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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El cambio de Japón y los desafíos

Jim Hoagland
Jim Hoagland
domingo, 6 de septiembre de 2009, 08:16 h (CET)
Los electores de Japón han arrancado el poder a una coalición incompetente de políticos hambrientos, distinguibles sólo a través de su disposición a prometer cualquier cosa a cualquiera en cualquier momento. Bien por ellos. En muchos sentidos deberíamos aplaudir a los japoneses que votaron a lo que se viene describiendo como "cambio del que no se fían."

Los distorsionados ecos de la consigna de la campaña del Presidente Obama no son accidentales en absoluto. Los comicios nacionales de Japón celebrados el 30 de agosto podrían terminar siendo el primero de muchos ejemplos de relevo político en otros países provocado por el factor Obama. El victorioso Partido Democrático de Japón vinculó a sus contrincantes con destreza a George W. Bush y el capitalismo destructivo y caníbal, al tiempo que ellos se identificaban con la iniciativa de recuperación económica y transformación social a través del gasto público representados en el nuevo Presidente estadounidense.

Dinámicas de campaña parecidas podrían entrar en juego a lo largo de las próximas semanas en Grecia, abocada ya a celebrar elecciones parlamentarias anticipadas, y en Gran Bretaña la próxima primavera, donde cambio a cualquier precio parece ser la consigna. Al igual que los Democráticos de Japón, los partidos de la oposición en el mundo citarán la audacia estadounidense al elegir al joven y relativamente desconocido Obama como referente a seguir en tiempos difíciles.

Pero el monumental cambio de tendencia de Japón también plantea a Obama un nuevo desafío significativo en Asia. El presidente tendrá que hacer equilibrios para identificar correctamente y reforzar a los moderados del nuevo gobierno al tiempo que contiene a los extremistas de izquierdas y extrema izquierda dentro de la coalición.

Y el Presidente no se ha hecho ningún favor en este momento al elegir a John Roos, abogado de California y mega-donante de Obama en 2008, como su embajador en Tokio. Con el paso del tiempo, la complicidad de Obama con su jefe de gabinete Rahm Emanuel a la hora de adjudicar los destinos diplomáticos estadounidenses más importantes a los mayores recaudadores de fondos de la campaña en lugar de a profesionales con experiencia de la política exterior terminará pasando factura a esta Casa Blanca -- y de forma más considerable en Japón.

De manera que, ¿qué es lo que hay que celebrar? Principalmente, la alternancia del poder, perdida en el sistema político democrático pero inaccesible de Japón en la última mitad de siglo. Japón lleva gobernado de manera casi ininterrumpida desde 1955 por un triunvirato compuesto de los políticos avarientos y con frecuencia débiles del Partido Democrático Liberal, funcionarios de administración normalmente competentes y fuertes, y una élite empresarial disciplinada y cohesionada.

Los Democráticos Liberales se volvieron estrechos de miras, dados a los escándalos e indiferentes al clima social. Fueron degenerando progresivamente insultando o ignorando con frecuencia a las mujeres, a los jóvenes, a los granjeros y a las nutridas filas de los parados. Hasta las reformas bienintencionadas puestas en marcha por Junichiro Koizumi hace ocho años castigaron a los granjeros entre otras franjas del electorado básico del Partido, y la ira de los humillados se hizo patente en las elecciones.

"Los japoneses han votado al cambio en el que no confían y al líder del Partido Democrático de Japón, Yukio Hatoyama, que no despierta ningún entusiasmo entre ellos," escribía Jeff Kingston, de la Temple University, en la página web de la revista Foreign Policy la pasada semana. Lo que es peor, añadía, "un escaso margen del 25 por ciento de votantes piensa que el Partido Democrático de Japón va a liderar a Japón en la dirección adecuada."

De manera que el Partido Democrático Liberal merecía perder estas elecciones que Hatoyama y el influyente cargo público de los Democráticos, Ichiro Ozawa, fueron lo bastante inteligentes para ganar. Ahora seguirán los pasos de Francois Mitterrand en Francia en 1981 y de Kim Dae Jung en Corea del Sur en 1998, entre otros antiguos "radicales" que tuvieron que demostrar que sus partidos sabían gobernar con responsabilidad y alternar el poder pacíficamente con los conservadores.

La administración Obama espera un proceso de progresiva estabilización política para ponerse manos a la obra con Tokio. "Damos por sentado que se abre un periodo relativamente tranquilo," afirmaba un funcionario del Departamento de Estado al tiempo que religiosamente restaba importancia a las promesas de la coalición de distanciar a Japón de las políticas estadounidenses.

Pero esa premisa pasa por alto voluntariamente la realidad política: tan sólo queda un año para celebrarse las elecciones a la cámara alta de la Dieta japonesa. Los Democráticos tienen que lograr una mayoría sustancial para consolidar su poder, y es improbable que corran el riesgo de ser acusados de faltar a promesas de campaña antes.

Las posibilidades de que la Dieta renueve la autorización de las operaciones de aprovisionamiento japonesas que apoyan a las fuerzas estadounidenses destacadas en Afganistán son entre escasas y nulas. Esa decisión legislativa, cuya votación está programada en enero, podría abrir un difícil pasaje en la historia de la relación bilateral más importante que tiene América en Asia. Y las esperanzas de que el Embajador Roos sea lo bastante listo como para dejar hacer al experimentado equipo que Obama ha compuesto en Washington para abordar Asia agravan la situación.

Finalmente, no confundamos churras con merinas restando méritos al Partido Democrático Liberal.

La tentación que tiene Washington es la de congraciarse con el nuevo gobierno. Pero Obama debería aplacar la virulenta demonización de los burócratas de Japón y de los políticos que abandonan el poder que hacen los ganadores.

Entre ellos hay individuos que han trabajado honorablemente por su país desde la administración al tiempo que han sido aliados fieles de Estados Unidos. Que las palabras o los actos oficiales estadounidenses socaven su posición o les desacrediten atenuaría uno de los mayores éxitos del siglo XX y no granjearía nada importante por parte de los nuevos jefes de Tokio a Obama.

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