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La Naturaleza y el hombre

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 26 de agosto de 2009, 08:06 h (CET)
Somos realmente insignificantes. Llevamos siglos pretendiendo demostrar que somos invencibles, que podemos dominar a todo y a todos sobre la faz de la tierra, y a la hora de la verdad se demuestra que es bien poco lo que valemos. Aún no nos hemos dado cuenta de que, por ejemplo, someter a la Naturaleza es una empresa absurda, por imposible, además de peligrosa: nos saca millones de años de ventaja. Estamos, muy al contrario, con la muerte al acecho, mirando de reojo, cuando no franca y directa a los ojos. Algunos, no obstante, se atreven a mantenerle la mirada, y es en verdad una actitud valiente y loable. Pero lo único cierto es que nadie saldrá victorioso de una pelea como esa, ya perdida de antemano.

Quizá sea el de los montañeros el caso más paradigmático de lo que supone dicha actitud de ser conscientes de la propia fragilidad humana y, sobre todo, de cómo esa Naturaleza (y en su caso concreto, la montaña) les da todo lo que quizá les acabe quitando algún día. Pero ellos, a diferencia de otros, la respetan, la cuidan y la aman, con la apenas oculta esperanza de ser correspondidos. Por desgracia, no siempre es así; o quizá sí, y por eso sucede que a veces ella les quiere eternamente a su lado. Han sido muchos los que se han quedado en el camino, pero me atrevería a decir, casi con plena seguridad, que todos ellos habrían elegido morir de ese modo, puestos a elegir su propio destino final. Y esto lo saben bien los que les quieren, pues invariablemente dejan que descansen para siempre en ese lugar que tanto amaban, y donde su mirada se posó por última vez: la montaña.

También Oscar Pérez se quedará para siempre en el Karakorum, como ha sucedido con tantos otros en diferentes cumbres del planeta, conscientes todos ellos de que se puede pasar de la vida a la muerte en apenas un efímero instante. El alpinista aragonés sufrió una caída, después de hollar la cima del Latok II, y quedó atrapado a 6300 metros, en una repisa de esa pared casi vertical: una zona de especial dificultad para el rescate, realmente extrema. Finalmente, la noticia que nadie quería escuchar llegó: el operativo debía ser anulado, ante el empeoramiento de las condiciones meteorológicas y el riesgo que suponía para la expedición el ya de por sí extremadamente peligroso rescate, cuando por otro lado eran ya remotas las posibilidades de encontrarle con vida, como reconocían los expertos, después de diez días a más de 6000 metros, herido y sin poder apenas alimentarse ni beber.

A ello habría que añadir las extremas condiciones de viento, frío y nieve que supone el hallarse a esa altitud, y que en buena lógica empeoran aún más una ya muy difícil situación. Y cuando, por otro lado, se trata desafortunadamente de una época en la que el clima cierra ya las expediciones a esa cumbre paquistaní. Pensar que todo habría sido diferente de haberse producido un mes antes, o sólo dos semanas, lamentablemente no nos lleva ya a nada. De una u otra manera, y al igual que ha sucedido (y por desgracia sucederá) con otros alpinistas, también él conocía el riesgo que entraña este deporte, y aceptó las rígidas pero honestas reglas del juego, que no entienden de trampas, excusas ni mentiras. La montaña puede llegar a ser cruel, es cierto, pero indudablemente es sincera. Así que, al menos, ya tiene una ventaja (y no poco importante, desde luego) con respecto al ser humano.

No se hace difícil ponerse en el lugar de todos aquellos que, de una u otra forma, participaron en el operativo de rescate, e imaginar lo que debió suponer para todos ellos el tener que aceptar que debía suspenderse. Porque se trataba, por tanto, de la definitiva confirmación de que jamás podrían ayudar ya a su compañero, y que permanecerá allá para siempre: dolor e impotencia son tan sólo dos de los sentimientos que se me ocurren. Y es que, muy posiblemente, sea éste el deporte en el que mayores dosis de solidaridad y compañerismo puedan encontrarse, ya que la única lucha que tiene lugar se establece contra los elementos y uno mismo, jamás contra otro. Y esa es una diferencia que marca de forma definitiva a los que viven con pasión la montaña.

Pero, de forma muy especial, uno no deja de pensar en lo que habrán sido todos esos días para Oscar: cada una de las horas, con sus interminables minutos y segundos, esperando una ayuda que en el fondo sabía bien que jamás llegaría. Sin embargo, no me cabe la menor duda de que él habría sido el primero en renunciar a un rescate que pusiera en peligro a uno solo de los compañeros de ese grupo dispuesto a salvarle. Y sabía que éste era el caso, que el riesgo para ellos era extremo. Es duro reconocerlo, porque hablamos de la vida de un ser humano que se queda allí, pero debemos ser conscientes de que la operación suponía una seria amenaza para la vida de otras personas, y además sin la menor seguridad de que tanto esfuerzo hubiera servido de algo. Es otra de las implacables reglas de la montaña: ayudar siempre al que se queda y hacer todo lo que se pueda por él, pero jamás permitir que alguien arriesgue su propia vida por mí.

Se trata, por tanto, de la asunción plena, honesta y coherente de que uno mismo es el único dueño de su destino y de su vida, así como de las decisiones que en ella tome, con sus correspondientes consecuencias. Y, precisamente por ello, se trata de algo que a nadie más compete, en ningún sentido. Pero dicha ley es también, y sobre todo, la demostración más absoluta y palpable de lo que en realidad significa esa bella y machacada palabra llamada “solidaridad”, y en su máxima expresión: ser capaz de jugarse la vida por otro ser humano que está, o puede estar, a punto de perderla. Resulta obvio, por tanto, que nuestro “civilizado” mundo de egoísmo, robo, muerte y destrucción no tiene cabida alguna en un lugar así. Afortunadamente.

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