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Mostrar el sol con una linterna

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
martes, 18 de agosto de 2009, 01:02 h (CET)
“Lucernam adhibere in meridie”, decía Erasmo refiriéndose a que a veces se trata de elogiar lo enorme con escasos recursos. La crisis que nos concierne está no sólo siendo ninguneada, sino que se la reduce a cifras que ni refieren su verdadera magnitud, ni iluminan la realidad de la misma. Insisto en que no está explicada, en que está siendo utilizada por intereses torcidos, probablemente por algunos vivos que se están enriqueciendo enormemente con el saqueo de los erarios, consiguiendo que se envíen ingentes cantidades de dinero precisamente allá donde el dinero sobra, si es que no a acciones poco confesables. Debiera ser pública no sólo la lista de quienes han percibido cualquier cantidad del dinero de todos, sino también en cómo y de qué manera se ha utilizado cada céntimo..., y de qué forma va a ser reintegrado. Nada de todo eso sucede.

La crisis no es de capital —nunca lo fue—, sino de hombres y sistema. Unos pocos hombres, por ser más precisos, y un sistema que no se ajusta ni a la justicia, ni a la libertad, ni a lo deseable para una sociedad que aspira al futuro y desea sobrevivir largo tiempo sobre un planeta tan hermoso como limitado. Pocos hombres, y todos malos, que sólo buscan su enriquecimiento, salvarse a sí mismos a costa del género, quienes no dudan por un instante en servirse de las truculencias más arteras y de las barbaries más desquiciadas para aumentar sus fortunas. Bueno sería considerar la oportunidad que perdemos cuando se procura mostrar el sol con una linterna, ignorando que lo por venir no es nada halagüeño, que detrás de cada barril de petróleo hay demasiada sangre, que cada gramo de bienestar arrastra mucha amargura en todo el mundo y que los altos edificios del progreso se asientan sobre las montañas de miseria moral de sus habitantes. La crisis es de conciencia, de sistema, porque ningún poderoso considera de su mismo género a aquellos de los que se sirve, importándole un ardite si viven, sufren o mueren. El sistema es carnicero.

El PIB, las cifras de desempleo y todos esos indicadores económicos son sombras, tinieblas para seguir en el mismo derrotero que tiene a la sociedad mundial contra las cuerdas. El tiempo se acaba, la oportunidad que se nos ha dado para comprender —todo mal encierra un bien— no está siendo aprovechada, y aun en el dudoso caso de que se supere la crisis nada habrá cambiado, porque lo que viene a continuación es más de lo mismo, y, por ello, con más que certeza de que vuelva a verificarse mañana o pasado o dentro de unos meses. La regeneración ha sido orillada, los culpables siguen en sus puestos, los vivos han conseguido gratis muchos beneficios, las dulces palabras de arrepentimiento y de corrección han sido falsas y todos los propósitos de aprendizaje, baldíos. No hay futuro por este camino: tendremos más alimentos transgénicos, mientras la práctica totalidad de la agricultura cae en seis o siete manos de seis o siete familias; tendremos más calor, porque continuará explotándose el medio por encima de las posibilidades al planeta; tendremos menos vida y menos especies en todos los rincones de nuestro bellísimo mundo; y cada día las catástrofes que eliminan lo vivo y desecan nuestro planeta se sucederán sin colmo, porque se quieren aumentar los indicadores económicos que ilumina la luz de la linterna con la que muchos están fascinados. No regenerar el pérfido sistema existente a uno más humano y armónico con el medio, no traerá más bienestar, sino más dolor, más guerra y más muerte, sin que por ello dejen de aumentar los niveles de insatisfacción incluso de los que se benefician del sistema. La raíz de todos los males que nos conciernen, incluidos los enfrentamientos de bloques o el nacimiento del radicalismo religioso, está en la esencia de este perverso sistema que alimentamos, un monstruo que terminará por devorarnos.

Las patrias ya no existen. Hay mayores afinidades entre ricos, pobres o clases medias de cualquier país del mundo —aun siendo de distintas culturas— que entre los ciudadanos del mismo país. La patria, ha muerto. Y en esa patria que no existe sino como cortijo de unos pocos feudales que nutren sus vicios de ella, el ciudadano está considerando dejar de creer o hace tiempo que ya lo ha hecho. Un veintidós por ciento de los trabajadores españoles ya ha dejado de creer en ella, y no ve al Estado sino como un sacamantecas que quiere esclavos en los beneficios y se desentiende de los que se nutrió... y cuyas ubres ha desecado, si es que no los persigue con deudas inventadas. Un veintidós por ciento de españoles que ha proclamado su república unipersonal o familiar (tal vez estemos retornando al clan), porque no puede ya creer en autoridades que parecen estar al servicio de ciertos poderes, ni en justicias injustas, ni en Administraciones que le someten y extorsionan para que pague incluso más de lo que genera. Un veintidós por ciento de españoles que se han inventado su propio sol o que se han comprado su propia linterna. ¿Por qué y para qué han de cotizar a quien quiere cobrar más de lo que se devenga?...: ¿para el desfile de modelos de la Moncloa?..., ¿para que despilfarren los políticos?..., ¿para pagar onerosos salarios a todos los parientes de quienes pudiendo han inflado las plantillas de los ministerios hasta ser ya casi más los funcionarios que se pegan la buena vida que los trabajadores que ignominiosamente levantan una precaria nómina, sin derechos y en régimen esclavista?..., ¿para sostener al Estado de los feudales?... No; se han hartado, y es lógico. Si los supuestos servidores del Estado lo saquean y se han instituido en los señores de la montaña, en los valles los demás ciudadanos han comenzado a buscarse una vida independiente. Han desertado de las cifras falsas y los indicadores torcidos, y, personalmente, no les culpo. Tal vez han entendido que ya que el Estado no les da sino dolores y persecuciones, habiéndose convertido en el paraíso de unos cuantos, que la rebelión contra lo injusto es justa, y prefieren dedicarse a lo suyo y a los suyos, su verdadera patria. El sistema y el Estado deberían aprender de esto que, o cambian, o desparecen. Aprender, siempre fue una buena cosa.

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