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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Kennedy cogía el toro de la vida por los cuernos

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 28 de agosto de 2009, 02:04 h (CET)
Cuando me encontré con él por primera vez en Beckley, W.Va., durante la primavera de 1960, Ted Kennedy era un joven de 28 años de una buena planta imposible que hacía campaña por su hermano mayor, que se presentaba a las primarias Demócratas contra Hubert Humphrey.

La familia, que nunca dio un trato preferencial al hermano pequeño, le había enviado a territorio intimidatoriamente hostil. El condado de Raleigh, que hacía las veces de cuartel de operaciones del Senador Robert Byrd, que por entonces no era nada amigo de los Kennedy, servía de cuartel general del Sindicato de Trabajadores de la Minería, que apoyaba a Humphrey. Era territorio del Ku Klux Klan desde hacía tiempo, profundamente escéptico con el candidato católico.

Ted Kennedy confrontó el desafío de la misma forma que abordó muchos otros a medida que avanzaba la vida que se apagó el martes a los 77 años de edad: de frente. Recorrió las calles de Beckley y los pequeños núcleos urbanos mineros que lo rodean hablando de manera informal con la gente, animándola a dar una oportunidad a John Kennedy. JFK triunfó en el condado.

Siendo Senador, como secretario oficioso de los Demócratas progresistas durante décadas y hasta como candidato presidencial derrotado, Ted Kennedy era siempre el mismo, en pos de sus objetivos sin importar nunca los obstáculos. Donde el hermano Bob aguardó por cautela para iniciar su campaña anti-Guerra de Vietnam en 1968 a que Lyndon Johnson se retirara de la carrera presidencial, Ted Kennedy se enfrentó en 1980 al titular, Jimmy Carter, con el simple convencimiento de que Carter había abandonado los principios del Partido Demócrata.

Kennedy sufrió una derrota humillante pero volvió al Senado inasequible al desaliento y modeló de una carrera única tanto en sus logros legislativos como en el abanico de sus amistades personales. Los que lamentan su muerte van desde el Republicano conservador de Utah Orrin Hatch al vecino progresista de Connecticut Chris Dodd -- y cantidades industriales de gente entre medias.

Kennedy no era un hombre corriente. La finalidad de su vida pública coexistía incómodamente con la total ausencia de disciplina que marcó décadas de su comportamiento personal. Mientras ganaba poder en el Senado, alcanzando y después perdiendo el puesto de coordinador del grupo frente a Robert Byrd y postulándose a la presidencia con serios obstáculos, nunca dio imagen de ser ambicioso por motivos personales.

Aunque ininteligible con frecuencia en entrevistas, era un orador convincente, pronunciando por lo menos 4 discursos en convenciones Demócratas que se recordarán durante mucho tiempo. Tenía una curtida vista para el talento y cultivó un gabinete que es la envidia del Senado. Desde los 30 años de edad, cuando llegó, hasta el último momento, mantuvo el nivel de ese gabinete.

Por encima de todo, fue un legislador. Su verdadera labor se desarrollaba sobre todo lejos de la atención de la opinión pública en audiencias de comités y vistas, donde modelaba y remodelaba las ideas que fluían fruto de sus vecinos académicos en Cambridge, Mass., y su gabinete hasta transformarse en proyectos de ley capaces de atraer mayorías en el Senado.

Kennedy no se preocupaba más de perder las votaciones de proyectos presentados en el Senado de lo que se preocupó en Beckley. Mientras los Republicanos recaudaban incontables millones utilizándole como símbolo de la amenaza ultraizquierdista, él dialogaba continuamente y encontraba apoyos a su legislación en el lado opuesto del hemiciclo.

Hatch, el mormón puritano, se convirtió en su compañía predilecta, al igual que John McCain, que se convirtió en un defensor apasionado de los derechos del paciente bajo la tutela de Kennedy.

Cuando escribí acerca de Kennedy con anterioridad, al inicio de su fatal enfermedad, hablé acerca de los muchos gestos de amabilidad personal que le granjearon el favor de la gente. En respuesta a esa columna, escuché muchos ejemplos más de colegas y ciudadanos de Massachusetts.

Voy a rememorar uno de ellos. Un hombre de Malden decía que escribió a la oficina de Kennedy diciendo que había intentado adquirir dos entradas para un partido de los Red Sox con el fin de poder llevar a su padre, que había perdido ambas piernas a causa de la diabetes y se estaba muriendo. A causa de la enfermedad, necesitaba asientos de primera fila cercanos al campo, y no había logrado encontrarlos. A la semana siguiente recibía las entradas.

Como he dicho antes, no voy a olvidar nunca la forma en que su mujer y él se sentaban con mi colega Mary McGrory, después de que un infarto la silenciara, y cómo cantó para ella baladas irlandesas que les encantaban a los dos. Que Dios guarde su alma.

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