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Ser o no ser..., ésta es la cuestión

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 7 de septiembre de 2009, 05:30 h (CET)
Aunque parezca un contrasentido, en estos tiempos que corren no me gustaría ser rico. No podría soportar que me sobrara cuando a cuatro mil millones de seres humanos, mis otros yo, les falta de casi todo, hasta lo indispensable. De alguna manera, aunque ahora no llevo el cabello tan largo, continúo sintiendo veinte años en mi sangre, y, como entonces, simpatizo profundamente con la geometría del fracaso, aborrezco los coches, las casas grandes, las tarjetas de plástico y los bancos, y todavía uso yines y prescindo de las corbatas. Aún late por ahí adentro, en algún lugar, la rebeldía del esplendor veinteañero, y en algún sueño trasnochado el anhelo de una sociedad tan utópica como justa. Siempre tuve, y aún la conservo, una utopía a la que dirigirme en el horizonte.

El mundo no es así, sin embargo, y para que haya un poquitín de justicia, sólo alguna mácula, faltan demasiadas leguas, tal vez algún que otro siglo, aunque los siglos ya nos estén tan de más como los mismos años, pues que el tiempo se acaba. En realidad, vivimos tiempos de acabamiento. Siempre hubo injusticias, pero nunca tantas y tan arracimadas como ahora, a pesar de que la apariencia de nuestra sociedad es de modernidad y libertad. La libertad, sin embargo, es otra cosa. Cuando tenía los veinte años reales, tan reales como estos veinte que ahora me dan horma por dentro, decíamos que la libertad terminaba donde empezaba la de los demás. Por eso no me gustaría ser rico: demasiada responsabilidad. Prefiero mi viejo automóvil en el que lo importante es quien lo conduce, aunque lo uso lo menos que puedo; prefiero mi moda sin moda, porque me hace libre, y hasta cuando me apetece me pongo calcetines blancos; elijo mis amigos, a los que puedo decir cuanto deseo sin circunloquios ni rebuscamientos, así, por las bravas y a la cara, con la sinceridad de un trabucazo; y elijo la libertad de limitarme en beneficio de mis otros yo, todos los demás.

Manías de quien está trasnochado, sin duda; pero lo prefiero a ser rico. Podría haberlo sido muchas veces, e incluso estuve en el camino de la cima de la montaña. Por suerte me arrepentí y preferí tener dinero a que el dinero me tuviera, conducir mi coche a que el coche me usurpara la personalidad, habitar una casa a que una casa me habitara y pensar y sentir a que me lo dieran pensado y sentido. Me hice lo que soy, y si fui un yuppie en toda regla con su globo narcótico de ombliguismo narcisista, fue por poco tiempo y la vida me enseñó que la soberbia es efímera: murió mi secretario, un muchacho muy joven que quería vivir a toda costa. La muerte es una losa dura, siniestra e inflexible, que no perdona. Nada en el mundo tiene su dureza, ni el berilio ni el diamante. Sin embargo, como saben todos los que me leen con alguna regularidad, creo que todo mal encierra un bien, y aquella muerte me dio la vida. Maxi Martín, mi secretario, murió para que yo viviera, y desperté de mi pesadilla, me erguí sobre mí propia inmundicia de rico en ciernes y rescaté al veinteañero que soy por algún lugar de allá adentro. Me desprendí de mi dirección de postín, de mi coche de lujo, de mis casas enormes, incluso de la mujer que no quería, y comencé a ser el que era junto a mis hijas. Maxi me dio la vida, me enseñó lo hermosa que es la vida. Tal vez, incluso, esté viviéndola por ambos.

El mundo es demasiado grande para remediar todos sus males, pero España, esa España que con tanto fervor empuñan los ricos, es lo bastante menuda como para solucionar todos sus grandes duelos en un solo día. Si son y se sienten españoles y tanto la aman, han de amar por fuerza estos ricos a todos los españoles. En tal caso, bastaría con que por cada millón de euros que duermen en sus arcas pagaran un salario: con eso se arreglaría todo. No tendrían millones completos, claro, pero les quedarían como novecientos ochenta mil euros, que lo son casi, y la conciencia plena de que cuando digan lo que quieren a su país y a los ciudadanos que la sostienen, lo harían con la certeza de la práctica y la prueba. Serían casi millonarios en dinero, pero inmensamente ricos en realidades y en el corazón.

Eso sería ser; pero no son. Las voces grandilocuentes, el patriotismo de postín y sin riesgos, circula de otra manera, sabiendo que tienen una sociedad a su disposición y con la certidumbre de que si alguna vez hubiera que defender la patria, todos esos pobres, todos esos desempleados y esos jóvenes con subempleos morirían patrióticamente para defenderles del enemigo. Ellos, los otros españoles, los que sufren estas condiciones vitales tan adversas, entretanto se las ingenian para sobrevivir, pagan la misma multa que al rico le cuenta centimillos con su salario de un mes y hasta sus impuestos serán infinitamente mayores que los de los ricos. ¿Subirles los impuestos a los ricos?... ¡No!, ¡qué barbaridad!...: los impuestos para los que son. Ser o no ser, ya lo dijo Shakespeare. Por eso no podría soportar ser rico, sabiendo que el hambre, el frío y el calor de otros yo dependiera de mí. No se pueden imaginar cuánto bien me hizo Maxi al morir: fue como decirme, “¡Lázaro, levántate y anda!” Hoy, soy por los dos.

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