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Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

El valor de la televisión rosa

Mario López
Mario López
jueves, 27 de agosto de 2009, 08:21 h (CET)
Hace años que no veía un programa de prensa rosa por la televisión. He de reconocer que han mejorado extraordinariamente. Me he reído. Han convertido a la familia Janeiro en los Channing de Cádiz y la finca Ambiciones en Falcon Crest. Robos, desaires y cuernos para dar y tomar. Hasta el único testículo de Jesulín se ha convertido en el elemento dramático de moda. No me extraña que el personal dé la espalda a la política.

A fin de cuentas, la clase política viene a producir la misma cantidad de dislates, pero mucho menos entretenidos. Aquí la cosa está clara. La mansión de los líos se llama Ambiciones, despejando toda duda sobre el leitmotiv que mueve a actuar a los miembros del núcleo familiar y sus satélites. Los cuernos son patentes y el desparpajo de los personajes a la hora de llamar al pan, pan, y al vino, vino, no admite controversia. Justo lo contrario de lo que hacen nuestros dirigentes, que para interpretar lo que quieren decir o, mejor, lo que quieren ocultar hay que saber sánscrito o arameo. El capitalismo está encallado en su propio pozo ciego. La democracia real es una pantomima que a nadie ya engaña. Los políticos surfean entre la corrupción y la demagogia. Y, para colmo de males, el casting es desastroso. Nuestro futuro personal, social y planetario está en el alero, pero de nada sirve añadir a tanto infortunio la desazón de atender a gentes que nada resuelven y que aburren hasta la extenuación a los sufridos contribuyentes. Mucho mejor prestar atención a las peculiares aventuras que protagonizan los Janeiro, la Pantoja o el hijo gay de Jaime Ostos. Muy divertida la noticia: “Jaime Ostos Jr. se casa, para sorpresa de todos, con una mujer”. Esto sí que es un síntoma de que vivimos en un país moderno, libre, sin prejuicios y dueño de un acervo cultural digno de envidiar. Qué no se acabe la noche, que diría nuestro más mundial cantante, Julio Iglesias. Yo, desde luego, no pienso despegar la oreja de la almohada.

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