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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Cambio en el qué podemos creer

Ruth Marcus
Ruth Marcus
miércoles, 12 de agosto de 2009, 00:53 h (CET)
El Barack Obama candidato ofreció una visión idílica de cómo funcionaría su Casa Blanca. Cuando empezaron a elaborarse los detalles de la reforma sanitaria, se comprometió a que "Vamos a negociar delante de las cámaras de C-span para que la gente pueda ver quién está defendiendo a sus electores y quién está defendiendo a las farmacéuticas o a las aseguradoras."

La campaña llegó a poner en antena un anuncio centrándose en Billy Tauzin, el magnate lobista de la industria farmacéutica. "La industria farmacéutica obligó a añadir al plan de cobertura de las recetas médicas la provisión que dice que Medicare no puede negociar los precios con las farmacéuticas", decía Obama en el anuncio. "¿Y sabe qué? El presidente de la comisión que forzó el trámite de aprobación del proyecto de ley se marchó a trabajar para la industria farmacéutica con un sueldo de dos millones de dólares anuales. Qué sorpresa."

Pues ahora resulta que la Casa Blanca Obama ha llegado a un acuerdo discretamente - todo lo discretamente que puede de hecho - con Billy Tauzin: Las farmacéuticas van a proponer medidas de ahorro por valor de 80.000 millones de dólares a cambio de la promesa en firme de que no se va a permitir que Medicare pueda negociar los precios de los medicamentos.

"Se nos aseguró: 'Necesitamos que alguien dé el primer paso. Si vais primero, tendréis un acuerdo inamovible'", declaraba Tauzin al New York Times.

Qué sorpresa.
La Casa Blanca, interpretando la versión política del concurso "Allá tú," se está distanciando, de forma nada convincente, de su confirmación inicial. En New Hampshire el martes, Obama planteaba la posibilidad de obtener más de las farmacéuticas. Sin embargo, el episodio pone de relieve la peligrosamente amplia brecha entre las promesas verbales idealistas de Obama hechas en campaña y las crudas realidades que rigen el mundo.

Todo presidente nuevo se ve sometido a esta tensión, pero en el caso de Obama, creo yo, es más acusada, y más traicionera políticamente por tanto. El atractivo fundamental de su candidatura residió en que él no sólo iba a eliminar las manchas de la administración Bush, sino que iba a superar las maniobras partidistas y el clientelismo de los grupos de interés que han alienado a los votantes de su gobierno.

Como dijo Obama al anunciar su candidatura, "Frente a una política que consiste en callarnos la boca, en hacer que nos conformemos, en dividirnos durante demasiado tiempo, creemos que como un pueblo podemos, podemos alcanzar lo posible, podemos construir una unión más perfecta."

En realidad, la campaña de Obama no siempre estuvo a la altura de la retórica de Obama: él invitó a los votantes a "una política que saque lo mejor de nosotros", pero cedió a la tentación de utilizar tácticas de miedo siempre que la necesidad política lo exigía. Como escribí el pasado mes de octubre, "Lo mejor de nosotros, según parece, no abarca a los mejores estrategas de campaña". O, añadiría ahora, los mejores asesores de la Casa Blanca.

En cualquier caso, las promesas fueron tan grandes, el momento tan inspirador, que el después estaba condenado a decepcionar.

Las promesas de campaña aparentemente simples acaban siendo problemas inabordables. El cierre de Guantánamo y poner fin a la política Clinton de los homosexuales en el ejército son cosas más fáciles de anunciar que de lograr. Esto no es ninguna sorpresa para nadie que se tomara el tiempo de preguntar cómo, exactamente, se iba a lograr. Pero las campañas se ocupan de las elecciones en primer lugar, y la implementación va después.

Las posturas claras ceden el paso a las realidades políticas. Que Medicare negocie el precio de las especialidades cubiertas por las recetas cede el paso a la necesidad de contar con la colaboración de las farmacéuticas. El plan de lucha contra el cambio climático presentado durante la campaña que consiste en subastar licencias de emisión se convierte, sin que la Presidencia haya dicho ni pío, en una medida aprobada por la Cámara que reparte gratuitamente el 85 por ciento de las licencias como regalos políticos destinados a los legisladores de los distritos que se verían afectados por la imposición de límites estrictos a las emisiones.

Especialmente en el ámbito de la seguridad nacional y la política exterior, la situación parece más compleja desde el punto de vista de la planificación que como se veía durante la campaña. Es fácil proclamar la necesidad de "restaurar nuestra Constitución y el estado de derecho," más difícil es resistirse a prolongar las políticas de la administración Bush en cuestiones como la invocación de la fórmula legislativa que ampara el "Secreto de Estado" y el uso de declaraciones presidenciales no vinculantes.

Es fácil hablar de una nueva era de relaciones con Irán y Corea del Norte, más difícil es averiguar qué hacer cuando esos regímenes - que liquidan manifestantes o llevan a cabo provocadoras pruebas balísticas - demuestran ser intransigentes.

Pero el mayor peligro para Obama, en mi opinión, radica en la cuestión de si puede o no alumbrar aquella nueva política post-partidista más allá de los grupos de intereses especiales que vaticinó durante la campaña. En un mes de actos reventados con el electorado y legislaciones atascadas, no parece probable. La noticia del acuerdo secreto con Tauzin sólo puede agravar el descontento.

Lo cual nos lleva a la cuestión fundamental que encara la todavía joven administración: ¿Qué sucede cuando la gente empieza a preguntarse si realmente puede creer en este cambio?

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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