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Escenario electoral afgano: 80% títeres, 20% drama político

Ben Tanosborn
Ben Tanosborn
martes, 11 de agosto de 2009, 02:18 h (CET)
En menos de dos semanas, Afganistán tendrá sus segundas elecciones presidenciales desde que Estados Unidos ocupara el país en noviembre del 2001. Elecciones que en EEUU decimos ser democráticas aunque para muchos afganos y extranjeros no es sino el proceso de coronar a un monarca-vasallo de la celebrada dinastía: Casa del Dólar. Claro que el titulo en cuestion es el de presidente; su ultimo rey, Zahir Shah, fallecido hace dos años, nunca reclamó la corona tras ser depuesto en 1973.

Aunque sumamente atraído tanto por la cultura como por la historia de esta parte del mundo, nunca he visitado esta tierra, y han sido pocos los afganos que he conocido y a los que nunca consideré representantes de Afganistán; casi todos personas de la aristocracia de su país, bien fueran estudiantes universitarios o profesionales optando por vivir en su muy escogido exilio. Y durante estos seis últimos años que comento en mis columnas sobre la guerra en ese exótico país, siempre he tenido que contar con mi amigo europeo, y periodista, Mingo, en cuyo juicio e imparcialidad confío, un afganofilo de pura cepa quien ha vivido casi ocho años de esta última década en Afganistán, habla el dari con fluidez y tiene innumerables contactos a lo largo y ancho de esa tierra.

“El mal-puesto honor norteamericano,” dice Mingo, “posiblemente influya a que la Casa Blanca, Pentágono y Congreso continúen con esta guerra como lo hicieran hace cuatro décadas con Vietnam; pero vuestra estancia en Afganistán, de Obama acceder a ello, será dolorosa, y al final, como hicieran con los rusos, los Pashtun os echarán de allí”.

Los norteamericanos no deben contar con una victoria de Hamid Karzai en la primera ronda del 20 de agosto; a menos, claro está que la región sureña de los Pashtun donde es el favorito le de un margen abrumador, incluyendo votos fraudulentos, sobre los otros 35 candidatos. Según Mingo, la corrupción en ese país es omnipresente en el gobierno, tanto en el federal como en los provinciales, y muchos de los votantes se sabe lo harán varias veces. Pero bien sea Karzai quien salga victorioso, o uno de sus dos rivales principales – Abdullah Abdullah, ex ministro de asuntos exteriores o Ashraf Ghani Ahmadzai, ex ministro de finanzas – que pueda lograr una coalición para derrotarle, el país continuara en “manos corruptas” que parece ser el sistema de vida cotidiana tolerado en ese país, y una de las razones fundamentales por la que tantos afganos se rebelan contra el Occidente y los que entre ellos se benefician de esa presencia de las fuerzas militares que ocupan el país. Mingo está convencido que son muchos en la población los que recuerdan con nostalgia esa era de paz y justicia islámica, sharia, cuando los talibanes gobernaban Afganistán.

Durante el pasado medio siglo los afganos han sido expuestos tanto al sermoneo como a la practica de tres distintas filosofías políticas: socialismo – estilo soviético, fundamentalismo islámico de los talibanes, y capitalismo democrático del Occidente – mas específicamente, el norteamericano. Para Mingo, la preferencia y lealtad afganas pueden variar de vez en cuando, pero el capitalismo democrático tiende a ser la menos aceptada entre las tres ideologías. De ser así, si los norteamericanos insisten en permanecer allí, no tendría otro motivo que sus intereses propios… y no los intereses del pueblo afgano, no importa las plazas escolares que los norteamericanos logren para la mujer, o lo que se gasten en relaciones publicas; mas aun cuando ojos y oídos afganos están enfocados en el numero de victimas civiles que infligen los militares estadounidenses en su lucha con los talibanes; una escena triste cuando se compara a la experiencia rusa de “daño colateral”… sobretodo cuando proviene de una fuerza militar que se supone posee un armamento certero según el Pentágono. Y, claro está, al pobre pero sartorial Hamid Karzai siempre se le pone entre la espada y la pared, defendiendo a los ocupadores, pero aparentando a la vez ser el defensor del pueblo.

La Casa Blanca, el Pentágono y hasta el gobierno afgano minimizan las inquietudes que expertos parecen tener – el Consejo Internacional sobre Seguridad y Desarrollo, ICOS-siglas en inglés, principalmente – en cuanto a lo significante de la presencia talibana por casi todo Afganistán. Pero las victimas, tanto norteamericanas como de los otros miembros de la OTAN, que eventualmente sufrirán las fuerzas de ocupación lo dirá todo. De acuerdo con Mingo, el plan que expusieran los talibanes en 2007 de intensificación geométrica del conflicto en su campaña para recuperar las riendas del país en el 2011, marcha como un reloj. Hasta ahora, su estrategia general y la naturaleza de sus tácticas están dando en diana.

Pero si nuestra CIA es ineficiente o negligente en traer esta realidad a la Casa Blanca, el Mossad israelí no lo es, y ya tiene a sus marionetas sionistas en los altos lugares de los comités apropiados del senado estadounidense tratando de que la Casa Blanca doble (o triplique) el número de fuerzas afganas en los próximos dos años, cueste lo que cueste que “ellos” (un Senado que obviamente está a merced de la influencia de Israel) están dispuestos a sufragar y que probablemente termine siendo unos 30.000 millones de dólares. Aquí tenemos a los senadores Carl Levin, presidente del Comité de Fuerzas Armadas, y Joseph Lieberman, presidente del Comité de Seguridad Patria, dispuestos a que esto ocurra. Y un Rahm Emanuel en la Casa Blanca listo para hacerle tragar todo esto con embudo al presidente cuando llegue el momento.

Pero un combinado militar-policial de 400.000 a 500.000 afganos no bastará para hacer cara a los talibanes, nos dice Mingo, y la mayoría de esta fuerza bien entrenada por los ocupadores es muy probable termine uniéndose a la hora de la verdad a los talibanes en contra del invasor, y el régimen-marioneta allí instalado.

Nos preguntamos si la presencia militar estadounidense en Afganistán es algo que tiene que ver con los intereses económicos y militares de EEUU o es simplemente el instinto de los norteamericanos el preguntar “a que altura” cuando los israelíes les piden que salten. Una pregunta que tiene poco de difícil, pero mucho de embarazosa.

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