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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Derechos de autor

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 4 de septiembre de 2009, 05:27 h (CET)
Que la SGAE se ha montado un negocio más que discutible a espaldas de una legalidad chiringuiteramente artera es una realidad que no admite discusiones, pero la cosa es mucho más que peliaguda, sobre todo considerando que a muchos de los que pretende cobrar ese canon que tanto tufo tiene a pernada lo hace en beneficio no de autores, sino de emuladores, de copiotas o plagiadores que se han enmascarado tras el eufemístico antifaz caco-bonifaciano de “adaptadores”, retrayendo para sí los beneficios de autores extintos a quienes han hecho adaptaciones de sus magnas obras, como ha sido el caso de Zalamea o Fuenteovejuna.

De entre las muchas especies humanas que me producen verdadera repugnancia, unas de las primeras pertenece de pleno derecho a esta suerte de plagiadores enmascarados que se sirven de la obra de otros para obtener beneficios, incompetentes como son de crear nada por sí mismos. Son los usurpadores, los magoneantes del acervo de sus genuinos propietarios, un poco a imagen y modo de los devastadores virus con que la naturaleza nos fumiga cada tanto. Personas que no tienen capacidad de creación ni personalidad de autores, pero que gracias a fenómenos antinaturales y leyes más que discutibles cuentan con un corpus legislador y unas sociedades que nadie en su sano juicio puede entender que estén donde están, las cuales se lo ponen a huevo, permitiéndoles el saqueo de sus semejantes (como parásitos que son) y el ninguneo y la degradación de los genios que crearon de la nada la obra original. Seres e instituciones, en fin, que deberían ser proscritas como entidades contrarias a la Cultura, a la sociedad y la genialidad humana.

Como autor, me producen un asco que difícilmente pueden ser expresados. Por nada del mundo, por nada, me complacería que uno de estos parásitos intelectuales pudiera en algún momento adaptar una de mis obras, y, entiendo, que es un sentir común al de cualquier autor que haya creado una obra, no importa de qué género o de qué alcance. La ideamos —o la creamos— así como está, no de ninguna otra manera, y agradeceríamos profundamente que así fuera respetada, poco importa si aprobándola o desaprobándola. Si los plagiadores quieren darse viso de autores, que escriban, que sin duda hay miles, millones de obras que no han sido escritas todavía, y que no vengan a destruir, enmendar o parasitar la obra de otros. El autor sabe qué quiso decir y cómo decirlo, y nadie en el mundo debería tener patente de corso —nunca mejor dicho— para que un torpe escribano papanatas viniera a modificarla añadiendo o quitando ni siquiera una tilde. Sólo al autor le corresponde hacerlo o no, y nadie más debería estar legitimado.

La realidad, sin embargo, es que la cosa funciona exactamente a la contraria, siendo aplaudidos estos devoradores de lo ajeno, a veces como genios. Y la cosa, francamente, da asco, mucho asco. Abomino de ellos y de los que los aplauden, porque, muy por el contrario, considero que deberían ser vejados por su amoral osadía. Que un burdo manipulador ningunee al verdadero creador, queda claro que es, cuando menos, una afrenta a la inteligencia, a la moral, a la Cultura y a la sociedad, toda vez que la sociedad misma es medida por su cultura.

Sin embargo, así está la cosa. Hoy, el mundo pertenece a los parodiadores, a los parásitos, y, si insignificantes criaturas usurpan la creación de Lope de Vega, Calderón de la Barca o cualesquiera otros, recibiendo el despreciable aplauso de ciertas masas y las retribuciones usurpadas de ciertas instituciones, no es de extrañar que al Autor Prodigioso, a Dios mismo, Autor de todas las cosas —o a la Naturaleza, para los no creyentes—, le hayan salido monosabios embaucadores que pretenden enmendarle la plana jugando con la genética y modificando la naturaleza de su Obra. A todos estos parásitos, en mi opinión, sólo debería hacérseles acreedores del desprecio de la sociedad; pero la sociedad está narcotizada por la estupidez y la ñoñería. ¿Qué derechos de autor deberían cobrar los verdaderos autores a estos repugnantes plagiadores, y qué Dios a los ingenieros genéticos?..., y, lo que es peor, ¿cómo podrían abonar su ignorante osadía?...

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