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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La ley y la trampa: sí, ellos pueden

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 17 de agosto de 2009, 07:45 h (CET)
Que la Justicia es nada más que una herramienta del poder, ha quedado sobradamente evidenciado en estos días en que los partidos políticos han movido a sus peones para sus torcidos intereses. Algo que ya sabíamos, habida cuenta de cómo pugnan y se pelean por dominar y controlar este supuesto poder independiente, librando feroces batallas por poner a sus peones en el TS, el CGPJ o lo que se tercie. Una gloria, vaya, aunque gloria corrupta, toda vez que esto no puede ni debe hacerse, hablando términos constitucionales. Repárese, si no, en la abrumante cantidad de altos cargos que proceden de este ámbito.

Hay lo que hay, sin embargo, y el ciudadano puede pensar que la Justicia es justa o que eso pasa sólo en las altas instancias, pero es mentira. La Justicia no sólo no es justa, sino que es la antitesis de la Justicia. Es un nidal de corrupción de tal magnitud, que a menudo palidece a su lado lo de la construcción, la especulación o los chachullos de todo tipo que nos asolan con tantísima frecuencia. El ciudadano medio ignora que si cae en la maraña legal está vendido de antemano, que si no es una persona rica que puede sufragarse un carísimo bufete, está abandonado a su suerte en un maremagno tal de trampas y acuerdos bajo manta que jamás sabrá por qué, siendo inocente, es condenado. Así es la cosa, adempero, y no parece causar alarma social.

Por ejemplo, ¿sabe cuáles son derechos un acusado?...: la respuesta es no, porque nadie se los explica, ni le dice que tiene derecho a la autodefensa, o aun que en teoría a él no le toca demostrar inocencia, sino a los acusadores culpabilidad, etc. No sabe cómo defenderse, y a menudo cae en las zarpas de abogados sin escrúpulos que pactan acuerdos a culpable o inocente (a menudo retribuidos) con la otra parte, si es que directamente no es condenado sin pruebas bajo el título de "por indicios".

Otro ejemplo: ¿Puede un defensor de oficio con mucho oficio pedirle al defendido de oficio una retribución bajo cuerda?...: sí, puede, ¡y lo hace!; ¿puede sugerirle, para forzar el abono irregular, además, que sería mala cosa que la contraparte se enterara de ciertas cosillas?...: sí, puede, ¡y lo hace!; y ¿puede este defensor de oficio, yendo más lejos, rentabilizar su actividad cobrando a dos bandas, saqueando al defendido y ofreciendo a la contraparte ventajas informativas a cambio de dinero?...: sí, puede, ¡y lo hace! A esas alturas la perplejidad del defendido no puede ser mayor, desbordado porque a él le acusen de una fruslería y viendo lo que mueve en el ámbito judicial; pero se equivoca, porque para rematar la faena, el abogado de oficio le indica que ya hay un acuerdo condenatorio entre la parte demandante y la acusación, quienes son amigos, son un bufete muy principal y hay... intereses espurios, digamos, de por medio.

El defendido de oficio, a la vista de las corteses sugerencias de su defensor de oficio, tiene una sola disyuntiva: o denuncia lo que de ninguna manera puede probar —y hasta podría ser que cayera en la telaraña de una red organizada—, o traga y paga a tocateja... y se la juega. Así de cruda está la cosa: ésta es España, y ésta su Justicia. No se trata ya únicamente de indefensión, de falta de información o de gravísimos asuntos por el estilo, sino de que en casos como éste (lo normal, en el decir del tal abogado de oficio), el acusado, pague o no, no tiene ocasión de defensa digna posible, ve cómo la Constitución y sus derechos son papel mojado, cómo quienes deberían defender la ley extorsionan y delinquen, y cómo los medios de comunicación y los opinadores habituales, tan dados a rasgarse las vestiduras por fruslerías partidistas, no dicen ni pío de esta gravísima situación que día a día vive España.

No sabe el acusado que pasará en el juicio oral, pero sí que ha pagado y que ha tratado, al menos, con un corrupto. Sabe que vive en un pueblo, que los abogados entre sí y ellos con los jueces comparten mantel y plato, que se ven casi a diario y que, si este pillo ha hecho algo así esta vez, desde luego no ha de ser la primera, al menos a juzgar por su edad, y los secretos no pueden mantenerse siempre. No sabe el acusado qué pasará en el juicio oral, porque la condena —que es segura— puede variar mucho, muchísimo. Esto es lo único que ignora: lo demás lo tiene más claro que el día.

Ojalá que un juez o un fiscal honesto, que seguro que quedan, lea esto y me llame. A la mesa del Estado se le quebrado hace tiempo una de las tres patas que le sostenían..., y nadie hace nada. Algo no grave, sino extremadamente grave..., pero ante lo que nadie hace nada: no son perseguidos estos delitos, los opinadores no lo denuncian y el ciudadano, entretanto, está vendido, poco importa si es inocente o culpable. Sí, ellos pueden, ¡vaya si pueden!

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