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El inútil arma de la debilidad

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 3 de agosto de 2009, 08:59 h (CET)
Es imposible de todo punto ganar en combrate a un enemigo decidido desde la debilidad. El débil, cuando se desata la brutalidad, tiene todas las perder, y por esto, precisamente, nuestros guardias civiles entregan su vida cada tanto a cambio de que en un futuro incuantificable los terroristas que los asesinaron pasen unos pocos años cómodamente en la cárcel, y el país no deja de conmocionarse por esta absurda estrategia gubernamental de buenismo negociador y complaciente.

No es España la que ha provocado que esos h... pierdan la cabeza, la humanidad y hasta el respeto por sí mismos, sino que ellos ya son de por sí despreciables bestias que han sido alumbrados como criminales con el único propósito de generar dolor en el mundo y se han vuelto contra todos nosotros. Combatir su brutal contundencia con el arma de la debilidad sólo conduce a prolongar la agonía y a que mañana mueran más hombres íntegros como los guardias civiles que hoy dieron su vida y todos los que cada día arriesgan su todo por un mísero salario, porque los criminales sólo entienden un lenguaje. Tenemos los medios, tenemos la fuerza y tenemos la resolución, pero también tenemos a los incompetentes que se niegan a poner sobre el tablero de juego armas no parecidas, sino infinitamente más expeditas. Las bestias respetan al mayoral porque es severo, no porque sea un tócame-los-nueve santurrón y memo.

Tal vez, y desde la legal justicia, sea hora de que los terroristas sepan que van a pagar con lo mismo que quitan tan impunemente, tal vez sea hora de modificar la obsoleta constitución que no sirve para atajar los grandes males de este país y que se comiencen a llamar a las cosas por su nombre. De las muchas enfermedades que padece España, la peor de todas es la debilidad, el adocenamiento y el consentir sin que tiemble el Misterio que estos criminales sigan campeando por sus fueros a cambio de unos añitos en la cárcel a cuerpo de rey mientras sus víctimas han sido enterradas para siempre, y siempre es mucho más que unos añitos.

Cuando escribí Lemniscata —que sin duda no ganó el Planeta del año pasado, además de por natural amañamiento del premio, por lo comprometido de la obra-, pensé por un momento que había ido demasiado lejos, pero me quedé corto. No está combatiendo España contra soldados que dan la cara y llevan con orgullo un uniforme, o contra guerrilleros honorables que son movidos por un noble credo, sino contra una despreciable camada de asesinos sin escrúpulos que no merecen más que aquello que tan sin pudor siembran: miedo y muerte. Son abyectas criaturas que se emboscan entre los inocentes para asesinar inocentes, son impiadosos asesinos que justifican bajo loables emblemas el asesinato de criaturas indefensas, hombre y mujeres que velan porque la paz permita el sueño tranquilo de todos. Quienes en el país vasco conocen a alguno de estos monstruos, saben de sobra que no son humanos, que no piensan ni sienten como humanos, que lo de “gudaris” o “soldados” es nada más que una afrenta en su carne. Y les temen, claro, porque pueden volverse contra cualquiera en cualquier momento, agazapados en la cobardía inenarrable de su miseria y su abyección para golpear mientras se esconden como ratas. A las ratas, a los monstruos sanguinarios, no se les conceden privilegios de humanos: se les fumiga, y a ellos, tal vez ahora se comprenda, hay que fumigarlos.

La debilidad ha conducido a este escenario; escucharles y sentarse en la misma mesa a negociar, ha conducido a este escenario. Ojalá quede algo de inteligencia en algún lugar de este país freaky, y se entienda de una buena vez que la debilidad genera muertos... nuestros, claro. Es la hora de la firmeza, es la hora de contundencia, es la hora de modificar lo modificable y comenzar a poner los nueve sobre la mesa.

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