímpicamente las presiones; las utilizó para hacer campaña como nacionalista que combate influencias externas.

El líder afgano no se queda corto en el apartado de audacia, ni de astucia. Se presentó en Washington como ganador consumado adjuntándose a una coalición de señores de la guerra entre otros funcionarios locales corruptos con tal de obtener los resultados que él quería. Los esfuerzos post-electorales estadounidenses por obligar a Karzai a incluir a sus opositores en cargos importantes de la administración – lo que les obligaría a cejar en sus acusaciones de fraude - no cambia el sentido final de lo acaecido el 20 de agosto y hasta el momento.

Las polémicas elecciones no son simplemente una vergüenza política. Plantean dudas importantes de la nueva estrategia de contrainsurgencia estadounidense de protección de la población, que inicialmente se había ajustado a la limpieza de las zonas contestadas por los Talibanes – la región pastún habitada del sur sobre todo - para permitir que la gente votara libremente.

Pero hasta en muchos de los municipios "limpiados", los afganos se negaron a salir a votar, al parecer por temor a que en cuestión de semanas o meses, los Talibanes vuelvan a infiltrarse en sus zonas y buscar venganza contra aquellos que acudieron a las urnas.

Aun más reveladoramente, los ancianos pastún fueron a Kabul, buscaron a los periodistas occidentales y les proporcionaron declaraciones detalladas de primera mano de cómo los partidarios de Karzai habían falsificado los datos desde el territorio de los ancianos. Esto puede dar fe de su nuevo compromiso con la democracia y la libertad de prensa - o, como me imagino, de su miedo a cómo reaccionarían los Talibanes a los resultados regionales inventados que ponen de manifiesto grandes ventajas pro-Karzai en los resultados de sus aldeas.

Estos son los cálculos por lo que la gente inmersa en guerras civiles vive y muere. Los que residen en el territorio que soldados americanos, británicos y afganos entre otros lucharon por limpiar esperan a ver si sus comunidades sí se mantienen un tiempo más allá del alcance de los Talibanes. Sólo entonces decidirán asumir el tipo de riesgos que la administración espera que asuman.

La Casa Blanca inicialmente describió las elecciones como un éxito sin paliativos. Pero después de que la Comisión de Quejas Electorales respaldada por la ONU anunciara el martes que había descubierto "pruebas claras y concluyentes de fraude", especialmente en las provincias del sur, funcionarios estadounidenses retomaban en privado sus críticas a Karzai. Aún así, evitaban cualquier insinuación de que el número relativamente elevado de bajas estadounidenses y británicas este mes de agosto había sido en vano.

La función permanente de la política tribal en Afganistán y el vecino Pakistán también será olvidada esmerada y deliberadamente por la administración en público. Eso es lamentable. Las tensiones entre los grupos étnicos de Afganistán son la clave de la estrategia política y militar de la administración – pero a una opinión pública estadounidense cada vez más inquieta no se le dice esto.

Los resultados relativamente malos de Karzai entre sus correligionarios pastunes, que representan el 42 por ciento de la población de Afganistán y cerca de la totalidad de las fuerzas de los Talibanes, constituyen una señal de alarma para la estrategia de Obama de construcción rápida del ejército nacional afgano mediante la adición de entrenadores estadounidenses entre otros efectivos al tiempo que maniobra para desplazar a los mandos talibanes locales.

La administración Bush rechazó originalmente esa estrategia después de concluir que las fuerzas afganas carecían de "la capacidad de absorción" para desplegar los mandos y sargentos suficientes sobre el terreno como para dirigir grandes batallones afganos. Esto fue otra forma de decir que una ampliación del ejército que hubiera enviado un gran número de efectivos tribales tajik y uzbecos del norte a las zonas pastunes a combatir a los talibanes habría creado nuevos desastres.

El debate importante no es el juego de adivinación de los medios en torno a cuántos efectivos estadounidenses podrían solicitar los mandos militares más allá de los 21.000 aprobados ya por Obama. La cuestión más grave es si la estrategia de escalada puede producir o no resultados lo bastante rápido sobre el terreno para frenar el descontento creciente en el país.

El error de Karzai de considerar las demandas de un proceso electoral digno por parte de Washington dificulta esto. Obama está atascado en un plan cojo al que hay pocas alternativas inmediatas. Tiene que ser más directo con el pueblo estadounidense al hablar de los sacrificios y obstáculos por delante. Es la gente la que es responsable en última instancia, y necesita los hechos para ejercer esa responsabilidad.

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