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Se rentan periodistas

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 15 de agosto de 2009, 14:48 h (CET)
El cotilleo en los corrillos de la capital de Estados Unidos no tiene desperdicio: el Washington Post se proponía alquilar a sus ejecutivos y reporteros estrella a quien pudiera pagar 25 mil dólares por sesión… o 250 mil por un paquete de once.

Ignoro si Ben Bradlee sufrió un ataque de dispepsia, pero sin duda en el más allá Richard Nixon estará doblado de la risa y Katherine Graham hirviendo en cólera. El severo Post, el implacable centinela de la conducta y la moral del gobierno, fue pillado en la casa del jabonero. Cuando el periódico estuvo prendido a la yugular de Nixon en 1973 – 74, era la Presidencia de los Estados Unidos lo que estaba en juego. Hoy el diario puso su credibilidad en venta por unos cuantos dólares. Los periodistas del rotativo están con el grito en el cielo, y el ombudsman escribió que el numerito es un tropiezo ético de “proporciones monumentales” que deja “una mancha permanente” en la reputación del Post.

Y a la pena el escarnio. En el mundillo de una de las ciudades más chismosas del mundo, los chascarrillos son a la salud del Post: en la Casa Blanca el jefe de prensa rogó al reportero del periódico que pedía la palabra, ¡que primero le dijera cuánto iba a cobrar por su pregunta! ¿Qué estarán sintiendo Woodward y Bernstein?

No son habladurías de malandrines envidiosos. En un folleto a todo lujo el Post ofreció en venta lugares en una cena íntima en donde ejecutivos y reporteros del diario -encabezados por su directora- y “personajes clave” de la administración Obama, convivirían y conversarían off the record con una selecta clientela. Para mayor atractivo, los saraos tendrían lugar en la residencia particular de la jefa del periódico. El volante reza: “Oportunidad de patrocinio. Una tarde al lado de personajes adecuados puede darle un giro al debate. Patrocine y participe en esta exclusiva e íntima velada del Washington Post: una cena y discusión off the record en el domicilio de la directora general y editora Katherine Weymouth… Siente a la mesa al presidente o al director general de su organización. Conviva con personajes clave de la administración Obama y líderes del Congreso”. Esto no es todo. La publicidad prometió encuentros “animados”, nunca controvertidos. Los participantes, poderosos lobistas, presidentes de empresa, millonarios profesionales o plutócratas nativos y extranjeros, tendrían la seguridad de sentarse con periodistas debidamente domesticados y aleccionados. Leones con corderos, pues.

Ahora entiendo la muina de Jorge Castañeda con los reporteros mexicanos que no leen el New York Times. Por eso nadie le preguntó en Guadalajara a Obama cuánto costaría la hora de sus colaboradores “clave” en las peñas del Post. ¡A todos los colegas se les fue la nota!

Aunque ahora mismo al interior del periódico se están comiendo los hígados entre sí para delimitar culpas, muchos ven a la improvisada Katherine como la causante. La Weymouth, una atractiva abogada metida a periodista -y frustrada socialité del lobbing- es nieta de Katherine Graham -la valiente editora que resistió las presiones de la Casa Blanca durante el affaire Watergate- y sobrina del actual dueño. Una hija de papi, pues. No estuvo sola en el numerito. La acompañó Marcus W. Brauchli, el editor ejecutivo que ella contrató externamente en desaire de la antigua tradición de confiar ese puesto a un miembro de la redacción del Washington Pos y un publicista de esos capaces de vender a la abuela si hay mercado para los ascendientes.

El antiguo y prestigiado diario está colocado en una situación tan embarazosa como la devolución en 1981 de un premio Pulitzer obtenido por un reportaje falsificado… aunque de alguna manera más grave, pues aquel episodio involucró a periodistas y fue superado desde el periodismo -la investigación del ombudsman de aquel entonces, publicada en cuatro páginas de texto corrido es una lección de responsabilidad profesional- mientras que hoy se trata de un episodio de improvisación, ausencia de sentido histórico, desconocimiento de las tradiciones, desprecio por los valores del periodismo y villana necedad crematística. La Weymouth no tiene documentada una trayectoria en el oficio; Brauchli conoció el diario el día que lo contrataron; el publirrelacionista que promovió la venta de reputaciones venía de una empresa de conferencias y espectáculos, y supongo que con la idea de que si se puede vender una disertación de un expresidente, ¡cuantimás el acercamiento con unos reporteros!
No sé si sea consuelo comprobar que ni en el primer mundo están a salvo del lento pero imparable deterioro del periodismo. En México ha dejado de llamar la atención, por frecuente, que políticos desempleados, funcionarios que dejan de serlo o comerciantes acaudalados, amanezcan un día como “periodistas” para ejercer un peso social que de ninguna otra manera podrían tener. El Post demuestra que en todos lados de cuecen habas.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. Máxico.

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