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Patibularios

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 7 de agosto de 2009, 09:56 h (CET)
En el fondo de la sentina social hay semblantes que espantan, modos que dan miedo, carácteres feroces de hombres sin escrúpulos que ven en los demás sólo la satisfacción de sus depravados instintos. Hay que armarse de coraje para entrar en algunas periferias, tener el ánimo bien templado y saber adónde y cómo se va, sin hacer ostentación de nada que pueda atraer el interés de los desalmados. La geografía parda y sucia de esos barrios impone una cautela de presa acechada, un aceleramiento cardiaco posible sólo por borbotones de adrenalina. Todo es feo, gris, patibulario, y hasta a veces es difícil discernir entre la horridez que insufla al rostro un alma perversa de la feotonería característica de las clases menos favorecidas. Los modales no ayudan, el lenguaje no ayuda, las modas de baratillo no ayudan, y el visitante esporádico sabe que oculto entre los recios trabajadores hechos a la ignominia, el maltrato y los salarios de esclavo, se esconden criaturas rebeldes a su suerte que no tienen empacho en cubrir sus necesidades a punta de navaja. Dan miedo estos cubiles de delincuencia de infectos olores, sépticas callejas y esos rateros malencarados.

En las cumbres de la sociedad, sin embargo, todo es verde y ordenado. Se respira un ambiente saludable y los amplios paseos de las lujosas urbanizaciones suelen estar jalonados de sauces esplendorosos, hierba bien recortada, casonas señoriales que recitan abolengos o haberes multimillonarios. Aquí, en estas alturas, los jardines son cuidados por algunos de los de antes, de los de los muladares o los barrios obreros, o por esos indocumentados emigrantes a los que aquí se les ponen cofias, mandiles, botas de jardinero o uniformes de guardas jurados. Aquí, donde los señores parecen más señores, los de la sentina social que sirven y reverencian parecen menos feos o más personas, al menos durante el tiempo de su jornada, que suele durar casi todo el día, o mientras las reverencias persisten. Las reverencias de los pobres parece que los redimen su miseria.

Cada mañana, en los diarios, la sociedad en pleno se entera de las refriegas habidas en las periferias, de los gritos y altercados que orlaron sus habituales atardeceres y hasta están moteados con algún crimen entre delincuentes o con alguna violación despiadada. Nada dicen de las urbanizaciones de mucho lujo, donde la paz más profunda y la tranquilidad más augusta se deslizó como de costumbre, con el sueño velado por los hijos de la profundidad de antes.

No se hacen fortunas trabajando, sin embargo, y en los confalones de los mástiles orgullosos que semejan las altas chimeneas de las mansiones, se riza una brisa de muerte lejana producida por manos ajenas, un aire de explotación abusiva que engendra miserias y aún vientos de especulación que generan tragedias. En los barrios se trata con la vida y con la muerte cara a cara, se lidia cuerpo a cuerpo con la pobreza y se lucha alma a alma por el amor y la supervivencia, entretanto en las cumbres sociales se trapichea con la ley, se untan guardas, se compran afectos y adhesiones o se utilizan policías o sicarios para abrir camino a los negocios o llenar las cuentas de los bancos. En los muladares, la navaja en el asalto; en las cumbres, la ley y la trampa. En los muladares, la batalla de cada día; en las cumbres, la promoción de la guerra. En los muladares, el amor a carne abierta; en las cumbres, la carne sola y salada... pagada; En los muladares, la necesidad que enferma; en las cumbres, la enfermedad manufacturada y la cura que se vende. Y en los muladares se viste por fuera, a la luz y a la cara, lo que en las cumbres se esconde celosamente bien hondo, en las almas. Feos de cara y feroces en apariencia los unos, en los barrios; horridez de alma y perversos los otros, en sus estuches de lujo de las urbanizanes.

La belleza y la fealdad patibularia juegan a ochos entre muladares y cumbres: por fuera en los altos, por dentro en los bajos. Es la picardía de una sociedad que sólo muestra lo que quisiera ser y esconde lo que es. La cosa parece equilibrada, pero no lo está: las enormes injusticias, los millones de muertos por la codicia desenfrenada, los millones de vidas segadas por yeguadas narcóticas, los millones de desempleados por las crisis inventadas, las guerras inventadas y las enfermedades inventadas, son los cimientos sobre los que se levantan las grandes fortunas y los pilares que soportan las soberbias mansiones de las urbanizaciones de los altos sociales. Los patíbulos, después de todo, siempre estuvieron en lo más alto.

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