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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Afganistán

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 29 de agosto de 2009, 09:51 h (CET)
Nunca he dejado de repetir que la historia de un país le corresponde construirla única y exclusivamente a los ciudadanos de ese país, y que nadie —absolutamente nadie— tiene derecho a invadirlo, no importa arguyendo qué clase de aparentemente loables causas. EEUU es muy dado a invadir países, porque ellos mismos son un país sin país, pues que se encuentran formados por un rebujo de orígenes y razas, y más bien puede ser considerado un territorio conformado por un barullo de países revueltos. De ahí sus getos, sus mundos y submundos, su racismo, su fundamentalismo religioso de las más variadas iluminaciones y la satelización de sus habitantes, por más que parezca otra cosa. Su historia, a caballo entre la matanza y el genocidio (así indio como japonés o lo que sea), les confieren una condición belicosa y sanguinaria (contra inocentes o desarmados) que, por su propia naturaleza, no han podido dejar de expandir por todo el globo desde que tienen alguna fuerza. Son, probablemente, el peor y más trágico de todos los imperios que han existido, y, en su sinrazón, tiene su lógica que constantemente se estén metiendo en cuanto avispero se les ponga a tiro, nunca mejor dicho. Pero, sin tecnología, no son combatientes muy allá, y así como son muy capaces de hacer harina a quien sea... desde el aire, en cuanto ponen un pie en el suelo, les llenan la cara de dedos y tienen que correr como Carl Lewis cuando era joven. Ahí están para los incrédulos, Vietnam, Somalia, Iraq, etc., y si ganaron en las Guerras Mundiales fue porque llegaron cuando ya los combatientes estaban extenuados.

Es lógico, pues, que a estas gentes tan dadas en meterse en líos les haya dado por entrar a saco en Afganistán, pero ya me dirán qué se le ha perdido ahí a España. En el mejor de los casos, y siendo complaciente, nuestra intervención en esa guerra no es otra cosa que una fervorosa felación de Zapatero (¿y Leire Pajín a dúo?) a su amo Obama, la cual le costará la vida a regular cantidad de soldados profesionales del Ejército Español. Ya veremos que número de muertos nos parece soportable. Ni ONU ni otro creo yo que saben en qué se me han metido, y, sin duda por ser listillos, han considerado que los de la URSS salieron escaldados porque eran tontos. Bueno, pues los rusos con toda su tecnología punta tardaron diez años en salir corriendo con el rabo entre las patas, y en menos tres veremos cómo lo hacen los ONUs y los otros. Una pena, oiga, porque no hay más que ver cómo ha progresado el país desde que están allí los buenos, con todas las mujeres llenas de derechos, con los burkas arrinconados en los armarios, con las utopistas acercando las lujosas ciudades entre sí y con todos los afganos viviendo en ostentosos chalés, entregados al lujo y la molicie.

Hace años tuve dos perros afganos de la raza Afgan Hound, ésos que llaman galgos rusos. Parecen a primera vista perros gays, animales de mucha pose y poca enjundia; pero a estos perros, cuando se cuadran, ni el amo junta coraje para acercarse a ellos. Parecen maricas, sí, pero en Afganistán siempre los usaron para la caza del tigre. Y si así es con los perros, antes de que se cuadren los afganos en dos pies yo que los de la ONU y los otros haría rapidito el petate y volvería a casita, que es justito el lugar de donde no debieron salir. Ya se sabe que a la larga ni los salvapatrias ni los supermanes nunca salieron bien parados.

Para quienes lo desconocen, el afgano no es un pueblo cualquiera. Todos ellos se consideran así mismos de sangre noble, y cualquiera de ellos puede remontar su árbol genealógico a Kais, Afganah y Saul (el rey de la tribu de Benjamín), considerando que su verdadera naturaleza es la del guerrero. No; no la del guerrero de cantina y tiro con mira telescópica propia de los imperiales de la ONU, sino de los de sacrificados pashtu y combate a khattak. Son duros, coléricos, belicosos, independientes y poco dados a dar un paso atrás. No conocen el miedo ni tienen prisa en cazar a su presa, siendo tan pacientes en el tiempo como su propio paisaje, y encontrando en la lucha contra sus enemigos una seña de identidad y un motivo para vivir. No importa cuántos afganos puedan matar las bombas yanquis, de la ONU o las españolas, porque tendrán más hijos y saben que no podrán matarlos a todos. Al desierto no se le puede matar, ni los occidentales pueden estar allí siempre: entretanto, se entretendrán y se harán cada vez más crueles. Es, en fin, una diversión para ellos y una guerra perdida de antemano para los de la ONU y los otros, porque no quieren ser como nosotros —por suerte—, ni siquiera parecerse a nosotros —por suerte—, y las elecciones a la occidental para ellos, ni fu ni fa. Ya verán en las próximas fechas la recolección de dedos que se cosecha.

Más allá de que el verdadero fin de la invasión de Afganistán es el expolio y el saqueo de sus metales y tierras raras —necesarias para nuestros ordenadores y todo eso— y de las piedras preciosas que se encuentran en la montañas del norte, además de encontrar el palacio de Enki, el creador annunakki de la especie humana, los afganos nos harán pagar con sangre la invasión de su país. Un día u otro, pronto, las dificultades económicas y el número de muertos nos recomendarán regresar a casa, y lo haremos humillados mientras nos lamemos nuestras heridas y cantamos canciones gloriosas a los caídos por la estupidez de nuestros gobernantes. Su muerte, como nuestra presencia en Afganistán, habrá sido tan absurda como inútil. Lástima que tengan que morir tantos para que los necios comprendan lo que salta a la vista. Ya lo dice el saber popular: Zapatero... a tus zapatos.

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