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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

La televisión herramienta del embrutecimiento

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
sábado, 15 de agosto de 2009, 23:10 h (CET)
Ha llovido ya mucho desde aquellos lejanos tiempos en los que Lolita Garrido cantaba aquello de “la televisión pronto llegará, y yo te veré y tú me verás”. Ha llegado tanto la televisión a los hogares españoles que en muchos de ellos hay dos y hasta tres aparatos para que nadie de la familia se quede sin poder presenciar su programa favorito, si durante mucho tiempo en la España más profunda fue una costumbre el rezar el rosario en familia ahora la llamada caja tonta, hoy ya el “plasma” más grande del mercado, se encuentra entronizada en el lugar de honor de los comedores y desde allí preside las cenas y comidas mientras toda la familia, en silencio, mira con arrobo y un poco de entontecimiento los personajes y personajillos que se asoman desde el balcón televisivo a la intimidad del comedor familiar.

En principio el invento televisivo en si no tiene nada de malo, en aquellos tiempos en los que en toda España tan sólo había dos cadenas, ya saben la primera y la llamada UHF, que nunca supimos que significaba, por las 625 líneas de aquellos viejos aparatos de tanto en tanto se nos servía una ración de cultura, eso si, pasada siempre por las tijeras del censor de turno que se dedicaba a subir escotes, alargar faldas y recortar diálogos mientras los noticiarios eran una prolongación del NODO donde siempre aparecía Franco inaugurando algún pantano o paseándose bajo palio por los pasillos de alguna catedral acompañado de todo el cabildo catedralicio. Aquellos Estudio 1 en los que, de cuando en cuando, se podía asistir desde el sofá a la representación de alguna buena obra del teatro universal, o los programas infantiles en los que Epi y Blas enseñaban a los más pequeños el significado de cerca o lejos, o las viejas películas de Cifesa que hacían las delicias de los cinéfilos, o algunos buenos programas musicales hoy tan sólo son un recuerdo.

Pero un buen día nos pusimos a nivel europeo y llegaron las cadenas privadas y con ellas comenzó la invasión de la bazofia más burda y la multiplicación de personajillos de tercera que se han ido introduciendo en las casas y las vidas de muchos españoles ávidos de morbo, cotilleo y de vivir en la vida de otros las vidas que les gustaría vivir. A la vista de los programas que en la actualidad triunfan ante la audiencia televisiva aquellas primeras “mamachichos” parecen unas ursulinas recién salidas del convento de clausura. Son los programas mal llamados del corazón, yo creo que más bien les deberíamos denominar del pene o la vagina, los que cautivan desde las dos principales cadenas privadas a los televidentes. Las niñas ya no quieren ser princesas, como canta Sabina, ahora la mayoría se miran en el espejo de todas esas pseudo actrices, que nunca rodaron ningún film a no ser que sea porno, de esas frikis provenientes de cualquier reality o de las que van vendiendo sus miserias por un buen puñado de euros o de cualquier arrabalera que lleva años haciendo caja a base de arrastrar por los platós la vida y milagros del padre de la hija que tuvo siendo soltera. Y ellos, lo mismo, ya no buscan el mar en un vaso de ginebra ahora quieren ser como esos nuevos héroes que pasean por las televisiones presumiendo de sus conquistas sin que ninguna clase de rubor les encienda las mejillas.

Y esto no ha hecho nada más que empezar. Los comparsas de los programas se van del plató, falsamente airados, cuando se descubren sus añagazas y mentiras para volver otro día o en otra cadena, seguramente, con el caché aumentado. Los periodistas han sido apartados de las mesas televisivas y se montan tertulias con personajes de tres al cuarto para ver quien grita más y quien dice la burrada más gorda o la mentira más grande y todos, cuando afirman algo sobre alguien, utilizan la palabra “supuestamente” para evitar posibles problemas con la justicia. Los periodistas que no gritan y que cuando dan una noticia la han contrastado sobran en esta clase de programas, ellos no sirven para subir el share y por tanto no dan beneficios económicos a la cadena. Ahora todo vale, la mentira, el montaje y hasta el resucitar a la desaparecida hija de una pareja de famosos para seguir durante semanas encandilando a los televidentes. Se anuncian suicidios en directo y se alarga el tema como una goma elástica para semanas después volver a tener en el plató al interfecto que nunca se suicidará pero que ya ha cobrado sus buenos emolumentos engañando a todos. Se persigue y acosa a los personajes públicos para que estallen en un ataque de cólera ante las cámaras y hasta se retransmite en directo, cual si de un combate de boxeo se tratara, la pelea de dos colaboradores de uno de los programas.

Pero no piensen que toda la culpa es de las cadenas, de las productoras, de los programas o de sus presentadores, nosotros, los que estamos ante el televisor también tenemos mucha culpa de lo que esta sucediendo, de esta banalización de la televisión. Con tan sólo cambiar de cadena todo quedaría solucionado pero me temo que la mayoría de las gentes que ven televisión no están por la labor, el cotilleo es inmenso y el afán de mucha gente por ver otras vidas y olvidar la pobreza de la suya es grande. Y no me digan que esto es bueno porque lo ve mucha gente, también muchas moscas se revuelcan en la mierda y ésta no nos parece plato de buen gusto.

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