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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Esperpento

Fabricio de Potestad
Redacción
sábado, 29 de agosto de 2009, 16:24 h (CET)
Acostumbro a guiarme por los síntomas, por los indicios minutísimos, más que por los grandes titulares, aunque de hecho suelen ser suficientes para ponerle a uno la piel gallina. Me oriento por rumores y runrunes, por lo que se lee entre líneas y por las ambigüedades y silencios meticulosamente calculados, que, casi siempre, propalan malos auspicios. Y así, veladamente, entre bambalinas, intuyes que la nueva aristocracia del PP también tiene su estilo, su personalidad y esa magia con la que otrora Aznar, Acebes y Zaplana pretendían vertebrar el país de forma uniforme e inequívoca. Vamos, que Rajoy, Cospedal y Camps no se quedan atrás en conspiraciones y otros enredos. Lo cierto es que dan una sugestiva dimensión apocalíptica a todo cuanto emprenden, denuncian y critican. Y eso es eterno. Hoy día, la política exige determinación, ímpetu y celeridad. Ese mero y apático devenir que supone cumplir con previsibles y tediosas intervenciones parlamentarias o con rutinarias declaraciones periodísticas no proporcionan votos. Y es que ya no están los tiempos para hacer el gilipolllas.

Y así, la derecha por excelencia, el PP, se ha ido calentando en fórmulas cada vez más cercanas a su genuina esencia conservadora y autoritaria. La derecha, que nació democráticamente un poco más templada, se ha ido exaltando en mercadeos de poder y en incendiarias conspiraciones que, además de suscitar una entusiasta apoteosis entre sus votantes, representa una excelente operación de maquillaje para paliar ese lío del caso Gürtel y los fondos de armario. La supuesta trama de corrupción es tan sólo la anécdota, un simple decimal humano dentro del partido, el afiliado descarriado que pasó de pagar las cuotas a obtener regalos y quedarse con ellos. Vamos, poco más que un incordio mediático. La suspensión cautelar de militantes supuestamente descarriados no está de moda. Hoy día, se llevan más las acusaciones, descalificaciones e infamias contra el gobierno, los jueces, los fiscales, la policía y la prensa, contra todos esos profesionales de la otoñada, independientes, honestos y con cierta prosapia ética, aunque para el PP no son sino gente propensa a los abusos inquisitoriales.

Y es que a la derecha le gustan los políticos encorbatados, los políticos Forever Young, guapos de suyo, esos que despuntaron en el bachillerato por sus buenas notas y que se aprendieron el catecismo de memoria, más por pedagogía que por convicción. Esos mismos que otrora pasaban el cepillo por la Iglesia y ahora lo pasan por complicados entramados viciados. Lo cierto es que la derecha sarcástica, extrema, frívola y formada para fanática; la derecha, digo, la que abanderó Aznar, se nos ha quedado diminuta, pues la que representa Cospedal, mucho más esperpéntica, va camino de ser antologizada.

En fin, la grave paranoia del PP, víctima de una delirante y desatada inquisición orquestada, creo, por José Tomás −no el torero, sino el sastrecillo valiente− ha puesto una nota de amargura, un argumento negro, un luto ornamental que no va a ser inocuo en sus consecuencias, salvo que el espíritu de la calle, que no renuncia a la democracia, no lo remedie.

Lo cierto es que José Tomás templa con decisión y fuste, templa como El Fundi, lo que puede ayudar a esclarecer todo este galimatías que no hay quién lo entienda. De momento, el PP ha logrado que los supuestos delincuentes parezcan las víctimas, y la policía y los jueces, los villanos.

Lo malo es que los indicios ruedan tediosos y repetitivos, siempre acusadores e inquietantes. Las noticias presagian lo peor. Y los populares que aún parecen populares, nunca hubieran podido imaginar que los fondos de armario, con todo su tonelaje de ropa regalada, pudiesen llegar, sin consecuencias, a la gran mascarada a la que ha llegado. En el refranero castellano hay sentencias que parecen dichas para toda la vida, que están ahí para siempre, con la aureola venidera de aquello que indefectiblemente se va a cumplir. En fin, más vale al paso andar que correr y tropezar.

He vuelto de vacaciones algo confuso, empezando a preguntarme cómo y cuándo los dirigentes populares van a acabar de brujulear por las audiencias de la ambigüedad y el escaqueo, pues ya se sabe que todo chalaneo con el subterfugio que dura demasiado se va desvalorizando, desfigurando, desintegrando, y al final se pudre. Me temo lo peor, pero, en fin, todavía no se ha consumado la torpeza histórica de los dirigentes del PP en la que más brillantemente puede resplandecer la política hecha a espatulazos de amnesia, injurias y mentiras sospechosas. Y lo que es aún peor: en enconado desencuentro con la mayoría de sus militantes, que seguramente no comparten otra cosa que no sea el esclarecimiento de la trama Gürtel caiga quién tenga que caer, pues no me cabe duda de que en el PP también siguen aspirando a ventilar sus pulmones con aire nuevo. Como dice El Gran Wyoming: ¡la que está liando Zapatero!

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