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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Morir de éxito o montar una empresa en España

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
martes, 11 de agosto de 2009, 02:19 h (CET)
Aunque el nacimiento suele ser hermoso, la muerte casi siempre es algo atroz. Así es arriba como abajo, en fin, y con la cosa de las empresas sucede exactamente lo mismo. Es una trampa, no sé si de la vida, a la que le gusta jugar con la geometría de fractales, o si del Estado, que pretende sacar leche de la ubre contribuyente, incluso cuando de ésta sólo mana sangre; pero de lo que no hay duda es de que montar una empresa en España y adquirir una buena porción de papeletas para morir de éxito, es todo uno y lo mismo.

“¡Guárdate de tus deseos, pues se pueden convertir en realidad!”, es ni más menos que una sentencia que debieran tener muy en cuenta quienes, animados por un momento de esplendor fantasmagórico o forzados por las circunstancias debido a un despido de la empresa en la que trabajaban o al algo así, pretendan montar una empresa en España. No es cosa fácil, desde luego, y se ha de dejar uno un capitalazo en asesorías jurídicas o la piel por las Administraciones más diversas soltando pasta a tutiplén y rellenando mil y un absurdos e incoherentes formularios, pero si la cosa va mal, deshacer el entuerto, cerrar la empresa y poder seguir siendo una persona... normal, digamos, es algo sencillamente imposible. Habrá muerto de éxito.

Sufre el nuevo empresario al abrir su pequeña empresa, pero de él no quedarán ni los restos mortales cuando tenga que cerrarla, si es que el negocio no le ha ido bien. Es la trampa del Estado para colarse como un maligno parásito en cuerpo del ingenuo que escuchó las sirenas de sus sueños. Poco importa que el fracasado empresario justifique que cierra porque está quebrado, que no tiene recursos ya con qué pagar, que invirtió cuanto tenía en dar aliento a una empresa que, lamentablemente, no fue bien. Al Estado no le importará en lo más mínimo, porque el Estado sólo conoce la piedad o la misericordia —del respeto ni hablamos— cuando se trata de un pez gordo, de un político o de un amiguete del chiringuito del poder de turno. Éstos sí pueden cerrar unas empresas encenegadas de deudas para abrir otras saneadas sin que pase nada. Sin embargo, el pequeño empresario que fracasó, verá cómo el pérfido Estado le pone mil y una trabas para que pueda echar el cierre y dilata el procedimiento con mil artificios para que siga generando tributos y aumentando su deuda, forzándole a tener que contratar con lo que no tiene a desalmados abogados —¿cuál no lo es?— y a exponerse en la plaza pública como un reo digno de ser execrado por las multitudes. Y si en un logro sin parangón este empresario venido a menos consigue cerrar su empresa, nunca más podrá tener a su nombre ni un céntimo, ni una propiedad y ni mucho menos una nómina, simple y sencillamente porque el Estado, que se ha atribuido a sí mismo la capacidad de meter sus zarpas en lo ajeno, insaciablemente le saqueará su cuenta corriente, le expropiará y precintará cualquier propiedad que pueda tener en el resto de su vida y le sustraerá por el artículo 33 la mayor tajada de una nómina que jamás podrá satisfacer los intereses usureros de ese Estado que lo quiere todo: su vida. Total, que como quien hizo la ley hizo la trampa y las leyes las hace el Estado, el fracasado empresario morirá de éxito y ya no podrá escapar jamás de sus zarpas. Si es el Estado el que se retrasa en el reintegro de sus deudas meses o incluso años, no pasa nada; pero si se retrasa un solo día el contribuyente, entonces toda la sevicia del poder cae sobre el moroso con un impagable veinte por ciento de recargo, más una multa tan inmoral como enorme y más violación de la dignidad de aquél que quiso ser empresario y murió de éxito.

Querer cerrar una empresa en España es morir de éxito en España. El conato de empresario, en el momento que estampa su firma en el documento de fundación de una sociedad, deja al instante de ser persona para convertirse en un zombi animado por el bicho que lleva en su interior como huésped, el Estado, esa alimaña parásita que le irá sorbiendo la vida al tiempo que le extorsiona para repartir con él sus beneficios. Cuando para el nuevo empresario las circunstancias sean adversas, constatará con el mayor dolor que de nada le sirvió haber tenido un socio que, además de no trabajar y ponerle constantes zancadillas, le quitó casi la mitad de lo que ganó con único el sudor de su frente, porque el Estado querrá seguir cobrando a como dé lugar y se convertirá en su más feroz y patibulario acreedor, persiguiéndole por la vigilia y el sueño, y robándole lo poco de vida que le queda.

El cadáver del funesto empresario, por fin, quedará expuesto al público y será carnaza de los buitres sociales y estatales, mientras sus huesos amarillean en el más profundo y visceral odio a España.

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