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Fernando Lugo, el Narco Obispo

Luís Agüero Wagner
Redacción
martes, 1 de septiembre de 2009, 05:38 h (CET)
El escritor estadounidense Robert Penn Warren pone en boca de su personaje Willie Stark, en su celebrada novela All The King`s Men, que todo hombre es concebido en el pecado y nacido de la corrupción, y la vida es apenas un paréntesis entre la fetidez de los pañales y el hedor del sudario.

Con ese argumento, buscaba convencer a uno de sus acólitos que escarbando a fondo, inexorablemente encontraría algún antecedente deshonroso en el aparentemente impecable juez Irving, su antagonista.

El obispo Fernando Lugo ya había demostrado cuánta verdad había en el metaforismo de Warren con sus escándalos previos, pero con los últimos acontecimientos las mentiras de sus seguidores se dieron definitivamente de bruces contra la pared.

Los muros céntricos de la capital paraguaya amanecieron hoy cubiertos de afiches con la leyenda “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”, en evidente alusión a los últimos episodios que envolvieron a la cúpula policial de Fernando Lugo, cuyo máximo jefe debió renunciar luego de evidenciarse como una de las cabezas visibles de la hidra del hampa.

La policía paraguaya, hoy más que ayer, queda nuevamente envuelta en “confusos” episodios de delincuencia y narcotráfico, y aunque la historia no es nueva, producen perplejidad al tratarse de un gobierno cuya propaganda prometía sanear el país.

Las historias de narco-policías en las más altas esferas del poder son abundantes por estas latitudes, donde el organismo que dirige la lucha contra las drogas –la SENAD- fue creado por el gobierno del mayor narcotraficante de la historia del país, el general Andrés Rodríguez, y donde un narco acusado públicamente por la DEA –Carlos Barreto Sarubbi- fue gobernador y coordinador de la lucha contra la piratería y el contrabando.

El caso del comisario Aristides Cabral, jefe de Narcóticos durante el gobierno de Luis Gonzalez Macchi, es paradigmático en la historia reciente. El mismo intervino en una ocasión, junto al ex fiscal antidroga Carlos Cálcena, un establecimiento del narco brasileño Beira Mar, donde se incautaron 1,5 millones de dólares y se detuvo al narco Amato Filho. Cabral y Cálcena se apropiaron del dinero sin informar a sus superiores y, sobre todo, sin compartir el botín, lo cual enfureció a los agentes norteamericanos de la DEA. Por el hecho, Cálcena fue destituido y condenado a seis años de prisión, en tanto Cabral fue perseguido por la embajada norteamericana y su ascenso fue varias veces vetado debido a las presiones del embajador norteamericano John F. Keen.

La embajada de Estados Unidos acusaba a Cabral de narcotráfico, pero su verdadero pecado a los ojos del Tío Sam era haber delatado al informante de la DEA, Juan Domingo Viveros Cartes, ante emisarios de la Policía Federal del Brasil, echando a perder sus entregas vigiladas. Por otro lado Cabral, estando en servicio activo, prestaba sus servicios al empresario Horacio Cartes(1), involucrado en narcotráfico y lavado según información confidencial de la SENAD.

De todas maneras, Cabral tenía cubiertas sus espaldas, pues –según el periodista Idilio Méndez Grimaldi- había destinado gran parte de sus recaudaciones con el narcotráfico a financiar la campaña política del ex presidente Nicanor Duarte Frutos.

Durante esa misma campaña, el aspirante a parlamentario Wildo Legal se había visto envuelto en un episodio de narcotráfico, al ser incautada una de sus camionetas con un voluminoso cargamento, debidamente camuflado con los afiches proselitistas del candidato.

Como presume con toda razón el lector, el candidato resultó electo a pesar del incidente, que al parecer sólo aumentó su popularidad.

No hace falta ser muy suspicaz para entrever un paralelismo entre el caso de Cabral y el del narco-policía Viviano Machado, protegido de Fernando Lugo y de su ministro del interior Rafael Filizzola.

Tiempo atrás varios políticos, organismos y referentes de los Derechos Humanos habían adveritdo sobre el oscuro pasado del comisario. A pesar de ello, Fernando Lugo y su entorno siguieron apañando y respaldando a Machado, hasta que se reveló como metido hasta el cuello en el narcotráfico.

Las vinculaciones de la familia de Fernando Lugo con personajes conocidos en el mundillo local de las drogas y el narcotráfico, como el caso de su sobrina Mirta Maidana, pareja de Vicente Castiñeira(2), ahondan las sospechas. Más aún si consideramos que en uno de los medios que maneja la familia Castiñeira, fue censurada toda información que podía contrariar la campaña del hoy clérigo-presidente, algo que me consta.

Apellidos ilustres en la historia del narcotráfico, personeros atornillados del cartel de poder que se enseñorea hace dos décadas sobre la democracia alucinada del Paraguay, doncellas de alas blancas y radiantes, vuelven así a revolotear el poder en el Paraguay bajo el “gobierno del cambio”.

Poco importa que éste sea hoy dirigido por el ex obispo de una diócesis -San Pedro-tanta veces nombrada como “la más pobre del país”, nuestro inefable héroe Fernando Lugo.

Los reportes periodísticos ignoraron todo el tiempo, pudorosamente, que la comarca también cuenta con abundante feligresía abocada al negocio de la drogas, en la zona con más alta concentración de narcos, plantaciones ilegales y producción de estupefacientes del Paraguay.

____________________

(1) En una sola cuenta de un testaferro suyo en Foz de Yguazú, Brasil, fue descubierta la suma de 450 millones de dólares.

(2) Vicente Castiñeira, proceso por tráfico de drogas y ex convicto del mismo delito en Colombia, es hermano de Zuny Castiñeira, quien fue “pareja” y socia en varios entuertos de Carlos Barreto Sarubbi, narco fichado por la DEA y gobernador del Alto Paraná durante el gobierno de Wasmosy. También estuvo casada y asociada con Adilson Rosatti, narco destacado de Pedro Juan Caballero, pero sus movedizas relaciones entre los círculos que manejan el poder la han convertido en inamovible personaje de la farándula paraguaya.

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