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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

La escasez de agua es también fruto del egoísmo humano

María José Navarro
Vida Universal
martes, 4 de agosto de 2009, 06:44 h (CET)
Para tener una idea somera del volumen de agua que requiere la producción de algunos productos de consumo habitual, investigadores alemanes han realizado el siguiente cálculo: 10 litros para producir una hoja de papel. 35 litros para producir el té de una taza. 140 para producir el café de una taza. 150 litros para producir una manzana. 200 litros para producir un litro de leche. 2000 litros para producir una camiseta de algodón. 15.000 litros para producir un kilo de carne de vacuno.

La Organización de Naciones Unidad para la agricultura y la alimentación (FAO), en su informe de 2006 titulado “La larga sombra del ganado”, publicaba lo siguiente: "El mundo avanza hacia un incremento de los problemas de escasez de agua dulce y agotamiento de los acuíferos. Se prevé que para el año 2025 el 64 por ciento de la población mundial viva en cuencas bajo estrés hídrico. El sector pecuario es un factor clave en el incremento del uso del agua ya que es responsable del 8 % del consumo mundial de este recurso, principalmente para la irrigación de los cultivos forrajeros. La ganadería es probablemente la mayor fuente de contaminación del agua.”

Las cifras mencionadas deberían hacernos reflexionar tanto sobre la actitud mundial, como sobre la postura personal ante este problema, pues el consumidor, sobre todo el europeo no piensa en nada de esto. Tal vez ignora que el 70% del consumo de agua va destinado al regadío y en muchos países con pocas precipitaciones este porcentaje es aún mayor. Cada limón ha necesitado para su producción un litro de agua por cada gramo. Los países de las regiones mediterráneas donde se cultivan, están sufriendo desde hace años las consecuencias de la sequía, debido a la tala de bosques, a la sobreexplotación de los pozos, a los incendios, al turismo y a todo aquello que para un español, italiano, africano del norte y muchos otros se ha convertido en una realidad alarmante.

No cabe duda que el ser humano, sobre todo en el occidente cristiano, ha malentendido el ofrecimiento divino bíblico de «someter la tierra», o lo ha interpretado más bien a su libre arbitrio. Siendo el denominador común una actitud humana que tiene innumerables facetas, con el egoísmo a la cabeza de todas las catástrofes que aquejan a la humanidad.

Y sin embargo, de acuerdo con estudios de la ONU, cada euro que se invierte en la distribución de agua potable y en la evacuación de aguas sucias, tiene un beneficio de 4 a 12 veces mayor, ya que hay menos enfermedades intestinales que producen diarrea, hay menos muertos, más asistencia escolar por parte de niñas que ya no tienen que acarrear agua a sus casas, además de muchas otras ventajas para la salud y el desarrollo económico de los países más pobres.

Son muchas las voces que han advertido de todo este mal-desarrollo, pero las llamadas a la cordura, a la solidaridad, a la igualdad, a la hermandad y a la justicia para todos, se escurren como el agua en el desierto. Los países en particular, pero tampoco la sociedad de las naciones en su totalidad, cumplen los planes de ayuda que elaboran, porque siempre priman los intereses propios del país, de un consorcio o de una ideología ante el bien para todos, el bien común. Por eso sólo un cambio radical en el modo de pensar y actuar de cada persona en particular, sería un primer paso efectivo y duradero, para de este modo empezar por cambiar uno mismo y así algún día tal vez la trayectoria de este mundo.

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