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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El lamentable estado del empleo

Ruth Marcus
Ruth Marcus
miércoles, 9 de septiembre de 2009, 02:06 h (CET)
Menos de la mitad de los estadounidenses - el 48 por ciento - aprueba la labor de los sindicatos, por debajo del 59 por ciento de hace un año, según una nueva encuesta de Gallup. La cifra es el registro menor desde que Gallup comenzó a incluir la pregunta en 1936. Sólo el 12,4 por ciento de los trabajadores - y sólo 7,6 por ciento de los del sector privado - están sindicados, menos del 20,1 por ciento de 1983.

Feliz Día del Trabajo.

Ambos grupos de estadísticas resultan preocupantes para aquellos que, como yo, creen en la importancia de un movimiento sindical fuerte. Pero el sindicalismo puede ser su peor enemigo, funcionando como si su consigna fuera: "Que lo perfecto sea enemigo de lo bueno hasta el último momento."

Éste debería ser un momento feliz para el sindicalismo, a pesar de la crisis económica. Tras ocho años en el limbo político del gobierno Bush, tiene una Cámara Demócrata, un Senado Demócrata y un presidente Demócrata. Parece que van a desaprovechar esta oportunidad. Puede que lo hayan hecho ya.

Empecemos por la principal prioridad legislativa sindical, la Ley de Elección Libre del Empleado. Cuando se trata de sindicalizar el espacio laboral, el terreno de juego legal se ha inclinado demasiado en contra de los sindicatos.

Los empresarios pueden intimidar a la plantilla para que no apoyen al sindicato con total impunidad. La aplicación de la ley contra tales conductas ha sido mínima, con sanciones que son demasiado leves y, en cualquier caso, que llegan demasiado tarde para impedir las tácticas de mano dura. Si un sindicato es aceptado como representante por la plantilla, los empresarios pueden abrir una negociación del convenio colectivo sin final, reforzando su argumentación de que a la plantilla el sindicato no le hace ningún bien.

Existe un buen número de formas de mejorar esta situación: La aplicación significativa de la ley y el aumento de las penas por obstruir la organización sindical o por no negociar de buena fe; acelerar el proceso electoral para que los empresarios no dispongan de semanas para intimidar a la plantilla; dar a los sindicatos mayor acceso a los empleados para que defiendan su afiliación.

Los sindicatos, sin embargo, decidieron arriesgarlo todo apostando a lo que se describe como "afiliación por mayoría" y los empresarios llaman "voto no anónimo" - una disposición que permitiría a los sindicatos ser reconocidos por voto mayoritario reflejado en las tarjetas de los trabajadores. Los empresarios montaron una campaña multimillonaria contra lo que tachan de ataque antiamericano al voto secreto. Los sindicatos insistieron en la legislación, incluso sin los 60 votos de rigor en el Senado.

El debate sobre la atención sanitaria se cruzó por medio, y ahora los sindicatos se encuentran en apuros. Después de haber insistido durante meses - años, en realidad - en que la legislación de voto por tarjeta es imprescindible para mejorar la ley, en el último momento se están echando atrás y definen el éxito como un pacto de mínimos. "Podría ser, o no" parte de la legislación final, decía durante un desayudo del Christian Science Monitor el presidente oficioso de la asociación de representantes sindicales AFL-CIO, Richard Trumka, la semana pasada. Los nuevos elementos esenciales, de acuerdo con Trumka, son elevar las multas, impulsar la implantación, y algún tipo de mecanismo de resolución de conflictos que garantice que los contratos no se retrasan indefinidamente.

En otras palabras, exactamente el tipo de enfoque que los líderes del AFL-CIO decían antes que era inaceptable sin el sistema de votación descubierta. Si los sindicatos hubieran estado dispuestos a aceptar este tipo de acuerdo a principios de la primavera, podríamos tener ahora mismo una nueva ley. Ahora tendremos suerte si el Congreso actúa este año.

El mismo drama se reproduce en la sanidad -- aunque esta vez con más de una división pública entre los líderes sindicales.

A pesar de que el presidente Obama y otros funcionarios del gobierno han señalado que podría haber que renunciar a la opción sanitaria pública, Trumka trazó un límite. "No vamos a apoyar el proyecto de ley si no tiene la opción pública incluida", decía durante un almuerzo de trabajo la semana pasada. "Quiero ser tan claro como se pueda ser - es una necesidad imperiosa."

Me es difícil entender el motivo de que éste sea el límite a establecer - especialmente para los sindicatos, cuyos trabajadores tienen seguros comunes y no se podrán acoger a la opción pública - o porqué es éste el momento adecuado para imponerlo.

El viernes, James Hoffa, presidente de la International Brotherhood of Teamsters y nada cercano a las tesis de Trumka, adoptaba una postura diferente durante una entrevista con Al Hunt en Bloomberg Television. Hoffa dijo que la ausencia de la opción pública "no es un imprescindible para el proyecto de ley." en su lugar, dijo, "Tenemos que averiguar lo que es factible. Creo que es importante hacer algo en esta ocasión y declarar una victoria."

Bueno, esa parece ser la nueva consigna de los sindicatos. Si se pudiera aplicar este enfoque, hasta podría haber algo que celebrar el próximo Día del Trabajo.

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