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Etiquetas:   Crítica de cómic   -   Sección:   Libros

‘El arte de volar’ de Antonio Altarriba y Kim: Un álbum inapelable y demoledor, un candidato al Premio Nacional de Cómic 2009

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 10 de agosto de 2009, 00:16 h (CET)
Tremendo. ‘El arte de volar’ es un cómic que no va a pasar desapercibido. Un trabajo inapelable y demoledor por lo menos, se lo aseguro. Aunque no es el primer álbum construido con datos reales, estamos ante una biografía recubierta por el andamiaje de la ficción gráfica, ya que sus autores, Antonio Altarriba, escritor, y Kim, dibujante, escogieron el noveno arte como vehículo de expresión.




Portada del cómic.


Según cuenta en el prólogo el crítico e historiador Antonio Marín, Antonio Altarriba concibió este álbum a partir del hallazgo de más de doscientas cincuenta hojas manuscritas por su padre en las que relataba su vida. Antonio Altarriba padre se suicidó en 2001, arrojándose al vacío como un pájaro sin alas (y sin ganas de tenerlas). De ahí arranca el título y el cómic. Aunque Altarriba hijo poseía suficientes conocimientos sobre su padre,"lo que sé de él no es por haberlo oído o leído … lo que sé de su vida es porque, como he dicho, yo estaba en él o, quizá, era con él … y ahora, una vez muerto, él está en mí. Así que puedo contar su vida con la verdad de sus testimonios y la emoción de una sangre que aún corre por mis venas", estas cuartillas tuvieron la virtud de ofrecerle la posibilidad de profundizar todavía más en su universo interior, un mundo ciertamente amargo, con el que malvivió durante noventa años. Dicho así parece fácil, pero noventa años de condena son una losa difícil de soportar.

‘El arte de volar’ comienza en el momento clave: cuando Antonio Altarriba se suicida. Es el final al principio, pero ese final, precisamente, es el que desencadena el relato posterior ya que todo lo que se cuenta se articula sobre esta estructura. Dividido en cuatro partes, cada una de sus carátulas incluyen, piso a piso, de arriba abajo, las secuencias de la caída al vacío del protagonista.

Los primeros años de la vida de Antonio Altarriba ya son especialmente duros allá en su pueblo, Peñaflor, donde la vida transcurre entre arado y arado, siembra y siembra, siega y siega, Altarriba trabajará la tierra en penosas condiciones y contra sus deseos, encerrando su voluntad, reprimiendo sus continuos anhelos de cambiar de vida. Sus fugas, frustradas, para escapar del autoritarismo desmedido y cruel de su ancestro, conocer otros mundos y vivir en la ciudad, irán horadando en el ánimo del protagonista una sensación de derrota agrandada por el peso de los años. Pero la tensión vital de Antonio todavía se incrementará mucho más. La Guerra Civil y la II Guerra Mundial terminarán por hundir su ánimo en la miseria más execrable. Las ilusiones al garete; la tristeza y la barbarie al poder. Las penurias de la guerra civil que Altarriba intentará combatir como mejor sabe (conduciendo un Hispano Suiza en el que transportará el correo – "cartas de sufrimientos y penurias, pero, sobre todo, de amor ... hay muchos besos y muchos abrazos en ellas ..." –, recogerá heridos más adelante, como si se tratase de una ambulancia, o acarreará compañeros en camiones hacia el frente), unidas a su estancia en un campo de refugiados en Francia, casi tan horrible como los campos nazis de exterminio, se convertirán en implacables lastres para su vida. Pero todo lo superará aunque pague un altísimo peaje por ello. Antonio Altarriba es un auténtico superviviente, un luchador a veces involuntario por la pervivencia en este planeta. ‘El arte de volar’ es una prueba fehaciente más de la trascendencia de la Guerra Civil entre los españoles, una vivencia que ha envenenado los traumas de varias generaciones, sazonada con la barbarie que siguió en la posguerra.

No es la primera vez, ni mucho menos, que el tema se trata en el cómic. Obras como ‘Eloy’ o ‘Río Manzanares’ de Antonio Hernández Palacios o ‘36-39 Malos tiempos’ de Carlos Jiménez o la recientemente galardonada en el pasado Salón del Cómic de Barcelona, ‘Las serpientes ciegas’ de Hernández y Seguí, también nos han hablado de los horrores y entresijos de la contienda. Sin embargo, ‘El arte de volar’ añade matices propios, como la convivencia diaria entre los integrantes de la Centuria Francia o la evolución de la lucha, de la euforia a la decepción y al desasosiego incierto por la inminente derrota. Y sobre todo añade la desesperanza, no sólo en tiempos de guerra sino también después, en la posguerra, en el tiempo del estraperlo. Todo está corrupto, comprado, vendido, sin magia, amargo, triste … y lo que es peor: a ambos lados de la frontera pirenaica. Pero no crean que ‘El arte de volar’ corresponde a la visión desesperada de un suicida depresivo (les recuerdo que el protagonista se suicidó a los 90 años, en el cómic y en la vida real). No, todo lo contrario. Se trata de una visión real, que en algún momento de la vida asalta a una buena parte de los mortales que poblamos el planeta, una perspectiva innegable, crítica, ácida, verdadera...Y sobretodo lúcida. Nada es lo que parece, todo es mentira. Y ambas cosas, verdad y mentira, tienen precio.

Sin embargo, en un álbum tan cuidado con una calidad literaria de los textos más que notable, hay algo que llama la atención. Y por partida doble. En uno de los regresos de Antonio Altarriba a su pueblo, Peñaflor, antes de alistarse a la fuerza en las tropas nacionales, durante unas viñetas se nos pinta a un antiguo amigo del protagonista, un tal Damián, como una auténtica bestia parda de la guardia civil. Controla hasta tal extremo la situación del pueblo, que las vidas de sus habitantes dependen casi de su capricho. Ha mandado fusilar a cuantos desafectos al régimen golpista se han puesto a su alcance y a él mismo no le tiembla el dedo para apretar el gatillo, si la oportunidad lo requiere. Curiosamente, Altarriba elude la ferocidad controladora del picoleto con absoluta facilidad. Es como si el guardia, en realidad, fuese un completo imbécil, todo serrín, en vez del tipo astuto y feroz que se nos anunció antes. Poco después se repite la historia, pero en el otro bando. Cuando Antonio consigue cruzar el territorio que separa las trincheras, ese predio gobernado únicamente por las balas de todos, y pasarse al bando rojo, es sorprendentemente bien acogido por los miembros de la Centuria Francia ya citada anteriormente, un batallón organizado de aquella manera y cuyos miembros pertenecen a la CNT. En plena guerra, en el filo de una batalla, cuando alguien cambiaba de mando, lo primero que se le hacía era interrogarle para averiguar que no era un traidor, un quintacolumnista, de esos que tanto daño hicieron en la retaguardia republicana. Y lo más probable es que anduviera muy cerca de los pelotones de fusilamiento, de ambos lados, claro. Pero en este caso, los cenetistas se comportan como auténticas hermanitas de la caridad, receptivos hacia Antonio, cuando es conocida la belicosidad de la CNT durante la Guerra Civil. En pocas palabras, es como si los anarquistas y Damián, el severo guardia civil de Peñaflor, de repente hubieran sido poseídos por el mismo grado de idiotez humanista.

El capítulo amoroso, pleno del idealismo del protagonista, no puede ser más deprimente. Una tras otra, todas sus ilusiones se ven rotas, aunque ello no sea sino la continuación de sus fracasos en todos los campos de la vida. Los golpes morales se suceden sin demora. Las insatisfacciones, la sensación de hastío, la derrota, como muy bien reza en las primeras páginas del libro, se acumularon a lo largo del tiempo. Y el protagonista, con muchos arrestos, buscando una segunda oportunidad, consiguió aplazar la decisión final mucho tiempo: "mi padre tardó 90 años en caer de la cuarta planta". Un esfuerzo supremo por la supervivencia, por la esperanza, por el advenimiento de tiempos mejores, que parecieron llegar con el nacimiento de su hijo. Pero nada más, sólo lo parecieron.

Con todo lo ya expuesto, sin embargo, la parte más rica y menos manida es la última. Los sueños de un ahora sí depresivo Antonio Altarriba, ingresado en un sanatorio psiquiátrico, la historia del topo, los miedos y las angustias que sufre, el resumen de su pasado cuyos protagonistas llegarán a erigirse en los propios jueces de su existencia, me parecen sencillamente soberbios. Traducir las ensoñaciones, lápiz en ristre, no parece tarea fácil. Sin embargo, Quim lo borda y cada una de las viñetas es fiel testimonio de la mente del bueno y hastiado Antonio. Magistral la escena del tribunal, magistral su liberación, magistral su decisión final, plena de valentía y libre albedrío. Y es que la vida de Altarriba, es una continua frustración, una acumulación de amarguras, de fracasos, de decepciones… Todo real, como la vida misma de la que, sin duda, emergen.

El dibujo de Quim (Joaquim Aubert i Puig Arnau) me parece sencillamente sobresaliente. Son numerosísimas las pequeñas viñetas donde las figuras se abarrotan entre los cuatro márgenes, escenas multitudinarias, de manifestaciones o paradas militares, de verbenas y bailes, donde la minuciosidad del dibujante barcelonés alcanza cotas extraordinarias. Un auténtico derroche de detalles y de expresividad. También resulta tremendamente adecuada la utilización del blanco y negro en lugar del color. La vida y los recuerdos de muchos españoles de aquellos años, quizá a fuerza de NO-DOS, son blancos y negros, complementados algunas veces con el gris, el gris que teñía el cielo patrio de tupidas nubes que ocultaban un futuro que se asomaba incierto hasta tal punto, como sienten los personajes que desfilan por ‘El arte de volar’, que muchos pedían la muerte antes que seguir vivos, rodeados de miseria, hambre y enfermedades. Vida que no era vida sino muerte en vida. Saben, una de las cosas de las que más me alegro es que jamás leí ni una historieta de ‘Martínez, el Facha’, un personaje que este dibujante de ‘El Jueves’ viene publicando desde hace más de treinta años. Y no me alegro porque crea que es un personaje irrelevante, sino porque esta circunstancia me ha permitido acercarme a ‘El arte de volar’ carente de prejuicios. Miren por donde, por una vez, la ignorancia sí ha servido para algo.

De los textos y el guión de Antonio Altarriba hijo, ya he comentado algo. El álbum no te engancha, te arrebata, te hace suyo hasta el final. Y los textos muy bien perfilados y trabajados, con una espléndida selección de vocabulario. En ‘El arte de volar’ se conjugan más que nunca imagen y escritura, la esencia del cómic.

Ah, una última advertencia, y esto no es censura: menores abstenerse. Antonio Martín ya lo señala en su prólogo: "esta obra se dirige deliberada y definitivamente, de forma exclusiva, a un público maduro mentalmente, a unos lectores que no leen por simple entretenimiento, con una historia que tiene la dimensión y la textura de una novela". Yo quisiera ir todavía un poco más lejos: el Premio Nacional de Cómic 2009 no puede perder de vista ‘El arte de volar’. Primero por la categoría indiscutible de la obra y segundo, porque es una buena oportunidad de cerrar cicatrices que todavía siguen demasiado abiertas. Amén.

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‘El arte de volar’. Antonio Altarriba – Kim. Edicions de Ponent, mayo 2009. 208 páginas, 22 euros.

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