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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El cabreo que empieza a perseguirnos

Kathleen Parker
Kathleen Parker
martes, 11 de agosto de 2009, 02:14 h (CET)
Tal vez sean los tiempos que corren, pero tres amigos se pusieron hace poco en contacto en cuestión de 24 horas para ponernos al día. O más bien, para tranquilizarse.

Una informó de la aparición de ataques de pánico. Otra está en tratamiento por depresión. El tercero inició así un correo electrónico pidiendo ayuda: "Las informaciones acerca de mi trabajo han sido exageradísimas".

Las dos primeras son mujeres, entre 40 y tantos y 50 años. El tercero es un hombre de unos 50 años. Todos ellos tienen una cosa en común: Están en el paro.

Ninguno se muere de hambre aún, pero "aún" parece más cerca de lo que parecía antes.

"¿Qué pasa si no puedo encontrar trabajo? ¿Nunca?" pregunta "Sandra". Se reía, pero era la risa nerviosa. Sandra no está segura en absoluto de que las cosas se vayan a arreglar.

Aunque sumidos en el bache del paro, ninguno de mis amigos encaja en las categorías de los ciudadanos indignados conocidas como "teabaggers" y "townhallers" Los teabaggers son los conservadores que protagonizaron las manifestaciones contra la política fiscal de Obama a principios de este año. Los townhallers son los ciudadanos que plantan cara a los líderes del Congreso cuando éstos vuelven a sus distritos de origen a explicar a su electorado lo que están haciendo.

Las reuniones con los electores se han convertido en actos volátiles interrumpidos por los gritos. En Long Island, el Representante de Nueva York Tim Bishop tuvo que ser escoltado por la policía hasta su coche por peligrar su integridad física. Posteriormente Bishop suspendía los actos informales con los electores de su distrito.

Considerados en general como un pequeño grupo marginal, los manifestantes han sido descritos de manera despreciativa por los líderes Demócratas. La presidenta de la Cámara Nancy Pelosi afirmaba que algunos "llevan la cruz gamada". Los Senadores Dick Durbin de Illinois y Chuck Schumer de Nueva York han despachado a los manifestantes como irrelevantes.

Es fácil hacer caso omiso a esas personas, sobre todo al aflorar rumores que apuntan a que las manifestaciones pudieron haberse coordinado a través de FreedomWorks, el grupo de presión en Washington de Dick Armey, el ex secretario de la mayoría conservadora en la Cámara. Asimismo, un tipo de Connecticut llamado Bob MacGuffie y cuatro amigos que formaron un comité de acción política el año pasado han venido distribuyendo una nota que enseña a la gente a infiltrarse en los actos y humillar a los congresistas Demócratas.

Aun así, no estoy tan segura de que estas protestas sean insignificantes. ¿Están de verdad tan lejos mis tres amigos de esas expresiones de acusada frustración? Últimamente tienen un conocimiento nuevo de primera mano de cómo la incertidumbre, agravada por el paro y las deudas crecientes, se transforma en ira.

Y luego, por casualidad, ¿en rabia?
Sandra la siente.
"La angustia por la prestación sanitaria es real porque la gente simplemente está angustiada en general. No tienen puesto de trabajo, y los que lo conservan están preocupados por perderlo. Dicen, 'Madre de Dios, ¿debo 10.000 dólares de la tarjeta y usted me habla de cambio? ¿Sabe qué, amigo? no puedo ahora mismo con nada más".

Algunos detractores Republicanos de la reforma sanitaria pueden ser acusados justificadamente de usar tácticas para instigar miedo, como permitir que los ancianos crean que tienen que elegir una fecha de muerte en virtud del Obamacare. Rush Limbaugh ha dicho, por ejemplo, que "las personas de una cierta edad con ciertas enfermedades serán consideradas indignas de la inversión, y... les darán pastillas para el dolor, y se las dejará así hasta que se mueran."

Pero en realidad no es necesario asustar a la gente con escenarios ficticios para despertar oposición a una reforma de la sanidad que sumará 239.000 millones de dólares al déficit presupuestario federal en 10 años (según la independiente Oficina Presupuestaria del Congreso). Esto sería además de los 11 billones de déficit ya previsto entre 2009 y 2019 bajo los presupuestos del Presidente Obama.

¿Por qué iban a estar molestos?
El resto del mes de agosto promete ser un campo de batalla de anuncios enfrentados a cuenta de la reforma sanitaria, todos los cuales probablemente se sumen a la ansiedad nacional de no tener rumbo. El quid de esta ansiedad es la pérdida de confianza, que se refleja en la caída libre de la popularidad de Obama. Una nueva encuesta de la Universidad de Quinnipiac muestra que sólo la mitad de los encuestados aprueba la labor del presidente, siete puntos por debajo de los niveles de hace un mes.

Así es como un agente inmobiliario de Florida resumía el espíritu: "La gente no cree a los políticos ni al gobierno ni a las estadísticas del gobierno, ella conoce parejas a patadas que están perdiendo sus casas y sus coches.... Básicamente, se trata de una desconexión total del gobierno, y el gobierno no puede influir en sus decisiones a menos que les regale dinero, pero todos los indicios refuerzan su falta de fe".

Las protestas en actos públicos se pueden amañar, pero nadie tiene que prefabricar la rabia que se manifiesta por todas partes. Con un índice de desempleo en el 9,4 por ciento, los días de perros están empezando a sonar como los perros de la guerra.

Tal vez el Congreso y Obama quieran empezar a tomar nota.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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