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La agonía del paraíso

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 2 de septiembre de 2009, 06:20 h (CET)
Los hay que no se quieren dar por enterados, pero el planeta se muere. O, al menos, lo haremos nosotros, habiéndonos correspondido el dudoso honor de haberle devastado para hacer ricos a unos pocos, y dejando el porvenir de la vida tal vez en las antenas de algunos insectos, que acaso sean los únicos que nos sobrevivan. Las alarmas llevan ululando ya algún decenio, y ningún poder ha querido dar el enterado. Se han limitado, como rehenes que son de esas dos o tres docenas de familias sobre las que recae la mayor parte de los dineros del planeta, a concilios de apariencia que no han producido resultado alguno.

No; ya no se trata de que exista la posibilidad de que el medio no pueda sostenernos, sino la inexorable certeza de que, o cambiamos radicalmente ya, o nos extinguimos mañana devorándonos los unos a los otros. No sé si ese fin trágico lo verá nuestra generación, que es más que probable, pero es seguro que lo verán nuestros hijos y que no queda ningún futuro —¡ninguno!— para nuestros nietos. Que los océanos se mueren en el hervor del progreso ya no es una entelequia, sino una certeza científica, lo mismo que lo es que en menos de treinta años no habrá glaciares ni nieves perpetuas en prácticamente ningún lugar del mundo, que los ríos habrán perdido al menos dos tercios de su caudal y que la mayoría de las costas serán inhabitables por el ascenso del mar y el aumento de los fenómenos catastróficos marinos. Este cuento, el del paso del hombre por la Tierra, ya va por el colorín, colorado.

La especulación, la codicia, la necesidad de la superpoblación y la incapacidad de los humanos para vivir en paz y armonía con nuestros semejantes y con el medio que nos sostiene, han sido las causas: el sistema. Sí; el sistema ha demostrado con datos y cifras que es venenoso y que terminará por extinguirnos. Nada del sistema actual sirve: ni los partidos políticos, ni las escalas de valores imperantes, ni la individualidad que propicia acumular bienes sobre nuestros prójimos y contra el medio, ni siquiera la pérfida Revolución Industrial que nos sumergió en este marasmo de egoísmo. Si queremos sobrevivir, si queremos que lo hagan nuestros hijos y nuestros nietos, no podemos permanecer impasibles ni un segundo más, debemos comenzar a cambiar el modo de pensar y a renunciar a ciertos excesos: al turismo, a la irresponsabilidad, a la falta de control sobre la población, a la iluminación excesiva, al consumo abusivo, a la explotación intensiva, a la genética, al derroche y a dilapidar los bienes naturales que no son nuestros, sino un depósito de las generaciones que debieran sucedernos.

Cada día nos desayunamos con una nueva alarma: el futuro ya está aquí. Eso que muchos necios negaban, esa extinción masiva que los científicos a sueldo de los poderes económicos redargüían enfáticamente, nos está alcanzando de pleno. Por nuestro petulante bienestar, hemos prolongado arteramente nuestra vida robándosela a nuestros descendientes, a nuestros propios hijos. Ya no bastan las palabras, no tienen relevancia los pareceres ni cuentan las opiniones. Cada día los naturalistas, los climatólogos, los biólogos y los técnicos en Medio Ambiente, nos acortan el plazo que nos resta para llegar a ser parte de esa extinción masiva. De cien años de horizonte para que nos alcanzara la catástrofe, hemos pasado a un par de décadas, y seguro que mañana o pasado nos lo acortarán a cinco o diez años.

Los poderosos, esas familias de las que hablaba antes, harán lo necesario para salvarse, porque nunca se han considerado miembros de la especie, sino acaso una suerte de dioses. Las pandemias se suceden, nuevas y terribles enfermedades van apareciendo con una cadencia sospechosa, no siendo del todo extraño que quizás sean ensayos que buscan una solución global para esos dioses.

La vida nos puso en un Paraíso; pero en el Paraíso había una serpiente, y ésta nos ofreció comer del Árbol de la Ciencia para hacernos como dioses. Elegimos ser como dioses, y como dioses hemos creado nuestra destrucción. En nuestro mundo, en el Paraíso, desde los orígenes había una serpiente, y la serpiente está asfixiando el Paraíso.

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