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El matrimonio y la cultura

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 2 de septiembre de 2009, 06:01 h (CET)
El Arzobispo de Nueva York ha hablado de los desafíos que la Iglesia Católica enfrenta en su país y señala, en primer lugar, que existe una crisis en la vocación a un matrimonio que sea para toda la vida, que implique el darse por completo, con amor y fidelidad y que ésta es la verdadera crisis vocacional con la que se enfrenta la Iglesia. Indica que la mitad de los jóvenes no llegan a contraer matrimonio. Al leerlo pensé que también aquí hemos llegado a la aceptación social de la cohabitación de las parejas sin casarse en forma civil ni religiosa. Si hace algún tiempo esto significaba algún rechazo hoy se admite sin más, como se admite que la vida en pareja tiene una duración limitada y cada cual puede romper una relación para iniciar otra.

Meditando sobre todo esto, encuentro que en el V Congreso Mundial de Familias celebrado en Ámsterdam hace algunas fechas, un estudioso de la familia, Patrick Fagan, ha dicho que hay dos culturas de la moralidad sexual y que ambas tienen un efecto profundo en la política pública. Llamó a una cultura monógama y a la otra cultura polimorfa. Fagan explicó a sus oyentes que la cultura de la familia tradicional se encuentra en intensa competencia con otra cultura muy diferente, señalando que la diferencia entre las dos es el ideal sexual abrazado por cada una: la monogamia o la polimorfa poligamia en serie, a la que llama “poliamor.”

Explica este estudioso que la cultura monógama ha sido la base del estado constitucional mientras que la expansión del Estado del bienestar es cada vez más el producto de la cultura del “poliamor”. Si el Estado constitucional se basaba en un sentido de lo sagrado y daba a la religión un lugar público, el Estado de bienestar social se encuentra más cómodo con el ateísmo o al menos con la supresión de la religión del ámbito público.

Si la cultura monógama respeta la vida en todas sus etapas, en la cultura “poliamor” todo se sacrifica al disfrute de una sexualidad desenfrenada, donde los niños y los viejos sobran, aumentan los abortos hasta impedir el reemplazo generacional y los discapacitados y los ancianos deben ser eliminados. La cultura “poliamor” se va extendiendo por la acción y el control de los Estados a través de la educación de los niños, la educación sexual y la llamada salud de los adolescentes, que inexorablemente va arrebatando a los hijos de sus padres, para educarlos en otros valores.

Está claro que el Arzobispo de Nueva York representa la voz de la Iglesia Católica defensora de la cultura monógama, de la familia como célula básica de la sociedad, en la que los padres, y no el Estado, son los primeros educadores de sus hijos. Pero el problema a mi entender más grave es que cada vez hay más personas atrapadas en la cultura “poliamor” por lo que dimiten de su papel de educadores dejando la iniciativa y el control al Estado que va convirtiéndose rápidamente de constitucional en totalitario.

El decidido propósito de ampliar la ley del aborto, manipulando el lenguaje como reconocimiento del derecho de la mujer a la salud sexual y reproductiva, el proyecto andaluz sobre la dignidad de la muerte (eutanasia encubierta), la anunciada ley sobre libertad religiosa cuyo objetivo es impedir sus manifestaciones públicas, el descarado ataque a la objeción de conciencia equiparándola a desobediencia civil juntamente con la famosa asignatura de educación para la ciudadanía, el divorcio exprés o el matrimonio homosexual, son claros ejemplos de que la nueva cultura del “poliamor” se abre paso y nos va avasallando

La crisis económica quizás pueda remontarse en unos años, pero la crisis moral en la que estamos envueltos necesitará mucho más tiempo, esfuerzos y la ayuda de Dios para salir de ella. Los cristianos llevamos perdido demasiado tiempo. Hay que ponerse en marcha con valentía y decisión y convocar a ese alto porcentaje de españoles que se declara católico en las encuestas a definir su postura. Es algo más profundo que cambiar de gobierno lo que necesitamos para que esta nueva cultura de sexo y muerte no triunfe e imponga de forma totalitaria sus designios de ingeniería social.

La última Encíclica del Papa nos urge a vivir el Amor en la Verdad, fascinante tarea a la que nadie que se confiese cristiano puede sustraerse. Lamentarse y no hacer nada es lo único necesario para que el mal triunfe sobre nosotros y nuestros hijos.

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