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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El toro, el caballo, el tractor y la crueldad

Julio Ortega Fraile
Redacción
jueves, 6 de agosto de 2009, 10:27 h (CET)
Ya no les basta con los estoques, ni con las lanzas, tampoco tienen suficiente con las sogas, con los dardos o con el fuego, que rebuscando en esos sórdidos rincones en los que nacen la depravación del hombre y los engendros de su miseria, siempre es posible encontrar perversiones aún mayores; por eso, en la Localidad Zamorana de El Piñero y para celebrar las Fiestas en honor a Santa María Magdalena, se han servido de una modalidad de crueldad contra un toro y una vaca que sin ser nueva tampoco es frecuente: la utilización de vehículos a motor para acosarlos y golpearlos, todo como parte de una ceremonia brutal cuyo momento culminante, ese que todos los asistentes aguardan ansiosos, es la muerte de los animales después de padecer lo indecible y de soportar las aberraciones que algunas mentes humanas, abundantes en ignorancia y escasas en moral, son capaces de concebir.

¿Qué es lo que ocurre en este País en el que los festejos que pretenden honrar a Vírgenes y Santos, pasan tan a menudo por el sacrificio de seres vivos?, ¿no tiene nada que decir la Iglesia al respecto?, ¿es que tal vez está de acuerdo con esos rituales salvajes y primitivos y que sólo intereses degenerados permiten que sigan perdurando a día de hoy?. A juzgar por su silencio cómplice parece que así es, que aquellos que predican que el “Amor es el camino”, callan y otorgan aunque a lo largo del mismo, vaya quedando un reguero de cadáveres y de sangre tantas veces derramada en su nombre. Bienaventurados los crueles que ellos saciarán su fiereza en el seno de la Iglesia.

Nos cuenta la crónica del encierro, empleando el sempiterno tono épico de los taurinos - como si los hechos constituyesen una gesta que nos transmitiese la grandeza del ser humano - que: "el toro, "bravío y valiente", arremetió contra uno de los caballos... el caballista salió ileso del percance después de lanzarse al suelo y poner pies en polvorosa cuando su caballo recibió el primer puntazo del toro, que no cesó de ensañarse con el equino hasta que uno de los todoterrenos que se encontraban allí para participar en el encierro campero, llegó para apartar al astado...". No crean, sin embargo, que los asistentes vieron empañada su alegría por tan penoso suceso, pues a pesar de ello el Diario califica el encierro de "bonito, entretenido y divertido" y en el que "los caballistas disfrutaron al máximo". Nada nos dice del caballo herido por el toro, de su miedo y de su dolor, sólo sabemos que el "valiente jinete" huyó a toda prisa dejando a su montura a merced de las cornadas. ¿Y para qué preocuparse?, caballo y toro no son más que dos animales al servicio del hombre y lo son hasta el instante de su muerte, a los que juran amar mientras desde la distancia, observan como uno destripa al otro en un enfrentamiento propiciado por el ser humano, para su placer y su negocio, una lucha en la que las víctimas nunca tienen la opción de decir que no.

En la cruenta salvajada de El Piñero participaron además de hombres a pie y a caballo, coches de todo tipo, quads y tractores. Métanse en la piel del toro o de la vaca, en esa misma que sirve para nombrar, con ínfulas poéticas, a esta España en la que el astado nace para padecer y padece para morir e imaginen su terror, su angustia indescriptible sabiéndose perseguidos por una horda con el sadismo dibujado en sus rostros, la ferocidad en las miradas y en sus manos, la muerte. Y ahora, a cientos de seres embriagados de brutalidad y con la ley de su parte, súmenle docenas de vehículos e intenten ponerse en el lugar de esos animales, aturdidos por el ruido, atemorizados por el acoso, dolientes por los golpes y solos, completamente solos ante una agresión continua, multiplicada y despiadada hasta el último instante. ¿Puede realmente divertir un acto así a alguien?, ¿es posible que exista alguna justificación para preservar tal derroche de cobardía, de iniquidad y de encarnizamiento?. En España sí, aquí la defensa de semejantes atrocidades si bien cuenta con un respaldo minoritario, es llevada a cabo con inconcebible vehemencia y acompañada, no en pocas ocasiones, de la violencia por parte de los que la han convertido en un ideario lúdico y también se valen de ella contra los que expresan su repulsa a tales ruindades.

La crónica termina relatándonos como después de dos horas de sañuda diversión, participantes y espectadores “se reunieron para tomar un aperitivo y dejar paso a la música con la actuación de grupos musicales regionales”. Así son algunos seres humanos, capaces de hundir su pica en el cuerpo de una vaca o de atropellar con un tractor a un toro para unos minutos después, disfrutar tranquilamente de la bebida y de la comida e incluso marcarse unos bailes. ¿Acáso a alguno de ellos le importa que en esos momentos todavía resuenen los gemidos agónicos de los animales y que en sus manos permanezcan las huellas de su sangre?. No, tales reflexiones no vienen a perturbar su placer porque les han enseñado que eso es tradición, arte y cultura. En sus hogares lo han mamado y las instituciones locales se han encargado de revestirlo de legalidad y de dignidad. Y ellos, los que apenas disimular pueden la agresividad de su carácter, se sienten felices por poder lacerar y matar con impunidad a un ser vivo, celebrándolo después como si de un acontecimiento magnífico se tratase. Es el brindis de los verdugos con los cuerpos de sus víctimas todavía manando sangre.

Un toro muerto, una vaca muerta, un caballo malherido, tal vez también muerto en estos instantes, pero los hombres orgullosos por haber organizado un año más unos festejos divertidos y con una nutrida afluencia de espectadores; la Iglesia en actitud colaboradora porque mientras se haga en honor de una figurita sagrada el resto pasa a un segundo plano; y el Ayuntamiento, como siempre, el anfitrión indispensable de la carnicería, el que pone el dinero, el espacio, la publicidad y los argumentos institucionales, para después recoger los beneficios económicos, el voto de los defensores de la barbarie y la implantación en las mentes infantiles de la tortura como algo bueno, necesario y que hay que proteger, pero esto último no importa, claro que no. No al menos en esta España en la que el culto al salvajismo y las muestras de crueldad siguen figurando en las guías turísticas y en los presupuestos municipales.

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