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Fernando Lugo, Wasmosy y Lino Oviedo

Luís Agüero Wagner
Redacción
martes, 8 de septiembre de 2009, 01:50 h (CET)
Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos. Martin Luther King

A mediados de abril de 1996, revelaría el diario Clarín de Buenos Aires unos años después, el mafioso filipino Mario Batacán Crespo –alias Mark Jiménez-, contribuyente del partido demócrata de los Estados Unidos, llamó por teléfono al entonces presidente Bill Clinton para advertirle que militares paraguayos estaban preparando un golpe de estado.

Clinton convocó de inmediato a una reunión de sus asesores y llamò al presidente paraguayo Juan Carlos Wasmosy para ofrecerle protección en la embajada de los Estados Unidos en Paraguay, una fortaleza que ocupa varias hectáreas estratégicas en la capital del pais.

Fue así que el valiente presidente paraguayo corrió a refugiarse en la legación estadounidense la noche del 22 de abril de 1996, cuando las papas quemaban, pues según difundían los medios prensa, el general Lino Oviedo, comandante del Ejército, se negaba a acatar sus órdenes. Poco después, Oviedo era expulsado de la milicia activa e iniciaba una vertiginosa carrera política.

Hoy Lino Oviedo demanda al estado paraguayo 20 millones de dólares por "daños morales" a raíz de la condena de 10 años de cárcel impuesta en su contra por aquel intento de golpe militar, del que fue absuelto en 2007, para escándalo de los panegiristas del régimen del obispo Fernando Lugo.

Dos meses antes del controvertido golpe, el 6 de febrero de 1996, un emisario de Wasmosy, Carlos Mersán Galli, desayunaba con Bill Clinton en la Casa Blanca en compañía de Mark Jiménez y otros bucaneros globalizados. El diario Boston Globe publicó posteriormente que Mark Jiménez depositó al día siguiente otros 50.000 dólares a nombre del Partido Demócrata, en recompensa por haber recibido al emisario paraguayo.

El Paraguay se encontraba por entonces en pleno proceso de “sanear y liberalizar” el sistema financiero, con “apoyo” del FMI y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El resultado de tal proceso sería en definitiva el aniquilamiento de la banca Nacional y el crecimiento de las cuentas secretas del ex presidente Wasmosy, quien fue denunciado poco después por acumular en una sola de ellas, en las islas Caimán, unos 700 millones de dólares surgidos por generación espontánea.

Sobre el proceso global que se tradujo en la estafa a miles de ahorristas paraguayos, el premio Nóbel Joseph Stiglitz , por aquel entonces funcionario de la administración Clinton, señaló posteriormente que “su único objetivo era servir a los estrechos intereses de la comunidad financiera norteamericana, que el Departamento del Tesoro enérgicamente representa”.

Un banquero paraguayo que se enfrentó en desigual lucha a la entente transnacional que barría con bancos y financieras de capital paraguayo, Tito Scavone, fue vejado y encarcelado, extorsionado y amenazado de muerte en la cárcel, para finalmente, tras recuperar su libertad, fallecer en un extraño accidente náutico.

Poco antes, había recibido respaldo del famoso empresario George Soros para reactivar el Banco Unión, uno de los que fueron sacados del medio por los intereses globalizados.

Esta y otras infames historias fueron pronto silenciadas por el intacto aparato de prensa del dictador Alfredo Stroessner, el mismo que impulsó apasionadamente la campaña presidencial del obispo Fernando Lugo, de la misma manera que la escandalosa lucha interna dentro de la policía por controlar el negocio de la drogas, ya bajo el actual gobierno del mesiánico obispo, no merece la más mínima mención.

Es que los protagonistas siguen siendo los mismos, aunque con máscaras cambiadas.

El pacto de silencio, hábito de la mafia, funciona como una aceitada maquinaria entre quienes temen cruzar acusaciones sobre temas que salpican a todos. Lo aconsejaba Confucio: El silencio es el único amigo que jamás traiciona.

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