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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Desactivación de la bomba Google

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 29 de agosto de 2009, 08:45 h (CET)
Cuando Oscar Wilde observó que lo único peor que se hable de uno es que no se hable, no se podía imaginar Internet.

Esa frontera salvaje que conocemos hoy y adoramos (en su mayor parte) como Blogosfera es un gallinero en el que todo vale y en donde la Libertad de Expresión va armada y es peligrosa.

El último enfrentamiento se da entre dos mujeres -- una modelo de Vogue y un bloguero anónimo -- de uñas por el límite de lo que se entiende como libertad de expresión. Después de que el bloguero Liskula Cohen llamase a la modelo "una arpía" entre otras cosas, la modelo presentó una denuncia para exigir su identidad a la empresa que alberga el blog, Google.

Fuera de sí, el bloguero, destapada su identidad como Rosemary Port, ha demandado a Google por 15 millones de dólares en concepto de violación de la intimidad. Andrew Pederson, de Google, declaraba que mientras que su compañía simpatiza con las víctimas de la ciber-intimidación, "También ponemos un gran respeto en la preocupación por la privacidad y sólo proporcionamos información acerca de un usuario a instancias de una orden judicial o acción equivalente."

Voila.
Todo esto puede parecer una pelea de gatas entre dos mujeres que no se gustan mutuamente. Como observaba en Instapundit Glenn Reynolds, bloguero pionero y profesor de Derecho, "Yo nunca habría escuchado las palabras 'Liskula Cohen' y 'arpía' en la misma frase si no hubiera sido por los esfuerzos litigantes de descubrimiento de la identidad de la bloguera."

El caso de la modelo no carece de importancia, sin embargo, y plantea cuestiones de peso en torno a la privacidad, el anonimato y el futuro de la libertad de expresión en Internet.

El problema de la difamación en la red no es nuevo en absoluto, pero varias demandas recientes han empezado a cuestionar el modus operandi del cualquier cosa vale que reina en la red. Uno de los casos más famosos se remonta al año 2006, cuando Sue Scheff logró el fallo del jurado a su favor con la friolera de 11,3 millones de dólares frente a una mujer que había realizado centenares de comentarios de difamación en torno a Scheff y su empresa, que asesora a los padres de adolescentes problemáticos.

Tras años de tormento que incluyeron episodios de gente que la increpaba por la calle y deseaba su muerte, Scheff pudo demostrar que su reputación y su actividad económica sufrieron a consecuencia de los comentarios de la acusada. En su nuevo libro "La bomba Google," que sale a la venta el 1 de septiembre en colaboración con el fiscal John W. Dozier Jr., Scheff cuenta el relato de su demanda y ofrece consejos a otros que hayan sido difamados en la red de igual forma.

"La bomba Google" es jerga de la red que alude a elevar el número de visitas a una página dada a través de una búsqueda. La popularidad de una página puede no reflejar la relación con la verdad de dicha página, pero se puede ser popular por otras razones. Digamos simplemente que lo repugnante vende.

Desactivar bombas Google no es muy divertido, a menos que sea un aficionado a los ordenadores o que no tenga mejor forma de pasar el tiempo. Para mantener su perfil positivo en la red, tiene usted que bloguear, twitear y mantener páginas web -- o contratar a alguien que lo haga por usted. Scheff dice que le desagrada haber tenido que hacer estas cosas, pero "si no cuidas tu reputación, alguien más se encargará de ella."

Scheff se considera afortunada porque pudo contratar a un abogado así como a una compañía de monitorización de la red, ReputationDefender, que vigila su identidad virtual. Otros, cientos que le escriben cada semana, no tienen tanta suerte. En apenas un ejemplo, un fotógrafo de bodas perdió su negocio cuando una única novia descontenta perdió los papeles y le puso a parir en internet.

"Nadie está a salvo," dice Scheff. Y sólo por no ser personalmente activo en la red no significa que tu identidad no esté conectada – no es necesariamente algo bueno. La red ha desencadenado esa parte de nosotros mismos que solíamos mantener oculta. Pensamientos oscuros, como los trolls de Mordor, pueden aflorar ahora y tener libertad a plena luz del día.

La libertad concedida por el anonimato y una audiencia virtual puede haber sido un espaldarazo a la democracia, al dar voz a todo el mundo, pero ha sido un desastre para la decencia. La inhibición, nos lamentamos, es una virtud infravalorada.

El caso de Scheff y el incidente Cohen sugieren que existe una nueva instancia de transparencia, ausente en gran medida de los blogs personales, que puede estar prosperando. "Lo que escribas hoy puedes lamentarlo mañana," dice Scheff. "La gente tiene que saber que si usted utiliza el teclado y el ratón para perjudicar a otro, hay que pagar un precio."

Perjuicio es la palabra clave. Aunque Scheff pudo avalar las pérdidas materiales mediante pruebas, Cohen probablemente salió ganando de su breve episodio como víctima. En la práctica, ha retirado la denuncia y perdonado a la bloguera.

A nadie le gusta ser insultado ni en la red ni en ninguna parte -- y las figuras públicas están familiarizadas con la experiencia. Pero hasta Scheff piensa que en ausencia de una difamación o daños demostrables, el anonimato merece protección. Como Google y los tribunales dejan claro, Cohen sí logró (BEG ITAL)destacar(END ITAL) una lección que se pasa por alto: piense antes de teclear.

O de lo contrario, alguien puede querer algo más de usted que sus ideas.

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