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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Política liberal

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
domingo, 30 de agosto de 2009, 06:11 h (CET)
El problema que reviste la floreciente deuda pública es sobre todo político, pero los efectos adversos pueden ser económicos. El problema es que no sabemos cuáles pueden ser esos efectos, cuándo van a materializarse, e incluso si van a materializarse o no. Sin ninguna catástrofe inminente, los políticos de ambos partidos se abstienen de hacer algo impopular que pudiera equilibrar los presupuestos, digamos, en los próximos seis o siete años. La idea de anticipar y adelantarse a futuros problemas no la contemplan.

Aunque el reciente incremento acusado de los déficits presupuestarios - la diferencia anual entre lo gasta el estado y lo que recauda, redundando en una deuda federal mayor - plasma la grave recesión, la verdadera causa es política. Los déficits posibilitan que progresistas y conservadores conserven cargos que les interesan en la administración. Los progresistas afirman que podemos tener más gobierno (más sanidad, educación, transporte público), sin subir a nadie los impuestos exceptuando a "las rentas más altas". Los conservadores prometen que los impuestos se pueden bajar sin privar a nadie (jubilados, veteranos, ciudades y estados) de los servicios públicos existentes.

Ninguna de estas afirmaciones es remotamente veraz bajo el supuesto de que, a largo plazo, las prestaciones y programas del gobierno deben ser sufragados con los impuestos. La verdad es que el gobierno, de nuevo bajo ambos partidos, ha prometido muchas más prestaciones de las que se pueden sufragar mediante los impuestos existentes. Sólo el endeudamiento es capaz de reconciliar con la realidad económica fundamental las expresiones retóricas. Se ha registrado déficit en 43 de los últimos 48 ejercicios.

Hasta hace poco, las deudas, aunque normalmente no deseables, no eran alarmantes. Sin embargo, la recesión y el envejecimiento de la población indican que hemos superado el umbral en el que el nivel de endeudamiento actual y potencial es tan enorme que nadie puede prever las consecuencias. La mejor medida de la carga deudora es su relación con la renta anual bruta de la nación, o producto interior bruto. El mismo criterio aplicado a una familia con una deduda de 25.000 dólares y una renta de 50.000 dólares arrojaría un cociente de endeudamiento del 50 por ciento.

En 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, el cociente de deuda pública federal frente a PIB era del 108,6 por ciento. Desde entonces, la economía (nuestros ingresos brutos) en general ha crecido más rápido que el endeudamiento. En 1974, la relación deuda-PIB alcanzó un mínimo post-Segunda Guerra Mundial del 23,9 por ciento, e incluso en el 2007 fue de sólo el 36,9 por ciento. Era salvable.

Por el contrario, los colosales préstamos potenciales de hoy ridiculizan el previsible crecimiento económico. Las últimas proyecciones de la administración Obama, dadas a conocer la semana pasada, arrojan casi 11 billones de dólares de deduda de 2009 a 2019. En 2019, la relación deuda-PIB será del 76.5 por ciento. Esto podría pecar de optimista, porque presupone una moderación del gasto y la subida de los impuestos. Una proyección de la Concord Coalition, un colectivo de supervisión pública, añade cerca de 5 billones de dólares en préstamos adquiridos durante ese período. En 2019, el cociente deuda-PIB podría rondar el 100 por ciento.

Debido a que tal nivel de endeudamiento no tiene precedentes en tiempos de paz, podría ir mal. Es fácil imaginar problemas. Algunos podrían convertirse en una crisis en toda regla. Puede que sea imposible refinanciar el vencimiento de la deuda federal (plazo medio de vencimiento: 51 meses), excepto aceptando intereses mucho más elevados. La Reserva Federal podría verse presionada para salir de números rojos por la vía inflacionista adquiriendo cantidades industriales de deuda pública; la elevada inflación sería ruinosa, como lo fue en la década de los 70. El mero temor al déficit descontrolado podría provocar una huída en masa del dólar como referencia en los mercados de divisas, bonos y las bolsas.

Pero ninguna de estas catástrofes se ha presentado aún. Muy al contrario. Los bajos tipos de interés en la deuda pública a 10 años, alrededor del 3,5 por ciento, sugieren que los inversores abundan. A pesar de que los enormes déficits constituyen riesgos a largo plazo, reducirlos drásticamente ahora puede poner en peligro la recuperación económica. Cualquier acción - recortes del gasto o subida de los impuestos - habría de ser eventual. Enfrentándose a contadas presiones que insisten en hacer frente al déficit, los políticos no lo hacen.

Lo que une a Demócratas y Republicanos es la falta de voluntad a la hora de tener un intercambio riguroso acerca del tamaño que debe tener el gobierno.El gasto es la cuestión crucial, porque determina los impuestos y el déficit. Si se vuelve demasiado grande, la depresión económica resultante puede dificultar al gobierno la extinción de la deuda. Idealmente, los progresistas entenderían que el gasto ha de ser reducido sustancialmente; si no lo es, las subidas fiscales o el déficit de mañána serán monstruosos. Idealmente, los conservadores aceptarían que los impuestos deben terminar subiendo; ningún recorte del gasto plausible puede cerrar la brecha entre las promesas del gobierno y su base imponible.

No hay señales de ello. Progresistas y conservadores convienen para evadir el tema. El gasto en la tercera edad domina el presupuesto federal, pero nadie debate cuáles de entre los jubilados merecen subsidios públicos y a qué edades. Los progresistas elevan el gasto (alias propuesta sanitaria del Presidente Obama) antes incluso de abordar el déficit existente. El presidente Bush y los Republicanos del Congreso podrían haber limitado el gasto. Pero lo elevaron a la vez incluso que bajaban los impuestos, y Obama conservará la mayoría de los recortes fiscales menos los destinados a las rentas superiores a 250.000 dólares.

Los déficits sin repercusiones han sido cómplices de todas estas evasivas e incoherencias. A medida que recorrían el camino de menor resistencia, alentaban la permisividad. Pero con un déficit aplastante, esta vía fácil puede desvanecerse muy pronto. Puede que aprendamos cuánta deuda es demasiada por la vía empírica.

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