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Dos maneras de vivir el ciclismo
Álvaro Calleja
El paso de la Vuelta a España por territorio holandés y belga ha aportado imágenes muy bonitas, rozando lo espectacular. Por cuatro días nuestra carrera ha vivido instantes que sólo suceden cada año allá por el mes de julio en las carreteras francesas. Una marea humana inundó las cunetas, que, acompañada de la decoración con la que los habitantes de cada población dio la bienvenida al pelotón, dejó claro que allí viven el ciclismo de una forma muy distinta.
En muy pocas ocasiones, por no decir ninguna, en España aparece algún tipo de dibujo en las tierras que rodean el asfalto por el que los ciclistas circulan camino de la meta. Tampoco las localidades visten las calles para recibir a la Vuelta, algo que sí sucede en Italia o Francia, por no citar de nuevo a Holanda y Bélgica, donde este deporte es como una religión.
Allí se pelean por un lugar en el que apreciar de cerca a los ciclistas. Cada año se repiten imágenes como las del Tour de Flandes, por citar un ejemplo, donde miles de aficionados abren el paso a los héroes por aquellas zonas de adoquines. Flandes se convierte por un día en un Bernabéu, en un Camp Nou, en un Calderón o en todos los grandes estadios juntos a la vez.
Durante esta visita turística de la Vuelta por Europa, si hay algo que destacar es a la afición. Ni en todas las etapas juntas por España se alcanzará la cifra de personas que han acudido en esos dos países a ver el paso de los corredores. Reflejo de dos maneras muy diferentes de vivir un mismo deporte.
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