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Las chicharras del estío

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 4 de agosto de 2009, 09:54 h (CET)
Machaconamente las chicharras cantan su monótona balada. Es el hit parade de cada verano cuando uno sale al campo, aunque este año debamos tener especial cuidado porque arde España por los cuatro costados. El otoño, el invierno e incluso la primavera pasada fueron generosos —lo fue el Cielo—, y la abundancia de lluvias que nos regaló la hemos utilizado para que los ricos llenen sus piscinas, mientras a los pobres se les ha recomendado machaconamente ahorrar agua, y para que ahora arda España con mayor fuerza. Ya se ve que cada bien trae siempre enjaretado un mal. Quiz pro quo.

El sonido del estío son las chicharras, y, a veces, las bombas de ETA. El calor es espantosamente sofocante, aunque, por suerte o por desgracia, ya no molestan tanto las hermanas del verano, las moscas. Ya casi no quedan moscas, ni abejas ni ninguna otra clase de insectos, porque parece ser que se los ha cargado el progreso. El progreso se lo está cargando todo, incluso puede ser que a nosotros mismos. Entropía. El otro día decían en un documental que hace sólo siete años se contaban hasta veinticinco mil insectos por noche alrededor de cada farola, y que hoy no llegan a una veintena. No sé quién será el encargado de contar el número de insectos que por las noches rondan las farolas hasta la muerte, pero también es un misterio para mí comprender por qué nos estamos cargando la naturaleza sin que nadie haga nada. Los bosques son un pira que no honra a ningún dios, las farolas están huérfanas sin una cohorte de insectos que las revoloteen y las costas se han quedado sin peces, convirtiéndose el mar en una enorme laguna Estigia. Caronte debe estar por alguna parte, quizás pasando de las Baleares a la península a los hijos de Tánatos, o tal vez organizando cruceros por el Egeo.

El implacable calor produce modorra y traspiración. Sofoca y adormece. Las ideas se revuelven desconcertadas en el magma del verano como fantasmas de una pesadilla. El paro, tan incuantificable en el orden de la tragedia, se multiplicará en unos meses, por más que muchos olviden momentáneamente entre el rumor de las olas o el frescor serrano las tragedias ajenas. Todo el mundo es ajeno de su prójimo porque la sociedad desconoce que forma un cuerpo único. No hay insectos por la noche, pero las endorfinas del cuerpo social, las putas, los traficantes de estupefacientes y los cantantes veraniegos, expanden su insoportable cri-crí por pueblos y aldeas vacacionales. Casi todo el mundo parece que se siente obligado a divertirse, aun contranatural, mostrando una confianza plástica que desvanezca los fantasmas que acechan como una borrasca que avanza parsimoniosa e inexorable por el Atlántico.

El calor aplasta, desalienta, imprime al sueño sonsonetes de pesadilla. O tal vez no sea el verano, sino la certeza silente de que la primera tormenta que dará fin al verano y apagará la monótona balada de las chicharras puede ser anunciada de un momento a otro por el hombre del tiempo. Los días se acortan dos minutos por día, y pronto las casas perderán el calor acumulado, haciéndose habitables. En un par de semanas, o después de la primera tormenta, paulatinamente irán enmudeciendo las chicharras, entrarán en hibernación las endorfinas sociales, se rizarán las olas empujadas por los vientos del septentrión y volveremos todos a una rutina de escándalos políticos, enfermedades inventadas, latrocinio, derrumbe del empleo y carestía para los de siempre. Alguno, tal vez, se acordará entonces de aquel enunciado de Einstein que no llegó a formar parte de su Teoría General de la Relatividad, pero que debiera haberlo hecho: “No se puede solucionar un problema con las herramientas que lo crearon.”

Volveremos al otoño desde un verano sin insectos en el aire y sin peces en el mar, orillados por un paisaje abrasado por los incendios e insertos en una realidad más demoledora que todas las pesadillas juntas del verano. El problema que nos embargará entonces seguirá como antes o peor, porque quienes tienen que solucionarlo son los mismos que lo crearon: los políticos, los banqueros, las farmacéuticas y la ambición. Ellos, precisamente, tal vez sean los únicos que han estado trabajando, urdiendo desde sus dachas veraniegas nuevos negocios globales, nuevas crisis falsas para que el erario les entregue sus haberes o enfermedades producidas artificialmente con las que acumular montañas de riquezas. Los políticos de todos los colores les seguirán el juego, dándoles leyes y cobertura a cambio de existencia. Ellos son las otras chicharras del estío, y machaconamente cantan siempre, incluso en invierno, su monótona tonada del miedo.

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