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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La humanidad de Ted Kennedy

E. J. Dionne
E. J. Dionne
sábado, 29 de agosto de 2009, 08:43 h (CET)
Ted Kennedy era entronizado por los progresistas, adorado por muchos de sus homólogos conservadores, reverenciado por los latinos y los afroamericanos, respetado por figuras políticas curtidas, admirado por los estudiantes del funcionamiento de los mecanismos del estado y apreciado por aquellos que integran el gabinete de pelaje más refinado que se ha compuesto nunca en el Capitolio.

La paradoja Kennedy es que logró ser estimado por casi todo el mundo sin ser en ningún momento todo para todos. Defendió con resolución objetivos ambiciosos, de manera inequívoca y sin pedir disculpas, y nunca se amilanó ante las decisiones difíciles. Aún así convirtió en su especialidad la resolución de problemas trabajando con cualquiera que se prestara a ello con él. Fue amigo, colega y ser humano antes de ser ideólogo partidista, aunque era un izquierdista orgulloso y un Demócrata implacable.

Sufrió profundamente, cometió errores de peso y fue, en el mejor de los sentidos, imperfecto. Pero el sufrimiento y las derrotas alimentaron una humildad humana que le condujo a tender la mano a los que caían, a sintonizar con aquellos en los que el dolor se ceba, a comprender la locura humana, y a apreciar la búsqueda de redención.

Eso le convirtió en una rareza de la política. Sin simular nunca que lo supiera todo, disfrutaba de un atractivo magnético para las personas de talento que permanecían a su lado durante años. Él les daba su confianza y les daba espacio para que brillaran. Su orientación y su propia inteligencia y actividad febril le han convertido en uno de los senadores más grandes de la historia.

Había otra paradoja Kennedy: precisamente por saber con tanta claridad lo que quería y adónde quería llevar a este país, podía llegar a acuerdos con los Republicanos muy alejados de su zona de seguridad filosófica.

Trabajó junto a Orrin Hatch, uno de sus amigos más queridos, para llevar la cobertura sanitaria pública a millones de niños; trabajó con George W. Bush en la reforma educativa; trabajó con Lamar Alexander y Mike Enzi para mejorar la atención a los menores; con John McCain en la reforma de la inmigración. Es imposible encontrar un senador Republicano con el que Kennedy (BEG ITAL)no(END ITAL) haya trabajado en algún momento a lo largo de sus 47 años en Washington.

La disposición de Kennedy a superar diferencias partidistas no hacía sino mejorar su credibilidad cuando necesitó permanecer firme como profeta del progresismo. A principios del año 2003, mientras tantos de su partido buscaban refugio, Kennedy plantó cara a la inminente invasión de Irak, advirtiendo que "socavaría" la guerra contra el terrorismo y "alimentaría la creciente oleada de antiamericanismo en el extranjero."

En cuanto a su carrera entera, en episodio tras otro, Kennedy sentía una acusada obsesión con las profundas injusticias y vergonzosas ineficacias de un sistema sanitario estadounidense que arruina al enfermo y causa una agonía innecesaria a aquellos que no pueden cruzar el umbral de la atención médica. Sería una tragedia imperdonable que la muerte de Kennedy debilitara en lugar de reforzar a las fuerzas que defienden la reforma sanitaria, a la que Kennedy se refería como "la causa de mi vida."

Aún así el progresismo de Kennedy era experimental, no rígido. Los principios no cambiaron, pero las tácticas y las formulaciones eran siempre objeto de revisión. Pronunciaba discursos anuales que equivalen a un informe del estado del progresismo estadounidense. Siempre buscó dar aliento a sus partidarios en tiempos difíciles -- "Vamos a ser quiénes somos y no a simular que somos otra cosa," decía Kennedy a principios de 1995, poco después de la devastadora derrota de su partido en las elecciones al Congreso -- pero no se abstenía de apuntar los defectos del progresismo.

En ese discurso de 1995 insistió en que "los resultados," no las intenciones, deberían determinar si los programas del gobierno siguen en vigor o desaparecen. En el año 2005, criticó a la izquierda por no conectar su credo con los valores centrales de la nación.

Muchos de los que no conocieron a Kennedy se preguntarán por las fuentes del afecto que más allá de divisiones partidistas va a fluir en los próximos días. Se remonta a su humana identificación con aquellos que sufren. Miles de personas literalmente tienen historias que contar, y yo ofrezco la mía.

En el año 1995, Kennedy se encontraba en nuestro templo un domingo cuando pidieron oraciones por el alma de un miembro hospitalizado de nuestra familia. Eventualmente Kennedy se enteró que se trataba de mi hijo James de tres años de edad, que había desarrollado un cuadro médico inusual.

Volví a casa tarde esa noche tras pasar el día en el hospital. Esperándome había un mensaje de Ted Kennedy. Una voz tranquila describía la enfermedad de juventud de su propio hijo y expresaba un entendimiento incondicional del miedo y el dolor que yo estaba sufriendo.

Mi hijo se recuperó, gracias a Dios, y yo nunca olvidaré lo que hizo Kennedy. Su compasión era real, no simulada, y se extendía a los seres humanos individuales y no sólo a las masas de sus fieles que le jaleaban, y le seguirán jaleando durante mucho tiempo.

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