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La importancia de ser honesto

Óscar Herrera
Redacción
domingo, 30 de agosto de 2009, 22:58 h (CET)
STUTTGART -Una de las comedias teatrales que nunca me cansaré de leer y contemplar es The Importance of Being Earnest del escritor irlandés-británico Óscar Wilde, cuya traducción literaria al castellano es La de importancia de llamarse Ernesto. Pieza que data del año 1895 y en la que Wilde satirizó con las palabras “Ernesto y honesto”, de diferente significado, pero que suenan casi de la misma forma, los valores sociales de la época victoriana que lo acosaban y empotrarían luego en una cárcel por actos homosexuales. Obra a la que le encuentro como moraleja: la importancia de ser honesto, ya que al final de la misma las falacias de los dos principales personajes quedan expuestas para el desconcierto y el posterior indulto de todos los involucrados.

La importancia de ser honesto es un detalle solemne, un valor primordial, un mérito inequívoco que se ha violentado y denigrando a través del tiempo dentro de todas las esferas sociales que han abrazado a la raza humana, y claramente olvidado hoy en Latinoamérica por altos líderes, caudillos y comandantes totalitarios, que acuñados bajo una sola insignia de camisas color sangre, guillotinan y arrebatan a la democracia poco a poco cada uno de sus derechos fundamentales; acometiendo primordialmente contra las desiguales opiniones, que encierran los anhelos y miedos de la humanidad, cuál desliz es la fomentación de conciencias emancipadas, futuras correctoras de las demasías y miserias de éstos déspotas que castigan con su sed de poder el libre pensar de otros.

Pero cuántos irresponsables amigos del populismo que aplauden y cobijan a éstos absolutistas en sus diarias editoriales, pulpitos, programas radiales o televisivos, se encuentran exorcizados de falsos dioses y hondos demonios para cumplir con el canon de ser honestos, primero con ellos mismos, y luego con la sociedad, a la que deberían corresponder con amor y respeto; no introduciéndola en un callejón lúgubre, en el que tarde o temprano para mal de todos, hermano termina disparando contra hermano.

Cuántos hombres y mujeres se pasean por la vida creyendo que la misma es un baile de disfraces interminable; sin atreverse a mostrar el ser real que se oculta detrás de la mascara que llevan encarnada, tal vez, porque han visto lo que ésta esconde, tal vez, porque es el juego que pretenden extender hasta la tumba. Tal ha sido la tragicomedia humana por los siglos de los siglos.

Pequeño tenía la certidumbre de que todos los adultos eran adultos. Hoy, que esos implacables pliegues en los vértices de mis ojos se comienzas a reproducir como la peste, sé que no todos los adultos son adultos, unos lo son en apariencia y pensamiento, amen por éstos guerreros; otros solo en apariencia, y esa fue una de las crueles verdades de la vida que descubrí en exiguos encuentros en los que para algunos los años solo fueron segundos, seguidos a lo mucho de un cambio de mascara.

Recuerdo las sapientes palabras que el Dr. José Ángel Arias constantemente nos repetía en la universidad:
“muchachos no caigan en el descaro del gato, que después de defecar hace un hueco, entierra su gracia y si la vio, ni se acordó”. Desafortunadamente algunos hombres, no todos, una vez que sus faltas han quedado reveladas, lo único que saben hacer es negarlas con caras de mártires, incapaces de articular las dos palabras que pocos tienen el coraje de espetar, esas Mea culpa, que no se escuchan muy a menudo.

El señorío de los hombres no se mide solo por hojas de vida intachables, sino que también en la aceptación, el reparo y el perdón de los errores cometidos. Todos por igual hemos cometido nuestras faltas, pero cuántos hemos tenido el valor de reconocerlas y más importante, de ser honestos. Dejando por claro señoras y señores, que estas palabras no las escribe un moralista, sino que el más inmoral de todos.

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Óscar Herrera es escritor.

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