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Opinión
Etiquetas:   Cristianismo originario  

Los inventores del infierno anularon todo Optimismo

Ana Saez Ramirez
Vida Universal
martes, 25 de agosto de 2009, 05:29 h (CET)
Nada es casualidad, tampoco el conocer o encontrarnos con determinadas personas. No es casualidad que tengamos problemas con nuestro vecino o que nos entendamos mejor o peor con este o aquel compañero de trabajo. Posiblemente nos volvemos a encontrar ahora para aprovechar la oportunidad de acabar con tareas pendientes de encarnaciones anteriores. ¿Cómo? Tomando en serio a nuestros semejantes, por ejemplo, escuchándonos mutuamente y ante todo, perdonándonos recíprocamente.

Si consideramos que aquello que nos sucede en esta vida tiene a menudo causas atribuibles a una encarnación anterior, veremos también a Dios de modo muy distinto. Ya no Le acusaremos tan fácilmente de por qué nos sucede esta o aquella «injusticia», y por qué nos ocurre precisamente a nosotros, sino que reflexionaremos hasta qué punto el golpe del destino que nos afecta actualmente se debe tal vez a energías negativas que emitimos en el pasado y que ahora vuelven a nosotros.

El hombre mismo no es otra cosa que un vestido del alma de muchas capas, una solidificación que reluce y cambia de matices según sea la carga de las capas del alma. Por eso los caracteres de los seres humanos son tan diferentes.

Después de la muerte, el alma pasa entonces a los ámbitos del Más allá. Si se va a los niveles más inferiores, porque está muy cargada, entonces se encuentra aún en la rueda de la reencarnación. Si el alma se ha tornado más luminosa, entonces se ha liberado de la rueda de la reencarnación y asciende a niveles más altos, a los llamados niveles de preparación, para dirigirse desde allí paso a paso al Hogar que una vez abandonamos.

Como es bien sabido ninguna energía se pierde. Debido a esto, ni la energía de nuestros pensamientos positivos o negativos se pierde, ni la de nuestras palabras, nuestras formas de actuar, o la de todo nuestro comportamiento. Tal como las energías sean, positivas o negativas, así tienen su efecto, con ellas imprimimos un sello a nuestra alma. Este sello o grabado energético permanece en el alma también después de la muerte del cuerpo físico. El alma está envuelta por todos estos grabados y a estas envolturas las llamamos «vestidos» del alma.

Reconozcamos también en la reencarnación la gran misericordia de Dios: Por medio de la energía del día recibimos impulsos para que nos arrepintamos y purifiquemos cosas negativas antes de que surja una desgracia, quizás una enfermedad, de modo que se libere a tiempo lo que está en el alma y no caigamos en un golpe del destino, sino que lo solucionemos antes de que se muestre exteriormente. ¿No es esto una gran misericordia?
Ésta es una enseñanza optimista que da esperanza, una enseñanza llena de consuelo que fue enseñada ya en el siglo III d.c. por Orígenes. Sin embargo en el Concilio eclesiástico de Constantinopla, en el siglo VI, esta enseñanza fue condenada y maldecida. No sólo se condenó la enseñanza de Orígenes que decía que el alma ya existe antes de su nacimiento, sino que se condenó también su optimismo sobre que al final todo terminará bien, que todo volverá a Dios. Esto también lo condenó la Iglesia, para poder así amenazar con el infierno.

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