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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El beso en peligro de extinción

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 27 de agosto de 2009, 08:28 h (CET)
Ese sencillo, sensible, excitable y placentero acto que consiste en unir nuestros labios entreabiertos a los de otra persona está en peligro de extinción, incluso el protocolario y habitual beso de saludo en las mejillas puede correr igual suerte. Ya no se escribirán canciones como esa que proclama a los cuatro vientos que “la española cuando besa es que besa de verdad” y no como aquellas rubias y altas nórdicas que en los años sesenta invadían nuestras costas para besarse frívolamente con los españolitos cejijuntos, bajitos y de boina calada. Ningún nuevo Rodin volverá a esculpir una estatua como “El beso” con dos cuerpos desnudos, fundidos en uno, entregándose sin tapujos a uno de los más grandes placeres. Y la culpa no es de ningún resucitado censor de lápiz rojo, la culpa la tiene un pequeño virus que se expande por el mundo a ritmo de vértigo mientras los laboratorios farmacéuticos se frotan las manos pensando en los grandes beneficios que reflejarán sus cuentas de resultados.

Pero también los pudibundos que tan sólo se besan en la cómplice oscuridad de las alcobas, o, algunos de ellos, bajo los neones rojos y tenues de las casas de lenocinio donde habita el pecado van a ver vetados los besos piadosos a las imágenes de su devoción. La clerecía, que ya no cree en los milagros, ha dado la voz de alarma alertando a sus feligreses ante la amenaza de esta nueva gripe a la que para ser políticamente correctos se la llama simplemente “A” sin asignarle nacionalidad de origen ni código de barras.

A partir de ahora ya no se producirán colas ante las tallas de Cristos y Vírgenes, por muy románicas y milagreras que sean, para depositar en ellas un devoto ósculo en petición de novio, curación milagrosa o trabajo ya que la saliva contaminante de algún devoto feligrés podría llevar a una contaminación total de toda la feligresía y, la verdad, es que en estos momentos la Iglesia Católica no está en disposición de ver mermada su clientela. Desde el Concilio Vaticano II durante la celebración de la Santa Misa hay un momento en el que los asistentes se desean mutuamente la paz mediante un beso en la mejilla o un encajamiento de manos, a partir de ahora los mosenes recomiendan un simple saludo con una leve inclinación de la cabeza con el fin de prevenir posibles contagios, y algunos párrocos incluso han vaciado las pilas de agua bendita para evitar que alguna mano contaminada profane el agua santa y expanda la enfermedad.

Así que entre los consejos que Doña Trinidad nos da desde el Ministerio de Sanidad y las normas eclesiales andamos últimamente con los congojos a la altura de la garganta. Pero no seamos alarmistas ni le sigamos el juego al lobby farmacéutico, los únicos que salen ganando en estos casos, continuemos con el beso y el abrazo que tal vez es lo único alegre que nos queda en estos tiempos de crisis económica y no permitamos que el beso se convierta en una especie en extinción.

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