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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

De la insoportable levedad de la crisis

Mario López
Mario López
sábado, 29 de agosto de 2009, 08:33 h (CET)
Basta echar un breve vistazo a la prensa que padecemos para entender que, en lo sustancial, nada va a cambiar al menos hasta el 2070, fecha en la que el catedrático de Estructura Económica, Santiago Niño, sitúa la muerte del capitalismo. Hasta entonces -no hay más que fijarse un poquito en lo que nos está pasando en estos momentos- los precios de las muchas cosas absurdas que se nos han hecho imprescindibles irán manteniendo un apenas perceptible crecimiento –nótese, por ejemplo, cómo en estos meses de crisis ha ido engordando la factura del móvil de forma inversamente proporcional al consumo de llamadas-.

A la par que los precios aumentan, los sueldos bajarán; también poquito a poco. La absurda fantasía de lograr el pleno empleo se habrá desvanecido para siempre. Ya nadie pedirá unas condiciones laborales dignas y la precariedad pasará a formar parte de nuestro nuevo, vibrante, juvenil y colorista “way of life”, anglófilo y globalizado; eso sí, con mucha marcha y buen rollito. El común de los mortales tendrá perfectamente asumido que solicitar un crédito bancario, cuando hace falta, es una intolerable impostura. Los alquileres de viviendas se otorgarán exclusivamente a aquellos que puedan exhibir una buena nómina y varios avales familiares. Los bancos y las empresas multinacionales vivirán una nueva Edad de Oro y todos estaremos muy contentos; como ahora, que seguimos gritando, ¡¡GOOOL!!, y seguimos tirándonos a la piscina de la urbanización cuando llegan las calores. Esto, ya digo, durará hasta el 2070, pues no hay que dudar del optimismo del profesor Niño. Aunque su apellido nos dé que pensar. Yo, como supongo la mayoría de nosotros, no llegaré a ver la hecatombe final de este sistema económico que parece no tener otra alternativa que su propia eutanasia. Pues, sólo le pido al cielo que durante el tiempo que me queda por vivir, que no me vengan con cuentos. Quiero decir con esto que nuestros representantes políticos, nuestros periodistas y nuestros deportistas moderen su estulticia, su indisimulado denuedo en machacar al adversario -el que, al parecer, les puede quitar los garbanzos, la primera plana o el Rolex-. Que esta estúpida desmesura está cobrando unas dimensiones pandémicas y está empezando a convertir el ejercicio de levantarme de la cama en un auténtico calvario. Y, por favor, ya que no podemos contar con una prensa de calidad, veraz e independiente, suplico a quien sea menester que inste a los redactores y demás colaboradores de sus respectivos medios a que dejen de tratar a bofetadas nuestra ortografía, que no tenemos otra y que no se ha metido con nadie la pobrecilla.

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