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Greenpeace, donde dije Diego, digo digo

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 2 de septiembre de 2009, 06:13 h (CET)
Ya en otras ocasiones he hecho referencia a esta excesiva preocupación que las izquierdas y, en especial de la izquierda socialista, vienen demostrando por el comportamiento de los ciudadanos, por su forma de cuidarse, por sus costumbres y, si me apuran, por sus propios vicios. Hace tiempo que vengo sosteniendo que esta desorbitada campaña llevada a cabo por organizaciones que se autodenominan ecologistas; por esta desmesurada preocupación por el cambio climático cuando la tierra, desde su misma formación, ha venido experimentado cíclicamente cambios climáticos extremos, pasando de las épocas de calor más intenso, donde los océanos cubrían prácticamente toda la tierra, a otras etapas glaciares en las que la vida se hacía imposible en todo el planeta. Ahora nos quieren inculcar que todo lo que ocurre en el clima de nuestro mundo es culpa de la raza humana y que, de seguir así, en pocas decenas de años habremos convertido a la Tierra en un planeta inhabitable.

Sin negar que, evidentemente, todos los gases que se vierten en la atmósfera no contribuyen a mejorar el ambiente en el que nos desenvolvemos, en especial los urbanitas de las grandes ciudades, es evidente que, por parte de ciertas fuerzas políticas; de algunas instituciones dominadas por gentes interesadas en combatir las grandes industrias y el capitalismo; de naciones con intereses en determinados combustibles alternativos y energías sustitutivas del petróleo y de la propia energía atómica; existe un verdadero empeño en desterrar del planeta, de forma radical por añadidura, todos aquellos tipos de combustibles fósiles o artificiales, que provoquen la “contaminación” de la atmósfera. Lo que estos señores no nos acaban de aclarar es lo que le ocurriría a nuestra generación si, de pronto, tuviéramos que prescindir del petróleo y la energía atómica, cuando las energías alternativas ( eólica, solar, marítima, o producto de la transformación de cereales o afines), todavía en fase experimental y con insuficiente experimentación de sus resultados, sus costes y su posibilidad de sostenibilidad, todavía no sabemos cuando, cómo y en qué medida podrán sustituir plenamente a los actuales combustibles cuando, como se viene demostrando, su puesta en práctica es posible que pasen mucho años y con costes de muchos miles de millones de dólares en inversiones y transformaciones de los actuales sistemas de producción; antes de que aquellos puedan sustituir, con garantías suficientes, a éstos.

Pero es que, ante declaraciones como las emitidas por determinadas comisiones radicadas en la ONU; frente a anuncios apocalípticos como los emitidos por el señor Al Gores, político americano, fracasado en sus ambiciones presidenciales, pero multimillonario, con empresas de cobre contaminantes y que ha sabido redondear su fortuna a base de cobrar cantidades astronómicas por sus videos y conferencias o las severas admoniciones de grupos ecológicos como Greenpeace y otros semejantes; nos encontramos con estudios realizados por científicos serios, moderados y que tienen sus pies firmemente asentados sobre la tierra, que no comparten o, al menos, les quitan hierro, a tan extremos augurios. Y a ello, sin duda, puede contribuir que, el Nacional Snow and Ice Data Center ha tenido que reconocer que, debido a un error en el funcionamiento de unos sensores en sus satélites, se ha venido subestimando el tamaño de hielo marítimo en el Ártico en unas 50.000 hectáreas o sea, un área del tamaño de España. Por su parte, los investigadores de la Universidad de Wisconsin, Kyle Swanson y Anastasio Tsonis han concluido que, el calentamiento global, podría entrar en una fase de remisión que podría durar varias décadas. Al respeto Jeff Jacoby, del Boston Globe afirmababa: “Cuando el otro día, Al Gores, insistió en que no puede haber debate acerca del calentamiento global, no desplegaba la autoridad de un hombre de ciencia, sino el dogmatismo cerril de un zelote”

No puede, en esta historia, faltar la narración divertida de tres científicos británicos, Hadow, Daniels y Hartley, que se habían desplazado al Polo Norte para estudiar el calentamiento global y, contra lo previsto, el frío los colocó en serios problemas, hasta el punto de no poder recibir alimentos por vía aérea, porque al aeroplano que los transportaba no podía volar ni aterrizar en tales condiciones. Pen Hadow, el líder del equipo, tuvo que reconocer que “su equipo se encontraba en manos de los dioses del tiempo”, una frase, sin duda, muy poética pero muy poco científica. Incluso los adalides de la defensa de la naturaleza, los del mismo Greenpeace, han tenido que reconocer, en una entrevista que les hizo el periodista de la BBC, Stephen Sakur, que mintieron cuando afirmaron que el hielo en el Ártico se habría derretido en el año 2030. El director de Greenpeace, Berd Leopold, tuvo que admitir que había planteado los temas desde un punto de vista “emocional” algo de lo que, por lo visto “no se avergüenzan”, justificándolo porque, según él, era preciso “alterar la forma de pensar de la opinión pública” ¡Muy bien, señores, defensor soy del libre pensamiento y muera todo aquel que no piense cual yo pienso! Un engaño para justificar una tesis equivocada o, por lo menos, no demostrada científicamente. Así se escribe la historia científica.

Pero es que, por si faltara sal al guiso, la propia Greenpeace, ahora ha criticado el apoyo del Gobierno a la creación de una red de tuberías para trasladar el dióxido de carbono (CO2) desde cualquier punto del planeta hasta otro para su almacenamiento. Según el grupo ecologista este proyecto es sólo un “salvavidas” para las industrias de combustibles fósiles. Entonces, señores, ¿de qué se trata, de eliminar el CO2 de la atmósfera o de conseguir que quiebren las actuales industrias que utilizan tales combustibles? Este es sin duda el dilema, que aquí la izquierda está utilizando el miedo que pueden inculcar a los ciudadanos crédulos, fácilmente impresionables, ante posibles cataclismos, para conseguir sus fines que es posible que nada tengan que ver con la defensa del clima ni de la naturaleza y, acaso, escondan pretensiones y objetivos menos confesables como, por ejemplo, cargarse todo el bienestar y los logros conseguidos por las naciones que están a la cabeza del progreso y el desarrollo científico, en lugar de procurar que estos adelantos se extiendan a aquellos otros países en los que, por causa de sus dictadores, de los intereses espurios de tipo económico de las grandes multinacionales o de tácticas políticas están condenadas a ser los parias de la humanidad. ¡Un poco de seriedad, señores, que se está jugando con el bienestar de la humanidad y esto no es una broma de niños ni un juego de políticos!

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