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Óscar Pérez, DEP

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
viernes, 28 de agosto de 2009, 02:00 h (CET)
Nos sobrecoge la forma en que ha muerto el montañero Óscar Pérez. La expedición “Peña Guara” ha roto el corazón a medio país y ha ensombrecido el ambiente fiestero de agosto, el humor de verbena y de feria de pueblo típico del fin del estío en España se ha teñido de un cierto luto y un regusto amargo por el héroe caído en el desempeño de su labor: la de conquistar lo imposible, la de ir más allá de los límites humanos.

Y todo en pos de un sueño: la de asomarse al otro lado.

Desgraciadamente, esa delgada línea que separa la gesta de la locura a veces desaparece y todos nos sobrecogemos por la muerte en la flor de la vida de un deportista, como nos pasó ayer en otro mundo, el del fútbol, con Dani Jarque, o antes de ayer con Antonio Puerta.

La tragedia de Óscar empezó a forjarse cuando tuvieron cambiar de objetivo (ellos iban a escalar el Latok I, pero las condiciones climáticas les obligaron a cambiar la montaña). Quién sabe qué hubiera ocurrido si hubieran perseverado en su idea primigenia.

El ascenso al Latok II fue tan duro como uno puede suponer, pero cuando Óscar Pérez y Álvaro Novellón lo coronaron y emprendían el descenso, no sospechaban que ese 6 de Agosto sobre las 14:00, se les partiría la vida. Y es que en ese momento tuvieron una caída y Óscar cayó 50 metros. Se rompió la pierna y la muñeca. A 6000 metros eso se parece mucho a una sentencia de muerte, sobre todo cuando tu expedición consta sólo de 2 personas. Álvaro se despeñó “solo” 10 metros y pudo maniobrar; dejó a Óscar toda la impedimenta e hizo lo imposible por llegar rápido al campamento base a por ayuda. Cuando se despidió, Álvaro no sospechaba que no vería la cara de su compañero nunca más.

El resto, ya lo conocemos por los telediarios. Los equipos de rescate no tuvieron la suerte de alcanzar el cuerpo de Óscar a tiempo, y cada segundo que pasaba las posibilidades de que se hallara con vida eran infinitesimales. Una última gran tormenta cerró cualquier posibilidad de que el grupo llegara a la repisa de Óscar en un plazo racional para encontrar vida. Era el fin y se volvieron, desolados.

Su cuerpo permanecerá por siempre en la montaña, en una repisa escondida del maldito y bello Latok II, como un macabro epitafio a su esfuerzo, como un mausoleo de carne, hueso y hielo. Un cuerpo que aún conserva el equipo con que se estuvo aferrando a la vida en sus últimas horas, incluida la cámara con la que Álvaro y Óscar se hicieron las dos fotos cuando coronaron la cumbre y que se han convertido en la única prueba, gráfica e inalcanzable, de que tocaron el cielo. Allí sigue Óscar con su cámara, donde quiso siempre estar, en la montaña, contemplando al resto del mundo.

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