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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Goodbye, Walter

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
jueves, 6 de agosto de 2009, 09:15 h (CET)
Ben Bradlee te llamó “el gran padre blanco de la televisión” y millones te aclamaron como el hombre “más confiable” del país, pero tú siempre te viste como un reportero de la vieja escuela, Walter, un curioso voraz que se entusiasmó como adolescente con el despegue a la luna y lloró con la tragedia del asesinato de Kennedy. Diste tu sello a una época. Fuiste el modelo de una profesión hoy usurpada por actores que personifican a periodistas y recurren a la tecnología y a los efectos especiales para un barniz de credibilidad. ¿Te divertía saber que en Suecia llaman “cronkites” a los lectores de noticias?

Me pregunto si en los últimos instantes de tus 92 años, con la mano de tu hijo Chip entre las tuyas, habrás murmurado el “Y así son las cosas” con que durante años despediste las Noticias Vespertinas de la NBC. Ojalá así haya sido, Walter Cronkite. Y quizá también, a la manera de Manuel Buendía, habrás lamentado que no pudiste llevar a una pantalla la noticia exclusiva del mundo al que entrabas.

Aquella generación, la tuya, ha casi desaparecido. A las nuevas generaciones nada les dicen los nombres de ustedes. En mi país, la noticia de tu muerte pasó desapercibida. Robert McNamara se fue hace unas semanas. Tú le diste la puntilla a su guerra cuando únicamente armado con la libreta reporteril visitaste Vietnam y concluiste que era una guerra perdida. El presidente Johnson vio tu reportaje y exclamó desolado: “¡Si perdí a Walter Cronkite perdí a la clase media!” Dicen los enterados que esa misma tarde Johnson decidió no presentarse a la reelección y ordenó buscar un acercamiento con Vietnam del Norte. Hay que imaginar la rabieta de McNamara, Walter: la prensa a la que despreciaba, abría el camino a las conversaciones de paz. Ahora ya podrán conversar tú y él al respecto, si es que funcionarios y periodistas comparten un mismo lugar en el más allá.

Hoy está de moda recitar en todos los tonos que los periodistas, y los periodistas-actores, no tienen mayor responsabilidad en la vida que recoger y transmitir las noticias. Que las posibles consecuencias no sólo les son ajenas, sino que deben serles indiferentes. Parecen olvidar, si es que alguna vez lo supieron, Walter, que cuando nuestro trabajo está bien hecho, puede tener desenlaces más allá de la noticia. En tu caso, fuiste a Vietnam y el resultado periodístico contribuyó a acelerar el final de la masacre. Tu programa especial sobre Watergate hizo de lo que en mucho era un escándalo urbano de Washington un asunto de conciencia nacional. Tus entrevistas con Anwar el-Sadat y Menachem Beguin contribuyeron al tratado de paz entre Israel y Egipto. El día que asesinaron a Martin Luther King tu narración tuvo un efecto más tranquilizador que el atropellado mensaje que esa misma tarde lanzó el Presidente para llamar a la nación a la serenidad.

Huías del protagonismo y detestabas mirarte en la pantalla. Ibas tras la noticia y te preocupabas por presentarla con la mayor claridad posible a tu auditorio. Eso, tu presencia serena, tu dominio de los temas, tu simpatía innata, te colocaron en la vida de tus compatriotas. Cuando los empresarios de la NBC te sustituyeron en una elección primaria por razones de rating, en unas cuantas horas más de once mil cartas de protesta inundaron la oficina del presidente de la compañía. Después de ti se perdió la costumbre de tomar la merienda en casa viendo las Noticias Vespertinas.

Tenías la resistencia de los antiguos reporteros. Durante la misión del Apolo XI estuviste 27 horas corridas ante la cámara y diste un nuevo nombre a las coberturas extensas: “De Walter a Walter”. ¿Cuál fue tu secreto profesional? Leo tu autobiografía, “Una vida de reportero”, y entre andanzas y anécdotas creo descubrir algunas claves: no querías ser actor, sino reportero; nunca te presentaste como analista –ni social, ni económico, ni, ¡líbrenos el Señor!, político-; jamás perdiste el sentido del humor ni caíste en la autosuficiencia y la solemnidad… Pero sobre todo, Walter, y ello quizá sea la respuesta, todo lo hacías como si fuera la primera vez.

¡Como si fuera la primera vez! En la NBC te jubilaron a los 65 años (tu lugar fue ocupado por el bonito y acartonado Dan Rather, quien pasaba en el camerino de maquillaje más tiempo que frente a las cámaras) y cruzaste la calle para iniciar una nueva vida en programas especiales de la radio y la televisión públicas. A los 80 y cacho continuabas como el conductor titular de los programas de año nuevo de la filarmónica de Viena. A los 90 años dijiste en una entrevista que aún eras capaz de cubrir una noticia. ¿Y el deseo del final de tu vida? “Que la gente no deje de pararme en la calle para preguntar: ‘Oiga, ¿qué usted no era Walter Cronkite?’”

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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