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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Hasta que la muerte nos iguale

Kathleen Parker
Kathleen Parker
domingo, 30 de agosto de 2009, 22:46 h (CET)
Las reacciones a la muerte del Senador Ted Kennedy sugieren que realmente sí hay dos Américas.

Una ve en Kennedy un león izquierdista que luchó por el bien general, la otra ve un pecador agasajado por los moralmente ciegos.

¿Cómo puede ser visto un hombre de maneras tan diferentes? ¿Es que no hay una verdad objetiva, o es toda la verdad filtrada a través de nuestra propia proyección de la realidad? Tal es, quizás, el dilema en un mundo secularizado carente de puntos de referencia comunes. Usted tiene el suyo, yo el mío.

Antes incluso de que el cortejo funerario de Kennedy se hubiera detenido delante de la Biblioteca JFK el jueves, los conservadores estaban ocupados difundiendo un viejo perfil de GQ redactado por Michael Kelly, el columnista y apreciado editor del Atlantic que murió en Irak. Kelly pintaba un retrato complejo de un hombre imperfecto, pero lo que más se destacaba eran las conductas menos atractivas de Kennedy, sobre todo hacia las mujeres.

Mientras la izquierda recuerda a Kennedy por su lucha por el hombre de a pie, la derecha le recuerda como responsable de la muerte de Mary Jo Kopechne hace 40 años. Nada en las décadas de Kennedy en la administración pública podría borrar la sombra de esa madrugada en la que Kennedy despeñó su coche desde un puente en Chappaquiddick y abandonó el lugar dejando que su pasajera se ahogara.

Así pues, el tono de la derecha de la blogosfera recuerda mucho al del Antiguo Testamento, expresando muchos su alegría ante la idea de que el juicio final del Senador no será benevolente. En los demás sectores, los incondicionales Kennedy se han aprovechado del oportuno momento de su mutis. MoveOn.org instaba a los reformistas de la sanidad a "renovar nuestro compromiso de lograr lo que más le importaba" a Kennedy. Robert C. Byrd, el Senador Demócrata de Virginia Occidental más veterano, ha solicitado la aprobación de la reforma en honor a Kennedy "como homenaje a su compromiso con sus ideales."

Aparentemente el momento de nacer y de morir lo es todo. De hecho, si Pat Robertson y los demás iconos religiosos de la derecha fueran de izquierdas en su lugar, podrían verse tentados de afirmar que Dios (BEG ITAL)quiere(END ITAL) la reforma de la sanidad.

Justo cuando las refriegas nada veraniegas de este agosto pasaban de la categoría de peleas de verduleras a las manos, alguien cambió de canal. No hay como la güadaña de la muerte para bajar el tono y calmar a las masas. La histeria se transforma rápidamente en reflexiones sobre la mortalidad, y la perspectiva se restablece. ¿Podemos deducir ya que Dios es un izquierdista partidario de la sanidad universal?

La respuesta depende de si uno es de los que interpretan las tragedias, las muertes y los desastres como intervención divina - o si es de los del Dios compasivo o juicioso. Y, por supuesto, depende de la propia orientación política. Dios, habrá escuchado, es un conservador, a pesar de que su hijo mostró algunas tendencias decididamente progres.

Por razones que se explicarán en el más allá, los conservadores son más propensos a ver la mano de Dios tanto en asuntos mundanos como sublimes. Si uno no pertenece a ese ramo, ¿es posible creer que la muerte de Kennedy fue programada para empujar a Estados Unidos a hacer lo correcto y aprobar una reforma sanitaria? Teorías conspiracionistas se han inventado con mucho menos, y la fe en los milagros se opone a la creencia en la casualidad. ¿O es que Dios sólo interviene en defensa de los intereses conservadores?

Alguien tipo Pat Robertson, que (en esta fantasía) considera la sanidad universal un acto de deber cristiano, posiblemente podría interpretar la caída del telón sobre la dinastía Kennedy como una intervención de inspiración divina, aunque triste para la familia. La muerte de Kennedy no solo podría verse como toque de atención sobre una idea providencial, sino que a un nivel más práctico, los medios de comunicación se olvidan de todo eso de las asambleas con tal de no perderse el episodio final de la dinastía de los Estados Unidos.

Siempre existe la posibilidad de que los conservadores tengan razón y que Dios estuviera eliminando al único icono cuya presencia aporta energía a una legislación que aumentaría en gran medida el poder del gobierno en el sector privado. O - y esto es lo que tiene mi voto - Dios está demasiado ocupado construyendo un humano mejor en una galaxia más cuerda para ocuparse de nosotros. No se le puede culpar.

Uno no puede dejar de preguntarse, sin embargo, cómo habrían tratado a Kennedy esos mismos oficiantes del Antiguo Testamento si, como recompensa a sus pecados, se hubiera embarcado en una cruzada contra el aborto y el matrimonio homosexual en lugar de la sanidad. Mi modesta opinión es que habrían encontrado la forma de perdonarle e insistido en que el peor momento de un hombre no es lo que define su vida.

La vida de Kennedy fue en la práctica un surtido de buenas obras y, a veces, un comportamiento deplorable. Una persona caritativa esperaría que encontrara la paz al final de su vida. Una persona observadora puede señalar, sin placer, que la política está en todo, hasta en la muerte.

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