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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Por la erradicación de ferias y fiestas de pueblos y ciudades

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 6 de septiembre de 2009, 08:12 h (CET)
Hoy no hay quien circule por España. A finales de agosto y principios de septiembre España se convierte en un batiburrillo insufrible de gentes alocadas, ruidos innecesarios, bataholas insoportables y ridículos follones multitudinarios. El atasco en las urbes, generalmente en los cascos viejos, alteraría los nervios del Santo Job.

En esta época España es una colección de estorbos callejeros, rebuznos beodos y alborotos bullangueros pagados por los ayuntamientos. Nunca nadie ha hecho más por la promoción del alcohol, generalmente peleón, que los concejales de ferias y fiestas. A costa del sufrido ciudadano impuesto pagante. Los productores de vino, güisqui y coñac deberían premiarles con un oscar “al estímulo alcohólico”. Jamás se consume tanta droga, y me refiero sólo a la droga legal con cuyos impuestos se subvenciona el Estado, como en las fiestas locales con el patrocinio del Excelentísimo Ayuntamiento.

Paso mis tardes entre Valladolid y Palencia, las dos capitales españolas más próximas entre sí, y en ambas ciudades el frenesí de gentío ocupando insanamente plazas y calles, parques y avenidas, es insoportable. Aparentemente con motivo de la Virgen de San Lorenzo o de San Alcoholín (oficialmente San Antolín) las masas salen a la calle, a ver y a que se los vea. No sabía yo que hubiera tanto palentino en Palencia. Sin duda alguna la mayoría no sale el resto del año y aprovecha ahora para desquitarse. Con inconmensurable avaricia. También puede ser que durante los otros once meses exista un riguroso turno, como en la pescadería de enfrente, para salir a pasear calle mayor arriba, calle mayor abajo, turno que queda suprimido con motivo del fin de la época de cosecha, que es en definitiva lo que se celebra en toda esta fiesta pachanguera de ciudades, villas y villorrios.

A la gente le da por hacer el loco durante estos días. Parece como si divertirse consistiera en beber mucho, en gritar mucho y en hacer el gilipollas. Mucho. Señores que el resto del año deben sin duda alguna ser serios empleados de banca, notarios rigurosos o muy estirados empleados de paños de moda olvidan sus discretas costumbres y se lanzan a la calle a saltar amarranadamente, vociferar lerdamente, a caturrear canciones estúpidas con letras memas y obscenas... en nombre de la Virgen o del santo local, de los que en ningún otro momento del año se acuerdan, salvo para blasfemar.

Y los que necesariamente tenemos que transitar ejemplar, pacífica y civilizadamente nos tenemos que apartar con cuidado, aplastarnos contra la pared o refugiarnos en un portal para evitar que los beodos que desfilan por encargo municipal, en eso que se denomina desfile de peñas, nos arrollen. O evitar salir a la calle en una semana. Me siento disminuido, amenazado con la extinción cada vez qu...

(Tengo que interrumpir aquí este artículo, aunque me queda mucho por decir. Matías, mi buen vecino, me reclama para que lo acompañe al centro a recoger a su hija preadolescente. Es la una y pico de la mañana, ha terminado el concierto de uno de esos insulsos grupos juveniles, evidentemente pagado con nuestros impuestos, y ya no hay autobuses. Además, a ver quien es el guapo que se fía de un viaje en el autobús urbano a estas a estas horas una noche de fiesta borreguil, multitudinaria y beoda. Señores, siento el brusco corte, pero me tengo que ir, las calles estarán colapsadas y tendré que pelearme con algún bruto borracho para poder llegar sano y salvo a recoger a la hija del Matías. Sana y salva también, si hay suerte.)

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