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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Rodiezmo, el Parlamento del señor ZP

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 9 de septiembre de 2009, 02:03 h (CET)
Todos sabemos la importancia que tienen, en la música, los tempos. El director de una orquesta tiene el deber de estar pendiente de ellos para que la melodía suene como su autor previó que debería sonar. No obstante, no sólo es dentro del campo del pentagrama donde se deben mantener los tempos, sino que, incluso en la cosa política, los gobernantes deben saber amoldarse a ellos, si es que pretenden que su gestión al frente de la nación se desarrolle en armonía, siguiendo un plan predeterminado, un proyecto bien meditado de forma que, en él, se contemplen las medidas que se tienen que implantar si se dan circunstancias extraordinarias, que puedan incidir en la marcha de la nación; de tal manera que, ante una eventualidad semejante, quienes llevan las riendas del Ejecutivo no se encuentren desarbolados y tengan que recurrir a la improvisación, el parche o la intuición, para intentar salir del paso.

Es evidente que, como en el caso de los tres poderes independientes de todo Estado: el legislativo, ejecutivo y judicial, preconizados por Montesquieu (hoy me he vuelto a acordar del señor Guerra, el que declaró fallecido al buen señor francés, al verlo en el mitin de Rodiezmo, con su pañoleta roja al cuello y en su salsa, lanzando sus consabidas filípicas con las que pretendía emular sus años mozos, pero que, a su edad y con chepa, pueden llegar a resultar hasta un poco ridículas y obsoletas), que en España parece ser que han pasado a mejor vida; el señor Zapatero, que ya ha prescindido también de los mandatos constitucionales, parece que ahora está dispuesto a vaciar de contenido los cometidos y funciones del Parlamento, prefiriendo anunciar todas sus nuevas propuestas y pergeñar sus estrategias de futuro con sus amigos de la izquierda, especialmente con la UGT del señor Méndez que, si bien no se ha lucido hasta este momento en la defensa de los derechos de los trabajadores, ha tenido la “delicadeza” de no meterse con el Gobierno; lo que le ha sido retribuido con largueza mediante frecuentes y más que jugosas compensaciones económicas que han tenido la virtud de devolverle el color y la sonrisa al rostro, algo macilento, de camarada Méndez.

El espectáculo del señor Zapatero en Rodiezmo, con vaqueros y camisa blanca, sin corbata, en el más puro estilo de activistas de la revolución, como pudieran ser la Pasionaria o, el Stalín español, el señor Largo Caballero, recordado por la huelga revolucionaria de 1917, de carácter jacobino-socialista, (que, sin embargo, llegó a colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, ¡ver para creer!); sin duda estaba destinado a impresionar a la corte de seguidores incondicionales; un marco muy propicio para lucir sus demagogia más escogida y vender, como una muestra más de su preocupación por el “pueblo” o ¿debiéramos decir “proletariado”?, una nueva mejora social consistente en elevar las pensiones más bajas, ¿cuánto?, no lo dijo, suponemos que porque no tenía ni idea de lo que quedaba en caja, las arcas del Estado, en las que, por no quedar, ya ni ratas hay.

Por algo similar el señor Solbes tiró la toalla, más tarde lo hizo Jordi Sevilla y, la señora Salgado, no lo hace seguramente porque no la dejan, pero eso sí, siempre quedará de ella lo de los famosos “brotes verdes”. Gritaba, el señor Presidente, en su faceta de agitador, ¡vamos a aumentar el poder adquisitivo de los pensionistas más necesitados! Y toda la parafernalia encabezada por la Aído y la Pajín se estremecían de gozo y les caían las babas como si no supieran que algo parecido les prometió su jefe de filas a los favorecidos por la Ley de Dependencia y todavía, la gran mayoría de ellos, no han visto un solo euro; apenas hace unos días se pavoneaba de haber dado 420 euros mensuales a los parados sin ayudas y luego resultó que, los requisitos para cobrarlos dejaban reducidos a unos pocos los que tenían derecho a su cobro; tuvo que rectificar, después de que el bochorno provocado por su aplicación, la casa de “tócame Roque” en la que se convirtió el INEM, le puso en evidencia ante toda España.

Pero donde el señor Rodríguez, nuestro presidente, estuvo inmenso fue cuando bramó, si señores, bramó furibundo que: “él no improvisaba y que lo que hacía su Gobierno era que cuando se presentaba un problema se enfrentaba al él”. Verán, yo no sé si llevaba preparado el discurso o “improvisó” pero, en ambos casos, lo que acabó por decir fue que no improvisaba hasta que surgían los problemas, en cuyo caso, se las arreglaba como podía. Evidentemente no ha “improvisado” en su lucha contra el desempleo y por ello nos encontramos con más de 4.000.000 de parados; tampoco “improvisó” cuando decidió empezar la casa por la ventana y les dio 50.000 millones de euros a los bancos, que eran los causantes de la crisis inmobiliaria; no digamos que “improvisó” cuando ofreció el descuento de los 400 euros a los que pagaban por IRPF ( ahora se arrepiente de ello, tarde y cuando ya ha surtido su efecto); deberemos suponer que no “improvisó” cuando ofreció, a los pocos días de ser elegido presidente en la primera legislatura, diálogo a la oposición, respetar todos los pactos (¿se olvidó de El Pacto por las Libertades o la Ley de Partidos Políticos?) Y, sería de ver si “improvisó” o no cuando nos dijo a los españoles lo del pleno empleo, el que la crisis no nos afectaría o cuando afirmó que se pasaría en un plis plas. ¡Ah! y muy diplomático su elogio a los sindicatos “actitud ejemplar” lo mismo que el señor Méndez cuando afirmó que, en nuestro país, no hace falta la reforma laboral que pide la CEOE y si, en cambio, la “reforma empresarial” ¡Bravo, seguramente se referiría al ejemplo de Rusia con la estatización de la economía! Sin duda el mejor medio para perpetuarnos en la crisis.

El colofón, la conclusión, fue apoteósica, tanto, que removió los cimientos de Rodiezmo que, en pleno, se rindió a la locuacidad mitinesca del señor Rodríguez cuando, en aquel momento extraordinario de entrega a la audiencia, declaró con toda rotundidad (esta con la que tantas veces nos ha mentido) que “España no será la última en salir de la depresión, sino que saldrá de ella al mismo tiempo que las demás naciones europeas”. Es posible que, en el momento en el que pronunció estas palabras, se creyera estar en Francia o Alemania o en la mismísima Portugal, que están dando pasos en buena dirección y ya se inicia una reducción del paro; pero ¿en España?, ¿en esta nación en que el paro aumenta en 85.000 personas en un solo mes? En la que los ERE’s se multiplican cada vez más y las empresas siguen sin levantar cabeza, ¿se refiere, el señor ZP, a esta España o habla de aquella en la que sueña en lo más profundo de su sueño REM? Lo dice y se queda tan tranquilo, sin que ni un solo músculo de su cara se contraiga ante tamaña desfachatez. Pero así se consigue mantener en el candelero y así arrastra a esta parte de la España progresista que, sea por inocencia, sea por sectarismo o sea por ignorancia, son incapaces de aceptar que lo que le conviene a España es un cambio radical de gobierno que restablezca en ella la sensatez, el rigor económico y todos aquellos valores de los que el PSOE y los nacionalistas han hecho tábula rasa. Y es que a este ZP le podríamos recordar aquella frase de Henri F. Amiel, escritor y filósofo suizo, cuando sentenciaba: “Lo inacabado no es nada”, y él lleva camino de dejarnos en la estacada, por no tener idea de cómo acabará, por fin, esta España.

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