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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No hay peor sordo que el que no quiere oír

Jesús Domingo Martínez
Redacción
sábado, 29 de agosto de 2009, 16:49 h (CET)
De acuerdo con el resultado del encuentro, mantenido por la ministra Aído con grupos Provida, se puede explicar la decisión del Gobierno de mantener su proyecto abortista con dos ideas muy claras:

1.- No está dispuesto a admitir en su debate interno sobre el aborto –si es que lo hay- los razonamientos que considera de inspiración “religiosa”, aunque coincidan con los argumentos científicos.

2.- Considerar el “derecho” de la mujer a decidir –el aborto- por encima del derecho a la vida del no nacido.

Estos argumentos, en realidad, cierran cualquier debate social porque el Gobierno tiene ya tomada su decisión y no está dispuesto a dar marcha atrás, como ya indicaba el Vicesecretario del PSOE. Por lo tanto, los encuentros que decidió mantener la señora Aído con los defensores de la vida, incluidos los científicos firmantes del “Manifiesto de Madrid”, no eran más que una mera simulación “democrática” destinada a ocultar mejor una decisión ya tomada.

No obstante, ante la dimensión del clamor popular en contra de la reforma ya en marcha, no sería extraño que el Gobierno adoptase alguna decisión efectista como, por ejemplo, poner más énfasis a los apoyos a la maternidad e, incluso, modificar el tope de edad de 16 años para poder abortar, prolongándolo a los 18 años o bien imponer el consentimiento de los padres.

En todo caso, no parece que el Gobierno y su partido estén dispuestos a introducir entre sus elementos para discernir el contenido final de la reforma, presentada ya en el Congreso de los Diputados para su debate, ningún elemento de juicio que considere de origen moral o simplemente contrario a la ideología feminista, o sea, el derecho de la mujer a decidir sobre “su cuerpo”, sin entrar en consideraciones de que un aborto entraña una sentencia a muerte para una vida distinta a la propia. Analizando la cuestión me viene a la cabeza uno de entre los múltiples refranes que me enseñó mi abuelo, es el siguiente: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”.

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